art–Varios

[publicado en El Decano de Guadalajara, octubre de 2000. Fotografías de Raquel Triguero]

 

[a Antonio Castillo, que me enseñó a mirar los muros]

Sobre las puertas de madera de una antigua carpintería de Usanos se puede leer lo siguiente: “La berdad bale, la mentira cae”, se sonríe uno al ver palabras mal escritas y piensa en la deficiente ortografía de quien escribió. Pero la pintada, que ya cumplió más de medio siglo, tiene su razón de ser y sigue, hoy en día, denunciando un hecho injusto de principios de posguerra; hasta las faltas ortográficas demuestran una sutileza y una ironía que con el paso de los años puede no comprenderse, pero que en aquella época fue motivo de escándalo, de risa, de disputa y, para nada, de indiferencia.

Los muros de la calle no se edificaron para sustentar casas, ni para albergar ventanas, ni siquiera para cobijar jardines cerrados. Los muros de la calle se erigieron para servir como altavoz de los que no tenían otros medios. Paredes que son páginas en blanco, soporte de palabras de amor, de protesta, de agradecimiento, de lucha. Los muros de la calle se construyeron para que el pueblo dijera bien alto lo que tenía que decir, para que todos vieran, oyeran, hablaran de tantas palabras de amor, de tantos mensajes de lucha, de tanta voz que no quiere callar. Y así desde Pompeya, desde las paredes de los templos aztecas, desde las catacumbas de Roma, desde las cárceles  inquisitoriales y los campos de concentración nazis. Nadie pudo ocultar esas palabras que sobrevivieron a la injusticia y, en muchos casos, a la barbarie.

Pero no sólo se escribió. Los muros también fueron lienzo siempre dispuesto para el arte, para el símbolo, para el gráfico preclaro y sorpresivo, casi siempre alternativo, marginal. De lejos proviene la tradición del trazo nacido bajo el cobijo de la noche y las sombras. El Vesubio conservó para nosotros algunos ejemplos mordaces de dibujos obscenos que pretendían la burla y la protesta. Pero más, mucho más atrás, ya las paredes fueron reposo de la inquietud del hombre, como ejemplo recuérdense los bisontes primordiales de Altamira

Después del mayo francés de 1968, uno de cuyos lemas fue “los muros tienen la palabra”, y de la aparición del aerosol, el arte de expresarse sobre las paredes de la calle tomó un nuevo impulso en Norteamérica. Fue el nacimiento del graffiti y de toda una cultura del aerosol, graffiteros y su moda, su música, su jerga especial… en suma, un modo de entender la vida. Y llegaron los tag (la firma sencilla –un solo trazo, rápido, de un único color- en las paredes, ¿quién no se acuerda de Muelle, de Oi?), los flat (firmas artísticas), las piezas (firmas consideradas obras de arte), los grandes murale, etc.

Los graffiti son, con su peculiar modo y estilo, combinando colores atípicos, destellos, ángulos, deformando la realidad para atraparla y denunciarla, o recrearla, o hacerla eterna… el arte generoso y marginal que nunca se encontrará en los museos, porque las calles son su casa y los paseantes sus críticos. Los graffiti nacen en una esquina de la noche para gritar a plena luz del día.

La ciudad es más de todos cuando tiene algunas paredes pintadas, cuando alberga firmas de personas que ahora son menos anónimas, cuando soporta los sueños, las denuncias, las miradas geniales de artistas marginales, cuando permite los juegos de palabras en sus escaleras, cuando homenajea a los mitos contemporáneos (Marley, Jordan, etc)… Digo que, entonces, llena de paredes a gritos, de destellos de color, de firmas ilegibles, la ciudad es más de todos.

