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[Artículo publicado en Labor Docente, revista del CEP de Illescas, nº7, septiembre 2008, pp.53-57]

 

Pep Bruno

 

Sobre un libro de lecturas

Durante el curso 2005-2006 estuve trabajando con el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara (SLIJGu) en la elaboración de dos libros de lecturas para la editorial SM. No era esta la primera vez que el SLIJGu y SM se embarcaban juntos en un proyecto, aunque sí era la primera vez que yo tomaba parte en el mismo.

Mi tarea consistía en elaborar un marco para los dos libros, un hilo conductor que diera sentido y unidad a todas las lecturas que los conformaban. Recuerdo que en la primera reunión el equipo de SM propuso algo así como un Bosque de los Cuentos en el que habría dos gnomos llamados Alfa y Beto que llevarían de la mano al lector, la lectora, de texto en texto. La propuesta me pareció floja (también ridícula e infantiloide, por qué no decirlo) y les pedí un par de días para pensar en una alternativa. Fue así como nació la idea de El regalo de cumpleaños, en la que Ricardo[1], un niño harto de tener de todo y, sobre todo, harto de que sus padres nunca estén con él porque se encuentran muy ocupados trabajando para poder comprarle todo (y para poder ampliar la casa en la que, cumpleaños tras cumpleaños, tienen que hacer habitaciones nuevas para que quepan todos los nuevos regalos). Ricardo tiene un deseo para su próximo cumpleaños, quiere que en vez de juguetes le regalen cuentos (contados), para que así puedan pasar todos juntos una velada contando, escuchando y riendo. Ese sería el marco del primer libro. El segundo libro ocurriría pasado un año y en él el protagonista ha estado todo el año aprendiendo cuentos para que cuando llegue su fiesta pueda regalar él a todos los invitados un cuento. Se trata de un marco sencillo y típico de colecciones de cuentos tradicionales (el Calila e Dimna, Las mil y una noches, etc.) pero, a mi entender, con más interés que el inicialmente propuesto.

El equipo de edición de SM aceptó la propuesta (“tiene muchas posibilidades para las transversales, para trabajar el consumismo, etc.” decían) y nos pusimos manos a la obra.

Trabajábamos de la siguiente manera: un grupo del SLIJGu iba seleccionando posibles textos de lectura, se enviaban a SM , allí otro grupo de trabajo decía si se incluían o no, los textos aceptados eran picados (pasados al ordenador) y, por fin, me llegaban a mí. Este proceso de filtrado de textos era muy selectivo, un porcentaje muy elevado de textos seleccionados por el SLIJGu era rechazado por SM. Yo al principio me mantenía al margen pero llegó un momento en el que quise saber por qué razón tantos textos (algunos de ellos excelentes) eran rechazados. La respuesta fue sencilla y lacónica: no eran políticamente correctos.

No se crean que estoy hablando de textos en los que el protagonista acaba convertido en ratón como sucede en Las brujas, de Roal Dahl, me refiero a cuentos en los que un pescador pesca un pez (“es que el pez sufre” argumentaban desde la editorial) o en los que un niño visita un zoo y hay un león enjaulado (“es que el león sufre” reiteraban desde la editorial). Extrañado por todo esto hablé con SM y me comentaron que tenían que ser muy cuidadosos con los textos, no podía suceder que alguien se sintiera ofendido y se quejara públicamente por algún detalle o que denunciara a la editorial por algo que no le pareciera bien. Eso podría suponer una ruina.

Todo lo visto anteriormente denota una forma de pensar y ver a los niños, a los padres, a los profesores y de producir, por ende, los libros: libros-panfleto que afirman una idea (un ideal) de mundo feliz, libros-mercancía que sirven para trabajar transversales y otros contenidos de moda. Y sobre todo, esta forma editorial de pensar, esconde una idea de base: tal es el mundo (tal creemos que es el mundo) así deben ser los libros para ese mundo, y no al revés, ignoremos los libros que rompan, libros que nos ayuden a crecer y progresar, a construir el mundo en el que vivimos, a mejorarlo, libros que nos hagan pensar y ser críticos.

Además el marco propuesto por parte de SM de dos gnomos (Alfa y Beto) era algo simple, sin fondo, una mera excusa para colocar uno tras otro todos los textos (fuera cual fuese el texto, sin sentido alguno, sin desarrollar el carácter de ningún personaje), es decir, una concepción de la literatura para niños como algo sencillo, sin complejidad ninguna, sin complicación (¿porque los niños no lo entenderían?, ¿ es que los niños son tontos?). Pero más allá del tema del marco del libro está el proceso de selección de lecturas: textos de un mundo idílico, de un mundo políticamente correcto, textos que no tocan para que nada se altere, textos blancos, textos hueros.

