art–Entrevistas

Esta extensa entrevista fue publicada en Octubre de 2012 en la Web LitOral, en su Boletín nº 64. Podéis verla (con algunas fotos) directamente en la web, o aquí debajo.

Hablo sobre mi oficio, contar cuentos, además de otras cuestiones como cuentos tradicionales, poesía, Palabras del Candil, etc.

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¿Desde cuándo te dedicas a contar cuentos de forma profesional?

Cuento de manera profesional desde 1994. Fue en ese año cuando comencé a cobrar por contar cuentos, aunque ya llevaba un par de años contando cuentos y muchos años más escribiéndolos.

¿Podrías hablarnos de la herramienta principal de tu trabajo, la palabra? ¿Qué dimensión adquiere a través de la narración oral?

La palabra lo es todo: es la carretera por la que circula el cuento, es también el vehículo que lo transporta, es el puente entre el narrador y el escuchador. Y más, más: la palabra es la tierra sobre la que me sostengo, en la que planto y en la que crecen los árboles que riego y cuido y me cobijan.

Resulta fundamental conocer las palabras y sus significados, su ubicación en la narración, su valor, sus sentidos, el juego que nos ofrecen, su ritmo, su etimología... la palabra es la materia de la que estamos hechos.

Además sucede que la manera de contar también cuenta. Por eso las palabras con las que contamos una historia, también cuentan en la narración de la historia (no solo por lo que dicen, sino por cómo lo dicen).

¿Y cómo definirías ese conglomerado de palabras llamado cuento desde tu experiencia profesional?

El cuento es una sucesión de acciones. Una trama en la que personajes con distintos intereses acaban enredados. Pero además es un trasunto de los días, de nuestros días; un espejo en el que mirarnos; una tierra en la que florecer los sueños (y las pesadillas); un espacio de anhelos y advertencias; un lugar de imposibes posibles; alimento para el alma, nutriente que nos humaniza.

 

¿Qué lugar ocupa lo poético en la narración oral? ¿Es el narrador oral fundamentalmente un transmisor de poesía?

La oralidad comparte elementos de la poesía en cuanto a la forma de lo dicho, el ritmo (el cursus del discurso), las figuras retóricas en juego... pero no comparte otros elementos, entre ellos y fundamentalmente, lo constreñido del papel: el texto fijado y por siempre idéntico. El texto oral surge en un espacio de libertad, en un contexto único e irrepetible que sobrevuela el texto fijado por escrito. Y ese contexto es determinante para lo oral: determina su forma (que, como el contexto, acaba por ser única e irrepetible). 

Los textos que eran contados/cantados por los antiguos aeda comparten estructuras rítmicas e isosilábicas que permiten su mejor memorización, de aquel sustrato ritmado, cantado, con estrofas intercambiables, se desgajó la poesía y continuó su propio camino (de textos únicos que podían ser recitados, cantados, leídos individualmente, pero no modificados) mientras que la narrativa (ya en prosa, ya en verso) proseguía su andadura.

La vinculación pues entre narración y poesía es profunda y viene de lejos. Pero pienso que, actualmente, los narradores no somos transmisores de poesía (aunque a veces incluyamos en nuestros repertorios poesías o textos en verso).

En cuanto a lo poético versus lo prosaico: la narración oral se muestra como un modo de contar los días, de contarnos, de extrañar la realidad y hacerla brillar. Por eso es en sí poético. 

 

¿Qué cualidades debe tener un cuento para que pase a tu repertorio? ¿Qué textos lo forman? ¿Hay alguno que signifique algo especial para ti? 

Debe ser un cuento que objetivamente sea bueno (por su estructura, su historia, sus recursos...) y que subjetivamente me resulte interesante (por los temas que toca, por cómo piensa, por cómo lo cuenta...).

Mi repertorio está formado por textos que provienen de tres vías distintas: cuentos tradicionales (de tradiciones diversas), cuentos de autor (fundamentalmente para público infantil: porque me interesa que los niños y niñas puedan encontrar los libros donde se alojan los cuentos que cuento) y una tercera vía es la de los textos propios (que inicialmente formaba el grueso de mi repertorio y que con el paso de los años se ha quedado en algo casi testimonial).

Sí, hay muchos cuentos que significan mucho para mí, la lista sería larga: porque fue el primero que conté en público, porque fue mi primer gran cuento (que conté miles de veces), porque me emociona siempre que lo cuento, porque es mi cuento más largo (y mi reto más largo: tengo algunos cuentos que duran más de 40 minutos, y uno que dura una hora y media). En fin, muchos cuentos, muchos buenos recuerdos.