 

[más información sobre este tema en: Antonio Castillo Gómez, “Paredes sin palabras, pueblo callado ¿Por qué la historia se representa en los muros?”, en Los muros tienen la palabra. Materiales para una historia de los graffiti, Valencia, Universidad de Valencia, 1997, pp. 213-245]

[Conferencia impartida en la Casa de Cultura de Azuqueca de Henares el 26 de enero de 1999]

 

0. Introducción

Detrás del título tan simple con el que he denominado esta charla, se esconde una propuesta algo compleja y quizás, demasiado ambiciosa para una hora de exposición. Se trata de intentar comprender la situación actual de la familia desde la relación que ha mantenido y/o mantiene con los cuentos y con la televisión. Dos de los elementos que han venido a ocupar el ocio familiar. Poco a poco, y siempre desde la propia reflexión y la constatación de datos objetivos iremos caminando en la orientación propuesta.

Se preguntarán que qué tienen que ver las aspirinas en todo esto. Todo a su tiempo.

 

1. El cuento

Todavía es posible encontrar personas que recuerden lo largas que eran las noches de invierno, sin luz eléctrica, con frío y viento afuera, toda la familia arrebujada alrededor de la mesa camilla, al calor del brasero de picón, o de la estufa de leña; quizás iluminados por una mecha de aceite, o una vela. Con mucho tiempo antes de cenar o de acostarse. Eran noches de palabras. De cotilleos, chascarrillos, sucedidos, anécdotas, cuentos... Aunque no sólo en invierno. También en verano (en las claras noches de siega y trilla), y no sólo en casa (en las plazas, las iglesias, las escuelas...). El cuento, la palabra, ha ocupado un lugar preeminente en el tiempo del hombre.Tratemos de analizar el porqué.

A mi entender el cuento cumple, o ha cumplido, al menos dos funciones básicas: enseñar y deleitar. O como decía el adagio clásico: enseñar deleitando, que es, sin duda, la mejor manera de enseñar-aprender.

Pienso además que estas dos funciones del cuento son a la vez elementos que lo caracterizan; es decir: un cuento tiene que enseñar algo y un cuento tiene que entretener. Así, un cuento que no aporte respuestas o contenidos a quienes están escuchando es un cuento que no servirá, un cuento vacío, un cuento que los escuchadores no volverán a solicitar. También puede suceder que los contenidos del cuento no sean los que en ese momento el escuchador precisa (¿cada cuento tiene su edad?). Y de igual modo, un cuento que consigue mantener la atención de los escuchadores, por mucho contenido que tenga, será incapaz de transmitirlo; el auditorio se aburrirá y no accederá a la información.

Por lo tanto, un cuento debe aportar contenidos y debe entretener. Estos elementos lo determinan, pero también hacen que  el cuento cumpla, entonces, las dos funciones antes reseñadas: enseñar y deleitar. Analicemos con más profundidad estas funciones.

 

1.1 Enseñar

La enseñanza que los cuentos transmiten podríamos estudiarla desde dos perspectivas (que realmente vienen a ser una en el fondo). Por un lado los cuentos enseñan a crecer, a ser personas; y por otro, los cuentos enseñan a ser personas dentro de una sociedad. Se trataría de un matiz nada despreciable. Podríamos concluir hablando de dos niveles sobre los que actúan los cuentos a la hora de transmitir contenidos: un nivel psicológico-individual y un nivel social-grupo.

1.1.1 Psicológico-individuo

Este terreno está profusamente estudiado en el libro de Bruno Bettelheim, Psicoanálisis de los cuentos de hadas[ii], y del que sólo reseñaré alguna de las apreciaciones que él destaca y que pueden resultarnos de utilidad para el tema que nos ocupa.

B. B. estudia la importancia de los cuentos de hadas para la formación de la personalidad. Los cuentos de hadas aportan claves para que el niño comience a buscar-encontrar el sentido de la vida: aportan ideas para poner en orden su cabeza y, sobre esta base, poder establecer un orden en su vida en general.

Los cuentos de hadas ponen delante del niño los temas que le preocupan, sus ansiedades desconocidas y sin forma, y sus caóticas, airadas e incluso violentas fantasías; enfrentan al niño con los conflictos básicos humanos; los problemas existenciales: necesidad de ser amado, temor a que se crea que uno es despeciable, el amor a la vida, el miedo a la muerte...