 

¡Que viene el lobo!

Sin embargo la vida está llena de peces que son pescados, de leones enjaulados y de lobos, especialmente de lobos. No por no hablar de algo deja de existir: no hablar de algo es, sencillamente, no hablar de algo, pero ese algo seguirá estando, seguirá existiendo. No hablar de drogas, ni de violencia, ni de injusticia, es limitar el mundo que perciben los niños. Pero no solo.

Sucede que nuestros hijos, nuestros alumnos, reciben a través de los cuentos las herramientas precisas que les ayuden a enfrentarse a tantos lobos como la vida les pondrá delante. No podemos encerrar a los niños en jaulas de oro y esperar a que crezcan para empujarlos a la calle, a la vida. Nuestros hijos, nuestros alumnos, han de crecer sabiendo qué pueden encontrarse en su camino y, sobre todo, sabiendo cómo enfrentarse a ello. Los cuentos , sobre todo los cuentos tradicionales, que son más viejos (y por eso más sabios) trabajan a fondo este asunto de los lobos preparándonos para la vida, nos ayudan a visualizar los problemas, a preverlos, a resolverlos.

Sucede así que el territorio de la ficción se presenta como el lugar ideal para ensayar las distintas posibilidades ante el lobo por la sencilla razón de que siempre puede haber otra oportunidad. No así en la vida. Esta es la razón por la que uno se queda tan asustado cuando ve cómo se están arrinconando o manipulando los cuentos , esa herramienta tan útil (al menos durante miles de años) para ayudar a nuestros niños a crecer.

Un ejemplo bien claro es el del conocido cuento de Los tres cerditos (que aparece en el malogrado libro de lecturas de SM). Seguro que lo recuerdan: hay tres cerditos, uno es un vago y se hace la casa de paja, otro menos vago se la hace de palos y el tercero, un currinche, trabaja hasta conseguir tener una casa de piedra. En los quince años que llevo contando cuentos me he encontrado con muy pocos profesores y padres que resuelvan adecuadamente este cuento. En casi todos los casos los tres cerditos acaban viviendo en la casa del cerdo trabajador después de que el lobo salió con la cola chamuscada. En la versión recogida por los hermanos Grimm (que pueden encontrar en Anaya) la cosa estaba bastante clara: el lobo se comía al primero de los cerditos (al vago), después se comía al segundo (al menos vago, pero vago también) y después, por más que lo intentaba, no conseguía comerse al tercero (porque estaba preparado para la vida y siempre acababa eludiendo todas las trampas que el lobo le tendía); es más, es el tercer cerdito el que acaba comiéndose al lobo. El mensaje que se deduce de este final es obvio: trabaja, estudia, prepárate, y cuando lleguen los problemas podrás salir airoso ante ellos.

De alguna forma la tragedia debe suceder en la ficción para que luego la vida nos encuentre preparados. Sin embargo, la versión edulcorada que se impone desde editoriales pazguatas, adultos ñoños (o simplemente inconscientes o descuidados) y empresas para quienes los cuentos se convierten en una mera mercancía, es decir, esa versión en la que los cerditos vagos consiguen escapar del lobo y se refugian con su hermano en la casa de piedra, da un mensaje también bastante claro: no te apures, no trabajes, no te preocupes por nada en esta vida, siempre habrá cerca un tonto currante que te acogerá y resolverá tus problemas. ¡Cómo cambia el cuento! Eso sí, ahora quizás sea políticamente correcto (¡¿o no?!).

Un caso similar es el de Caperucita Roja. La primera versión recogida por Perrault termina cuando el lobo se come a la niña. La protagonista ha desobedecido a su madre y eso debe tener un fin trágico, obviamente. Caperucita habla con el lobo, toma otro camino, hace justo lo contrario de lo que le han ordenado, así que el final lógico es el que recogió Perrault: el lobo se la come y punto final. Pero claro, desde Perrault hasta hoy la cosa ha cambiado mucho, es tan trágico que el lobo se coma a la abuela, es mejor que la encierre en el armario, o ya puestos que juegue al bingo con ella, ¿no? Luego cuando llega la niña ésta se salva porque llega el cazador, o el leñador, o la pareja de la guardia civil, qué más da. Lo importante es que el cuento tal como lo recogió Perrault tiene un mensaje muy clarito: no hables con desconocidos o si no puedes tener problemas. Sin embargo tal como está el panorama ahora no debería extrañarnos si un día leemos que el lobo, la abuela, caperucita y el leñador acaban bailando una sardana todos juntos. Y que la niña hable con todos los desconocidos que quiera, total, no va a pasar nada... Qué pena que luego la vida no sea así, ¿verdad?