¿Los cuentos de tu infancia influyeron en tu profesión como narrador?

No, influyó más mi padre, un narrador formidable, un charlatán magistral capaz de tomar la palabra en una reunión familiar y no soltarla en horas consiguiendo que todo el mundo le escuchara fascinado. Casi todo lo que sé como narrador lo aprendí de él (sin saber que me estaba enseñando, sin saber que estaba aprendiendo). No me contaron muchos cuentos en mi infancia (tenía discos de vinilo para eso), pero sí escuché muchas y muy buenas historias contadas por mi padre. Y también leí mucho.

¿Qué papel tiene el narrador oral en la sociedad actual teniendo en cuenta los nuevos usos y costumbres en relación con el ocio?

El narrador oral sigue teniendo el papel de transmisor de la palabra, de portador de la ficción, pero también es el bufón que critica con el verbo acerado, el trovador que canta al amor imposible, el griot que preserva la sabiduría y la tradición, el cuentista que distorsiona la realidad hasta tocar su corazón...

El narrador debe conocer el pasado, habitar en el presente y habilitar el futuro, y todo ello con solo la palabra y el cuento contado.

Pienso por todo esto que el narrador hoy sigue siendo imprescindible, a pesar de que la competencia en e-ficciones y en “rellenadores de tiempo” sea tanta. Porque, a pesar de toda esta competencia, ninguna toca en lo hondo como lo hace la palabra dicha, ninguna llega adonde llega el cuento contado.

¿Qué te aporta personalmente tu trabajo? ¿Y a los demás?

Creo que soy una persona afortunada: vivir abrazado al cuento es un sueño. Soy feliz con mi trabajo, todos los días. Disfruto buscando cuentos, preparándolos, contándolos, soñándolos. Y siento que con este trabajo también hago disfrutar a mucha gente, emocionarse, soñar, ser felices (al menos por un rato). 

Me siento además responsable por continuar con una tradición vieja, un oficio que se remonta a los orígenes de la humanidad y que seguirá siendo necesario mientras queden humanos en la tierra: contar cuentos nos alimenta y nos humaniza, nos hace críticos y nos ayuda a vivir y a entender mejor el mundo.

Cuando hablas de narración oral, ¿separas el mundo de los adultos del de los niños?

Todos necesitamos cuentos. Parece que la narración oral es algo más cercano a los niños, y esta percepción es debida a que el empuje que este oficio ha tenido en los últimos 30 años (y que lo ha revitalizado) ha venido de la mano de su capacidad para animar a leer (entrando por ello en escuelas y bibliotecas). Acaso este sea el motivo por el que rápidamente todo el mundo asocia cuentos e infancia. Sin embargo siguen siendo necesarios los cuentos: para niños, jóvenes, adultos, viejos... los cuentos son alimento. Quien ha contado en institutos de secundaria o para público adulto comprenderá perfectamente esto que digo. Quien ha disfrutado de una sesión de cuentos para adultos, también.

Las diferencias entre las sesiones de adultos y niños (y cualquier otra clasificación que queramos hacer de públicos) residen en los centros de interés: cada público tiene sus propios centros de interés. Cada edad, cada colectivo, cada persona. Por eso cuando voy a contar a un sitio hago una previsión de cuentos que podrán interesar pero sólo cuando estoy delante del público decido qué cuentos voy a contar, porque “siento” que tal o cual cuento les va a interesar.

Formalmente también hay algunas diferencias por edades, en el sentido en el que yo trato de tensar al máximo la capacidad de atención del público, pero obviamente el tiempo de atención de los niños de tres años es diferente al de los adultos, por eso entran en juego otros recursos (textos más o menos largos, cantados, participativos -nunca con voluntarios, por cierto-, con apoyo de ilustración, etc.) que afiancen la atención del público. 

En el ámbito infantil parece todo demasiado centrado en el fomento de la lectura. ¿Qué otras vertientes encuentras en contar cuentos en edades tempranas?

Que contar cuentos sea la actividad estrella para animar a la lectura ha hecho que este oficio entrara en aulas y bibliotecas y se revitalizara. Pero contar/escuchar cuentos va mucho más allá de animar a leer, son muchas otras las virtudes que pueden colegirse de esta actividad tan vieja como el ser humano: transmite valores/conocimientos, entretiene, desarrolla la capacidad de atención, activa la capacidad de imaginar, aporta vocabulario, promueve una actitud activa y responsable, fomenta la integración/acción comunal, etc.