Pero además, estos cuentos plantean estos problemas de un modo breve y conciso, permitiendo a los niños atacarlo en su forma ejemplar. El cuento de hadas simplifica cualquier situación. Así, los personajes están muy bien definidos y los detalles, excepto los más importantes, están suprimidos. Todas las figuras son típicas en vez de ser únicas. Ésta es una de las características universales de los cuentos, la presentación de oposiciones binarias claramente definidas (el malo y el bueno, el vago y el trabajador, el miedoso y el osado...). Los cuentos presentan estas oposiciones inconscientes y sus representaciones, a la vez familiares y sorprendentes[iii].

Así pues, no hay término medio: los personajes de los cuentos o son malos o son buenos. No hay ambivalencia, no se genera confusión. Se trata de modelos claros para los niños.

[Otro tema interesante sería el de la aparición de la bondad y la maldad. En los cuentos, igual que en el mundo, lo bueno y lo malo está constantemente presente. Gracias a los cuentos los niños pueden aprender a enfrentarse a las situaciones difíciles de la vida. Es un error tratar de resguardar a los niños de la presencia del mal en la sociedad. Los cuentos activan los mecanismos internos para que el niño vaya formándose adecuadamente y esté maduro para el momento en el que tenga que enfrentarse a la vida]. 

1.1.2 Social-Grupo

En muchas culturas los cuentos han servido (y sirven) para transmitir normas, valores, leyes... es el claro ejemplo de los mitos clásicos, o de los exeimpla medievales, o de los cuentos de la tradición oriental... todos ellos aportan normas sociales, convenciones, valores... en suma: una visión y un modo de comprender el mundo.

[Por eso, aunque en la forma los cuentos difieren según la cultura en la que estén enmarcados, en el fondo siempre encontramos sustratos comunes, ecos que resuenan detrás de las palabras (ya hebreas, ya latinas, ya árabes, ya swahilis...). Quizás detrás de los cuentos de tradición oral popular se encuentra la verdadera Alma Humana, los Universales del Hombre -temas comunes y definitivos del ser humano-.]

 

1.2. Deleitar

Creemos que éste es un aspecto imprescindible de los cuentos. Un cuento que no entretiene, aburrido, no logra mantener la atención. Y si no se atiende no se recibe el mensaje que subyace detrás de la historia.

Escuchar un cuento exige un esfuerzo, un esfuerzo que es recompensado cuando eso que se oye interesa: porque divierte, porque uno se siente identificado, porque aporta respuestas... Por eso un cuento debe ser capaz de deleitar.

Insiste B.B.[iv], hablando de los cuentos de hadas, en que son pequeñas obras de arte, obras de arte que gustan a los niños, que se han ido adecuando y puliendo, a través de los siglos y de las voces que los han llevado, hasta encontrar la forma precisa y el contenido necesario. Los cuentos tradicionales que nos han llegado han superado una dura competencia y han perdurado siglos y siglos, amoldándose a las diferentes épocas e inquietudes de quienes los escucharon. Los cuentos tradicionales son un trabajo pausado de cientos de años, son el resultado de una especie de selección natural cultural.

 

Parece que aquí debería terminar todo lo relativo a las funciones didáctica y lúdica de los cuentos. Pero no debe ser así. Y digo que no debe ser así porque entonces nos dejaríamos, a mi juicio, el elemento más relevante que aportan los cuentos (más incluso que la construcción de la persona o que la internalización de las normas sociales). Se trata de la Función Comunicativa.

 

 1.1.3. Función Comunicativa

Y es que se trata de CONTAR. Para mí, enredado permanentemente a los cuentos, lo mejor que nos entrega un cuento es la palabra, la voz, el tiempo que nos dedica quien lo cuenta. Contar un cuento, escuchar un cuento, es compartir una suerte de pequeña aventura, una experiencia común.

Contar un cuento es entregar el propio tiempo, la propia voz. Recordemos la escena que comentábamos al principio: noche de invierno, brasero, mecha de aceite, y alguien de los mayores contando una historia al resto del grupo. Fijémonos hacia dónde confluyen todas las miradas, los ojos están fijos en los ojos, el tono de la voz sirve para destacar momentos importantes, el gesto acompaña levemente a la palabra... existe una constante COMUNICACIÓN entre el contador y los escuchadores. Existe una entrega de tiempo, una comunión de sueños, una participación de todo el grupo (que comparte tiempo y experiencia -y cuentos de generación en generación-).