Lamentablemente cada vez me encuentro con más cuentos ridículos, ñoños y estúpidos; sí, cada vez es más fácil dar con editoriales que seleccionan cuentos hueros o que desvirtúan los textos tradicionales de manera inimaginable con tal de no ser acusadas de políticamente incorrectas. Tanta estulticia está dando sus frutos y cada vez hay más niños atontados y, sobre todo, desorientados (qué confusión de mensajes se esconden tras tantos cuentos incomprensibles después de la cirugía de lo políticamente correcto).

La ficción acaba siendo de color de rosa y luego resulta que la vida no es así. Y cuando por fin llega el lobo (porque siempre acaba por llegar) y te mira cara a cara, si no te contaron bien el cuento, es posible que tomes la decisión equivocada.

 

¡Qué miedo!

Como se habrán imaginado el libro de lecturas en el que trabajé para SM acabó mal, al menos para mí. Después de estar casi un año con los dos libros me envían las pruebas para imprenta y resulta que habían trastocado todos mis textos: todo había sido cambiado, desde el cuento de los tres cerditos (donde, en el texto que yo escribí, obviamente no se salvaban los dos primeros y, tras la revisión de SM, sí se salvaban) hasta los textos de entrada y salida de cada cuento y las cuestiones de comprensión de la lectura, etc. Cuando pregunté por qué habían cambiado todo sin decirme nada me dijeron que ese libro era un “trabajo de equipo”. Uno se sorprende de lo que algunas personas entienden por trabajo en equipo: yo sólo recuerdo meses y meses de trabajo en solitario frente a mi ordenador.

Tras el disgusto inicial y posterior cabreo decidí llamar y negociar con SM para que mi nombre no apareciera como autor de esos dos libros. Finalmente aparezco en los créditos en el grupo de selección de lecturas del SLIJGu, y el libro es un libro sin autor. Acaso sea un mal menor. Aunque así no hay un responsable que asuma tal desaguisado.

Lo triste de todo esto es el planteamiento meramente mercantilista de la edición de libros. Libros hueros para niños hueros. Libros como cajas de zapatos para niños que cambian de calzado cada día en función del resto de prendas que lleven puestas.

¿Nos hemos olvidado del fondo de los cuentos , de la hondura de sus mensajes, de los valores que los recorren? ¿Hemos jibarizado la tierra de la ficción hasta convertirla en un reducto de lo políticamente correcto? ¿Es que miles de años de convivencia entre seres humanos y cuentos no ha servido para nada? ¿Qué mundo queremos perfilar en la cabeza y el alma de nuestros hijos, de nuestros alumnos? ¿A qué tenemos miedo? Luego parece que no nos preocupa nada que los niños pasen horas y horas de manera descontrolada delante de la televisión (tan educativa ella, tan llena de contenidos impartidos de manera edificante e inteligente).

Da miedo pensar en tantos niños sin cuentos, en tantos niños sin buenos cuentos. Da miedo pensar en los adultos que serán. Da miedo pensar que autores como Roal Dahl hoy no tendrían un lugar donde publicar sus cuentos. Da miedo la inconsciencia con la que se está tratando todo este asunto. En verdad, da miedo, mucho miedo.

 

 

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Apéndice

Un cumpleaños muy especial[2]

Pep Bruno

 

Vista desde la calle, la casa de Ricardo es muy extraña, tiene una forma que no habrás visto nunca antes, ¿sabes a qué es debido? A las ampliaciones. Una palabra un poco rara, pero trataré de explicarme

Ricardo tiene muchos juguetes. Muchísimos. De hecho tiene todos los juguetes. Antes de que Ricardo hubiera nacido habían preparado en casa una habitación de jugar tan abarrotada que casi no se podía entrar.

Por eso, cuando Ricardo cumplió su primer año, sus padres decidieron ampliar la casa añadiendo una segunda habitación en la que poder meter los regalos que toda la familia traería para la fiesta de cumpleaños.

Y así fueron haciéndolo año tras año. Y ahora, que es justo cuando tú estás mirando la casa desde el otro lado de la calle, acaban de terminar la séptima ampliación, porque en unos días, Ricardo cumplirá siete años.