 

La oralidad antecedió históricamente a la escritura y también cronológicamente en la vida de una persona. Sin embargo, ¿en qué medida el narrador oral se vale de la escritura para expresarse? (contenidos, formas, fórmulas, hábitos…)

Personalmente diferencio mucho entre mi yo-narrador y mi yo-escritor, son caras distintas de un poliedro en cuyo corazón late la pasión por las historias. Así las cosas, las estrategias que uso para escribir o para contar son completamente diferentes. Incluso en el caso de historias que he escrito (y publicado) y que también cuento, las diferencias en ambos registros son enormes: cada territorio (el de lo escrito y el de lo oral) usan herramientas distintas aunque haya puentes que comuniquen ambos. Ahora bien, es cierto que muchas de las historias que acabo contando han llegado a mí por vía escrita (recopilaciones de cuentos tradicionales o textos de autor): este es el apoyo fundamental de la escritura para la oralidad hoy, el papel, el libro, es quien preserva muchas historias que están esperando a los narradores para que les demos vuelo.

 

¿En qué medida crees que los narradores actuales conocen y aplican la tradición a la que pertenecen? 

Hice un breve cuestionario a un grupo de narradores el pasado año para recoger información para la historia de la profesionalización de la narración oral en España, un breve estudio que publiqué en mi web en julio de 2011. En aquel cuestionario preguntaba sobre este asunto y las respuestas fueron bastante desalentadoras: eran pocos o muy pocos los narradores que contaban textos tradicionales y lo que es peor, muy pocos los que la conocían. Y eso, opino, va en detrimento del oficio. Por lo que he podido ver, en Europa, lo habitual es que los cuentistas tengan un grandísimo repertorio de historias tradicionales: ello hace que sean conocedores de la tradición y la cultura, que tengan una gran experiencia narradora (internalizando estructuras tradicionales y manejando herramientas orales que llevan siglos funcionando) y que se sientan portadores de una voz ancestral que se sirve de ellos para existir y, por ello, se consideran privilegiados.

Personalmente creo que todo aquel que quiera formarse como narrador debería pasar una gran temporada (3-5 años) sólo leyendo, buscando y contando cuentos tradicionales. Eso nos daría una formación extraordinaria sobre estructuras internas de cuentos, recursos orales, etc.

  • Sobre contar cuentos populares (ventajas e inconvenientes, bondades y limitaciones, conveniencia o no…).

Como os decía antes, contar cuentos tradicionales es un extraordinario aprendizaje para los narradores. 

También tiene ventajas para quienes escuchan: los cuentos tradicionales son perfectos para ser contados y escuchados (llevan muchos siglos de rodaje de boca a oreja) y son “alimento” natural para el ser humano. Sucede en muchos casos que oímos un cuento tradicional por primera vez y tenemos la sensación de que lo recordamos, y esto es debido a que están íntimamente pegados a nosotros, son nosotros. 

También tiene ventajas para la comunidad, pues los cuentos tradicionales son cultura que debe respirarse para seguir viva: no están en su hábitat en los libros recopilatorios, su espacio natural es el aire de quien los respira, el aliento de quien los cuenta, el corazón de quien los acoge. 

Y por último, es bueno para los propios cuentos. Por ejemplo, que se siga contando estos cuentos hace que se vayan adaptando a los nuevos tiempos y valores y, por tanto, se asegura su pervivencia y utilidad.

  • ¿Qué límites te impones como narrador oral: algún tipo de cuentos que nunca contarías, alguna temática o contexto, un tipo de público…?

Antes de contar cuentos hay un largo proceso de búsqueda, selección, oralización... que viene a ser como un noviazgo entre el cuento y yo. Tras ese “noviazgo” (que a veces me lleva años) el cuento se instala en mi garganta y comienza un “matrimonio” que puede durar toda la vida o una larga temporada o apenas un par de sesiones. 

Tras casi veinte años contando pienso que los cuentos que perduran en mi garganta son los que piensan como yo, o, mejor aún, los que me cuentan mejor. 

Por eso el límite que “naturalmente” surge es el de la convivencia: hay cuentos que he contado muchas veces (miles de veces), si la relación (entre el cuento y yo) no fuera buena, no podría contarlo.

Otra cuestión es qué cuento a cada público, eso no tiene que ver con mi relación con el cuento, sino con mi relación con el público. Trato de contar los cuentos de mi repertorio que sospecho forman parte de los centros de interés del público con el que comparto una sesión. Es decir, si yo tengo un repertorio vivo de 150 cuentos, selecciono entre estos cuentos los que voy a contar cuando estoy delante del público y puedo “sentir” qué les interesará. Lo que está claro es que si esos cuentos forman parte de mi repertorio “vivo” es porque a mí sí me interesan.