[Puede que todos conozcan el cuento, puede que alguien se atreva a introducir alguna variación, o a cambiar algún elemento-contenido que no considere apropiado.]

 

Pero pasemos a hablar de la familia, que es otro de los puntos de los que debemos ocuparnos hoy.

 

2. Familia

Siempre he oído decir que la familia es la base de la sociedad. También llevo algunos años escuchando que la familia está en crisis. Nada que objetar a todo esto. O mucho.

Es cierto que la familia se presenta como el lugar en el que un reducido grupo de personas satisface algunas de sus necesidades primarias y secundarias: alimento, seguridad, cobijo, sexo, conocimiento... No entraremos en detalle sobre todas estas cuestiones, pero sí tocaremos un punto que nos interesa, y mucho, referido a la crisis de la familia.

 

La familia está en crisis. Eso dicen. Lo cierto es que la familia resiste los cambios sociales y se amoldad a las nuevas situaciones que la sociedad determina. Por eso, mejor que decir que la familia está en crisis, sería decir: la familia está en cambio. Y esto se debe a que la sociedad está en cambio (¡y qué cambio!); de los últimos cien años a esta parte las novedades se precipitan vertiginosamente, parece que fuésemos girando en una espiral que nos obligara a ir cayendo más y más rápido hacia un final incierto.

La sociedad cambia más rápido de lo que las estructuras pueden cambiar. Y entre estas estructuras de tendencia inmovilista está la familia.

La familia que tiene que ser capaz de asumir los cambios: la desaparición de las familias extensas (y consiguiente desaparición de los abuelos en el hogar), las exigencias abusivas del mundo laboral (que cada vez demanda más y más tiempo de entrega), la incorporación de la mujer al trabajo, la obligación consumista, la televisión... al tiempo que debe seguir cumpliendo sus obligaciones: la familia como referente cultural de los niños, como agente de socialización, como lugar en el que la “autoridad amorosa”[v] de los padres ayudará a los niños a conformar al niño.

Pero, como afirma Savater en El valor de educar[vi], la familia pierde hoy en día terreno como agente socializador.

Y esto es debido a muchas causa (a todas las que antes ya hemos citado: el trabajo y el tiempo que precisa, la incorporación de la mujer, la familia no extensa... y la tele) pero ahora nos interesa analizar especialmente la televisión, igual que antes nos interesó hablar del cuento.

 

3. Televisión

No pretendo maldecir ni conjurar a la televisión. Me imagino que como todo tendrá cosas buenas y cosas malas. Lo que sí voy a tratar de ver es cómo ha influido la televisión en la familia y en la distribución del tiempo que la familia dedica a pasar juntos.

Pasemos directamente a considerar algunos datos que pueden resultarnos de interés:

 

*El 13 de diciembre del año pasado apareció un artículo en el dominical de El País[vii] en el que aparecían datos relevantes sobre los hábitos frente al televisor, a saber:

-Sólo hay 47.000 hogares sin televisión (es decir, 68.000 españoles sin tele, el 0.4% de la población). El resto de los españoles distribuyen su 2,02 televisores de la siguiente forma: 60,4% en el cuarto principal, 54,9% en el comedor, 30% en los dormitorios y un 12,9% en la cocina.

-Los españoles vemos la tele una media de 3,4 horas al día.  -Los niños ven una media de 937 horas de televisión al año, es decir, casi tres horas al día, y 37 horas más de las que asisten a clase.

-Los jubilados y mayores de 60 años llegan a consumir seis horas de TV al día (se considera teleadicta a aquella persona que ve más de cuatro horas de tele al día).

*En el estudio sobre La sociedad Española, dirigido por el sociólogo Amando de Miguel[viii], se destaca el aspecto social de la televisión. Es decir, mientras que la radio y la prensa son medios utilizados generalmente por individuos, la televisión es utilizada por grupos. Por eso se explica que las horas de mayor audiencia sean las de la comida y la cena y sus posteriores sobremesas.[¿Hacia dónde se dirigen las miradas ahora del grupo familiar?¿cómo no recordar la escena del principio de esta charla, ojo mirando a ojo?]

*Lolo Rico, en su libro TV fábrica de mentiras[ix] recoge un estudio realizado en Francia en el que se analizan los contenidos de seis canales de televisión en una semana, los resultados son estremecedores: 670 homicidios, 15 secuestros, 848 peleas, 419 tiroteos, 14 secuestros de menores, 11 robos, 8 suicidios, 32 casos de captura de rehenes, 27 casos de torturas, 18 imágenes sobre la droga, 9 defenestraciones, 13 intentos de estrangulamiento, 11 episodios bélicos, 11 striptease y 20 escenas de amor atrevidas.

Además, más de la mitad de los niños ven programación adulta.

*En el ya mencionado libro de Savater aparece una interesante reseña sobre otro libro La desaparición de la infancia, de Neil Postman, y cito: “no es que la TV no eduque lo suficiente, sino que educa demasiado y con fuerza irresistible, lo malo no es que transmita falsas mitologías y otros embelecos, sino que desmitifica vigorosamente y disipa sin miramientos las nieblas cautelares de la ignorancia que suelen envolver a los niños para que sigan siendo niños”. Habla de las dos vías por las que antes llegaba la información a los niños: la familia y los libros (estos últimos necesitaban un largo aprendizaje para acceder al conocimiento). [Cómo no traer ahora a cuento a B. B. y sus comentarios sobre la formación de los niños a través de los cuentos]

 

Todo esto y más que no es posible comentar redunda en unos efectos nefastos de la televisión en los niños y en la familia, a saber:

-Pérdida de tiempo de juego

-Pereza lectora (mensaje visual vertiginoso)

-Ruptura de la comunicación familiar

-Descontrol de los contenidos a los que acceden los niños (violencia, sexo...) y transmisión de valores contradictorios.

-Pérdida de la autoridad formativa/informativa de los padres (desprestigio incluso de los padres frente al televisor)

Savater lo dice de manera clara: se trata de la desvalorización de la familia como agente socializador. Es decir, los niños creen más en lo que dice la tele que en lo que dicen los padres.

 

4. Cuentos, Familia, Televisión

1          Pero la culpa (si es que se trata de buscar culpables) de todo esto no la tiene la televisión, porque la televisión se apaga y punto. Es el telespectador el que incrementa el nivel de audiencia de los programas basura. Es la propia familia la que acoge a la televisión y se deja hacer: es la propia familia la que se deja comer el terreno:

-Ya hemos hablado de que hay más de dos televisores en cada hogar (51% dos teles, 24% tres)

-Además, al menos un 31,5% de los niños tienen televisión en su habitación, y más de un 30% del resto del grupo también ve la tele sólo habitualmente.

-La televisión se ha convertido en una niñera muy barata: muchos autores inciden sobre este tema. ¿Cuál será el precio a pagar?

-La televisión suele utilizarse como elemento de premio y castigo [pero al revés de lo lógico].

-En muchos casos el ocio familiar consiste en ver la televisión, en “matar” el tiempo frente al televisor.

 

[No será mejor vivir el tiempo. Detengámonos un momento e imaginemos una familia viendo la tele -no nos costará mucho, la televisión entronizada en el mejor lugar del salón-  todos los miembros de la familia a su alrededor, pendiente de los mensajes y los destellos, en silencio, mirando en la misma dirección -y no ojo con ojo-. Aquí aparece el problema: LA TELEVISIÓN CORTOCIRCUITA LA COMUNICACIÓN FAMILIAR, éste sea quizás uno de los resultados más graves de la televisión en la familia, y uno de los elementos que la alejan diametralmente de los cuentos, que potenciaban, recordemos, la comunicación en la familia -además de selección de contenidos, además de entretener...-]

 

2          Como conclusión se me ocurren diversas posibilidades para tratar de  disminuir los efectos nocivos de la televisión:

-Apagar la tele (incluso deshacerse de ella) y cambiar el ocio pasivo por un ocio activo, que implique movimiento físico e intelectual. El artículo de El País citado anteriormente comenta que la gente que no tiene televisión es gente más activa, con más inquietudes intelectuales. A lo que yo añadiría, con más tiempo.