Como curiosidad no suelo contar cuentos de pedos o cacas a público infantil, me parece un recurso demasiado fácil. Pero tampoco me fuerzo a ello: es de forma natural que no me interesan (al menos hasta ahora).

  • ¿Cuáles han sido tus mejores experiencias como narrador oral? ¿Y dónde te gustaría contar y por qué?

Contar cuentos siempre es una gran experiencia. A veces (pocas veces) hay sesiones duras, público difícil o contexto contrario al hecho narrativo. Pero, en general, contar cuentos SIEMPRE es una fiesta, un momento emocionante y divertido en el que un grupo de seres humanos comparte la palabra y viaja de la mano a tierras de ficción. Una actividad maravillosa.

Recuerdo muchas y muy buenas sesiones, algunas especialmente emocionantes (como la vivida en Panamá con un grupo de chavales de la calle), otras especialmente intensas (como las vividas en Costa Rica, en la Feria Internacional de las Artes), otras muy divertidas (imposible olvidar algunas sesiones en el Café La Luna, en Logroño, o en el Festival de Las Siete Lenguas del Dragón, en Laussana, Suiza; o en los festivales de Segovia, Jaca, o Los cuentos eróticos por los rincones, en Las Palmas), y muchos momentos de felicidad: en Guadalajara (en Maratones de cuentos o Viernes de los cuentos), en las bibliotecas de Las Rozas, en muchas pequeñas bibliotecas y escuelas de Castilla La Mancha, Gran Canaria, Aragón, La Rioja, Andalucía, Extremadura...

Sobre dónde me gustaría contar. Me gusta contar donde cuento, en bibliotecas, escuelas, cafés, pequeños teatros... Tal como están los tiempos me gustaría seguir contando en estos sitios.

  • ¿Y qué elementos debe poner en juego un buen narrador para dar vida a un cuento?

La preparación previa es importante, especialmente la selección del texto: contar un buen cuento es tener ya mucho camino hecho. 

Necesito también que el cuento pueda existir en un contexto de libertad (para que pueda fluir naturalmente, adaptándose al momento y al público) y en un espacio adecuado (este detalle es bien importante: no se puede contar cuentos en un sitio incómodo, con mala acústica, etc.).

A la hora de contarlo yo me dejo arrastrar por la historia y el contexto: soy voz en ese lugar y con ese público. Esto conlleva la implicación del público, la aceptación de que eso que está sucediendo ahí es también cosa de ellos: somos un grupo alrededor de la palabra. Y la participación del público afecta al cuento (y, obviamente, me afecta a mí).

  • Nos gustaría que nos contaras algo sobre tu labor como editor:

    • ¿Qué objetivos persigues y qué has conseguido?

A la hora de crear la editorial Palabras del Candil pretendía generar un espacio para la reflexión  sobre el hecho de contar cuentos, así como un lugar para compartir textos y experiencias. Creo que esto se va consiguiendo título a título, sobre todo en las tres colecciones fundamentales de la editorial: Escrito en el aire (textos creados por narradores orales para sus sesiones), En teoría (libros de teoría sobre el acto de contar cuentos) y Tierra oral (libros que recogen tradición y tratan de preservar los buenos viejos textos orales).

    • ¿Qué acogida ha tenido tu proyecto?

Personalmente creo que la acogida ha sido estupenda: entre los narradores profesionales (no solo de España, sino también de América y, cada vez más, en otros países que no se habla español) y para aquellos que disfrutan contando o escuchando cuentos, Palabras del Candil es, cada vez más, un referente.

    • Números: ¿Cuántos títulos llevas publicado? ¿Cuántas colecciones? ¿Cuántos autores?

Si no recuerdo mal rondamos ya en los 35 títulos en apenas seis años de vida. Son cinco colecciones, además de las tres citadas está “1001 noches”, con libros que también pueden leer jóvenes y adultos, y “Biblioteca de ratones”, una colección de álbumes ilustrados ideales para contar que, de momento, cuenta con un único título. Vamos despacio pero vamos. Nuestros autores son básicamente narradores profesionales, aunque contamos también con algunos folcloristas (para la colección Tierra oral), en total son unos treinta autores de cuatro continentes (Europa, Asia, América y África).

    • ¿Qué libros destacarías entre todos los que has publicado en Palabras del candil?

Hay cuatro libros que son especiales para mí como editor. El primero es 99 pulgas, que fue el primer libro que publicamos y que, a día de hoy, se sigue vendiendo y sigue encontrando lectores (libro que, por cierto, acabamos de publicar también en inglés). El segundo libro que resultó especial para mí fue Cuando el hombre es su palabra, de Nicolás Buenaventura Vidal, un libro que había leído en su edición colombiana (ed. Norma) y que, tras cerrarlo, pensé: “si algún día hago una editorial para narradores este es el modelo a seguir”, años después entró en nuestro catálogo. Un tercer libro que marcó un hito fue la publicación de Contar con los cuentos, de Estrella Ortiz, acaso el mejor libro de teoría sobre contar cuentos que ha escrito una neonarradora (es decir, una cuentista de esta generación, de esta nueva hornada de narradores que ha surgido con la revitalización del oficio desde los 80 del pasado siglo), libro que estaba agotado y que pudimos re-publicar. Un libro extraordinario para iniciar la colección de teoría. Y por último, un libro que es, en verdad, un tesoro; se trata de Los cuentos de Ahigal, una colección de más de 250 textos tradicionales recopilados durante treinta años por José María Domínguez y que, en foros de expertos, es ya considerado como una de las cinco mejores colecciones de cuentos tradicionales recogidos España. Editar este libro supuso tres años de trabajo pero ha sido, para nosotros, como dije antes, como encontrar un tesoro.

Aun así resulta injusto que deje atrás los otros títulos, pues cada libro es especial y su camino hasta la editorial, hasta la imprenta, hasta la librería, hasta las manos del lector, una aventura.

  • Como escritor, ¿cuentas los libros que escribes, escribes lo que cuentas, qué relación establecerías entre las tres facetas de tu trabajo: oralidad, escritura, edición?

Como he dicho en respuesta a una pregunta anterior, separo cada faceta de mi actividad, aunque todas ellas son caras de un poliedro en cuyo corazón late el placer por contar y escuchar historias.

Actúo como escritor cuando escribo, como narrador cuando cuento, y como editor cuando selecciono un texto que considero adecuado para la editorial y lo preparo para la imprenta. Obviamente, no puedo hacer separaciones estancas, hay vasos que comunican entre estas actividades y a veces sucede que el Pep-narrador encuentra interesante algún cuento que ha escrito el Pep-escritor para contar. Aquí va un ejemplo concreto: de los doce álbumes ilustrados que he publicado como autor he incorporado a mi repertorio como narrador cuatro. Puedo contar los otros ocho álbumes en alguna ocasión, pero no es algo habitual.

  • Como persona vinculada a la organización de eventos, ¿cómo ves la narración oral en España, especialmente en relación con los países del entorno y Latinoamérica?

Durante muchos años he colaborado en la puesta en marcha del Maratón de Cuentos de Guadalajara y del Maratón de Cuentos de Las Palmas. También he puesto en marcha algunos otros festivales (La calle de la palabra, en Alcalá) y espacios de narración (como el último festival en Yebes, Guadalajara). Pero no me considero organizador de eventos ni programador. Es algo en lo que a veces, puntualmente, me puedo involucrar. Pero en cuanto el espacio está funcionando y encarrilado, suelo dejarlo en mejores manos. Mi oficio es el de contar cuentos.

Dicho esto, pienso que la situación de la narración oral en España hoy está en una situación muy complicada. 

Por un lado la narración tradicional está prácticamente desaparecida, al menos en cuanto a la narración de cuentos en espacios en los que tradicionalmente habitaban (la mesa camilla, la calle en verano, las tareas del campo...), aun así pequeños textos y leyendas urbanas siguen encontrando acomodo entre la gente, pero la oralidad popular, tradicional, tal como la conocíamos hasta ahora, creo que languidece.

Por otro lado la narración profesional se había ido revitalizando desde su resurgimiento en la década de los ochenta de la mano de la renovación pedagógica en las escuelas, el replanteamiento de las bibliotecas, la aparición de espacios de narración oral para adultos... sin embargo, estos últimos años en los que la crisis ha tocado la línea de flotación del Estado de Bienestar, la cultura, y especialmente la cultura de base, se ha visto afectada de lleno. Hoy en día vivir de contar cuentos con los exiguos o inexistentes presupuestos para ello en instituciones y con las últimas subidas de impuestos que se comen, antes de decir una palabra, el 42% de lo facturado (21% de iva y 21% de irpf), parece más una broma que una realidad. De todas maneras los cuentos han ido encontrando espacios en los que pervivir. Esperemos que los narradores también.

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