Pero esto es difícil, así que traigo otras propuestas:

-Utilizar la televisión con moderación, seleccionando los programas y viéndolos padres e hijos juntos, comentando lo que aparece, criticando o ampliando los contenidos... se trata de generar un espacio de comunicación entorno al televisor.

(Hay incluso algunas técnicas interesantes: parar la película antes, pensar el final o buscar distintas continuaciones...)

-Desde luego: castigar con ver la tele y premiar con ración doble de cuento, o con paseo por el campo, o con juegos (ajedrez, parchís, fútbol, cartas...)

-Y finalmente (para el final lo más importante) REVITALIZAR EL CUENTO y entontrar un espacio para él en la familia: leer cuentos, contarlos, jugar con ellos... en suma, compartir el tiempo y la palabra (¿qué otra cosa es sino la educación?).

 

5. Aspirinas

Y me preguntarán que qué tienen que ver en todo esto las aspirinas. Pues poco, o mucho, depende. Lo único cierto es que la aspirina (la vieja aspirina que lleva más de cien años con nosotros) nos ayuda a soportar todos los quebraderos de cabeza que tanta convulsión social, tanto cambio, tanta agitación, generan. Por eso, cuando vayan ahora a sus casas y se propongan (y se pongan a) apagar la televisión, o traten de contar un cuento por primera vez, sólo les puedo recomendar que tengan ánimo, y un bote de aspirinas cerca, por si acaso.

 

 

 


[i]. Conferencia impartida el 26 de enero de 1999 en la Casa de la Cultura, Azuqueca de Henares

2. Bruno Bettelheim, Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Barcelona, Crítica, 1997

[iii]. Marvin Harris, Introducción a la antropología general, Madrid, Alianza Universidad, 1995

[iv]. op.cit.

[v]. Fernando Savater, El valor de educar, Barcelona, Ariel, 1997

[vi]. Edición citada.

[vii].  Sol Alonso, “El selecto club de los sin-tele”, en El Dominical del País del 13 de diciembre de 1998, pp. 110-116

[viii]. Amando de Miguel, La sociedad española 1993-94, Madrid, Alianza Editorial, 1994

[ix]. Lolo Rico, TV fábrica de mentiras, Madrid, Espasa Calpe, 1994.

[Publicado en Sildavia, Torrejón de Ardoz 1998]

 

1

Una hora y cuarto. Treinta mil años. Ciento y poco kilómetros. Toda una aventura para los amantes de las emociones fuertes. Todo un viaje de “historia comparada”, un sueño, o mejor aún, una alucinación.


2

La mañana fresca, verde. Santillana del Mar nos acogió con sol y frío. Creo que me estremecí de emoción. Entrar a las cuevas de Altamira. Todo un privilegio. Una lista de espera de dos años, veinte o treinta personas por día.

Hacía frío en Bilbao. Viento y nubes. Pronto veríamos el Guggen, el último mito de la arquitectura actual. Quizás el último símbolo de la sociedad nuestra, o quizás el primero de la que está viniendo. También la visita deseada (¡tantas y tantas buenas críticas!). Ni siquiera pasear por Bilbao. Sólo llegar y disfrutar el arte. El arte por el arte. Lo último. Lo hermoso y lo nuevo. Lo necesario.


3

No soy experto en arte. Ni en Prehistoria. Simplemente disfruto, gozo, me admiro, ante la creación artística, la búsqueda, la expresión... Quizás esto no sirva de justificación. Pero lo único cierto es que entré en Altamira.

Tampoco soy experto en arte moderno, contemporáneo. Simplemente disfruto, gozo, me admiro, ante la creación artística, la búsqueda, la expresión. Tampoco esto servirá de justificación. Pero lo cierto es que entré en el Guggen.


4

Al parecer hace unos años se entraba indiscriminadamente a las cuevas. Dos, tres mil personas por día. Aquello debía ser tremendo. Colegios, grupos de turistas, estudiosos... griterío, descontrol, pasen y vean señoras y señores. Toda una exhibición circense. Hoy las cosas han cambiado: sólo grupos de cinco. Y sólo un grupo cada vez. Media hora de visita íntima.

En el año y poco de vida del Museo Guggenheim han pasado por sus salas más de un millón trescientos mil visitantes. Es lo que cuenta. La gente, los datos, las cifras, el negocio. Es arte actual. Necesita cuantificación. Más de tres mil quinientas personas por día. Clamor y admiración. Colegios, grupos de turistas, estudiosos... Griterío y descontrol.


5

Para ver las cuevas de Altamira hace falta silencio. El silencio ayuda. Enriquece, multiplica los significados. La cueva de Altamira es una matriz acogedora, un vientre de ballena, una oscuridad acompasada, femenina, sabia, (savia) de siglos.

La cueva de Altamira estremece. Es inmensa en su recogimiento. Es la vuelta al útero (inicial, primero, verdad... VERDAD), al origen. Es el silencio y la respiración. Es el deslumbramiento y la catarsis, la purificación. Sólo caben el respeto y el silencio. Es lo más sagrado, lo SAGRADO EN SÍ. Lo primeramente sagrado.

El Guggenheim exige, en cambio, un ¡OOOOOHHHHH! de admiración, grande, redondo, fuerte, un ¡OOOOOHHHHH! que ya llevamos ensayado desde casa, un ¡OOOOOHHHHH! que se suma al de los demás y se convierte en el ¡OOOOOHHHHH! Universal, en el gran ¡OOOOOHHHHH! que retumba por toda la ciudad. Bilbao lleno de oes como burbujas, el cielo cubierto de haches y de admiraciones, el mundo clama al unísono su más bonito y mejor ensayado ¡OOOOOHHHHH!, un grito unánime y, acaso, acertado.

Yo también sumé mi ¡OOOOOHHHHH! Y lo merecía. Digo yo. Cosa más rara y más hermosa no había visto jamás. Un monstruo de curvas y titanio, inaprehensible, inhumano, de mil formas y colores, de piedra y flor, de aire y agua. De alguna manera el edificio se mantiene enhiesto, firme, erecto, sólido, a la vez que flácido, deforme, lábil. Una broma de mucho ingenio. Una construcción genial.


6

Ver los animales pintados de Altamira es como recuperar las imágenes de un sueño perdido a través de los siglos. Algo pervive en nuestra mente. No resulta desconocido el trazo, la forma, el color. Hay evocaciones intensas, ciertas. Algo de nosotros existe en esa cueva. Algo muy nuestro, profundo, algo que llega más allá de nuestro propio entendimiento.

La cierva que nos mira, que miró a tantos y tantos, durante siglos y siglos, sigue al acecho, ella es la verdadera espectadora. Nosotros no somos más que variaciones del mismo tema (del mismo tema de hace trece mil años). Los bisontes que luchan, que seducen, que corren y atacan, que brincan... Eros y Tánatos ya en Altamira (como en Grecia, como en toda la literatura, como en toda la historia de la humanidad). La esencia del hombre ya en Altamira. El origen. El útero. La verdad.

Y sin embargo, entrar en el Guggenheim es destensar el ¡OOOOOHHHHH!, que cada vez se hace más y más chiquito. Ahora un ¡ooooohhhhhh!, y después un ¡oohh!, y después nada. El Guggenheim es como un buñuelo relleno de viento. Esencia de viento. Arte de viento. Viento y aire. Nada.


7

Me quedo con Altamira. Quizás porque prefiero la paz y el recogimiento, lo suave y esencial, lo verdadero. El Guggenheim precisa ruido, número, piedra y acero.

Me quedo con Altamira, sobrecogido, respirando el aire primero. El Guggenheim todavía reluce flamante, todavía no ha dormido lo bastante como para ser esencial.

Me quedo, en fin, con Altamira.

Pero si después tienen tiempo, pásense por el Guggenheim, sólo a una hora y poco. Treinta mil años de historia. Variaciones sobre el mismo tema. El hombre y su búsqueda. Lo mismo de siempre. Lo único.

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