Pero Ricardo no parece muy feliz. Vive en una casa llena de juguetes y no está muy contento por ello. Tumbado en el suelo, con la mirada perdida, Ricardo piensa.  Piensa que en unos pocos días llegará su cumpleaños y que, un año más, van a regalarle todos los juguetes nuevos que haya en las tiendas y, sobre todo, piensa que ¡está harto de juguetes! Preferiría salir a correr por las calles, o jugar con palos o con barro en el parque , o ir al cine con sus padres (que nunca pueden porque siempre están muy ocupados con las ampliaciones). Aunque hay una cosa, especialmente una cosa, que desea más que nada. A Ricardo le encantaría que le contaran un cuento. Nadie se ha preocupado por contarle cuentos. Todo el mundo cree que Ricardo está tan ocupado con sus habitaciones llenas de juguetes que no parece echar de menos un cuento. Sin embargo Ricardo sueña con que algún día alguien le mirará a los ojos y le contará cuentos.

Pensando en estas cosas (su cumpleaños, los juguetes, los cuentos ) Ricardo, de pronto, tiene una idea. Se levanta y, corriendo, va hasta donde están sus padres (dando los últimos retoques al nuevo cuarto de juguetes, que ahora se ve tan vacío)

-Mamá, papá –dice Ricardo.

Los dos se giran y sonríen:

-Vienes a ver tu nueva habitación de los juguetes ¿eh? No puedes aguantar hasta que llegue el cumpleaños –dice su padre.

-Bueno, la habitación se ve muy bien así, tan vacía –responde Ricardo.

-Oh, no te apures, en una semana estará tan llena como las demás, y eso que este año la hemos hecho un poco más grande –dice su madre.

-Bueno, la verdad, para mi cumpleaños de este año querría pedir yo mis regalos- murmura Ricardo mientras mira a sus padres.

-¿Quieres pedir tú los regalos? Oh, creo que eso sería absurdo; entre toda la familia ya hemos encargado los regalos. Hemos comprado todos los juguetes nuevos que han salido en este año, no podrías pedir nada que no hayamos comprado ya –responde su padre sonriendo.

-Bueno –dice Ricardo- pero es que este año me gustaría pediros algo distinto.

-¿Distinto? –pregunta la madre que está empezando a preocuparse.

-Sí –continúa Ricardo- este año me gustaría que en vez de regalarme juguetes cada uno de los invitados a mi fiesta de cumpleaños me regalara un cuento.

-¿Un libro? –pregunta su padre sorprendido.

-Bueno, un libro estaría bien, pero yo preferiría que me contara un cuento.

-¿Que te contara un cuento cada uno de los invitados? –repite la madre asombrada- pero entonces la habitación de este año quedaría vacía.

-Oh, no me importa, así podré venir aquí a jugar o a leer o a recordar los cuentos que me regalaron en mi cumpleaños –contesta Ricardo.

Los padres se miran con un gesto de extrañeza.

-En fin, si es lo que quieres, así se hará. Llamaré a la tienda de los juguetes para decirles que olviden el pedido y después llamaré a toda la familia para que sepan qué regalos deseas por tu cumpleaños.

Ricardo sonríe y su sonrisa es grande como un arcoiris. Grande como todas las sonrisas que aguardaban en su corazón desde hacía mucho, mucho tiempo.



[1] al final de este artículo podrán leer el cuento original a partir del cual surgió la propuesta marco. El cuento fue publicado el 18 de noviembre de 2005 en la revista semanal El Decano de Guadalajara, con el título de “Un cumpleaños muy especial”

[2] Como autor del texto doy mi permiso para que se copie, use o cuente en cualquier circunstancia u ocasión (citando siempre la autoría), especialmente en las aulas y las fiestas de cumpleaños .

[Artículo publicado en La Tribuna de Guadalajara el día 2 de abril de 2008 con motivo de la celebración del Día Internacional de la Literatura Infantil y Juvenil]

 

 

Si la infancia es la patria del hombre, entonces la literatura infantil y juvenil serán hermosos lugares de esa patria: costas con aguas azul turquesa en las que avistar piratas y buscar tesoros, cuevas con accesos secretos (incluso al centro de la Tierra), selvas plagadas de misterios (muchas veces peligrosos), desiertos con oasis inesperados, montañas de eternas nieves y dioses eternos, ciudades mágicas, niños perdidos, osos tontorrones, caminos de baldosas amarillas… En esta patria no deben faltar tampoco los lugares pequeños en los que cabe un huevo viajero, o una granja del revés, o un verso vegetal, o un trabalenguas o una rima sin sentido.

Si la infancia es la patria del hombre, los niños que no tienen acceso a cuentos, a poesías, a teatro, a novelas de literatura infantil y juvenil, serán hombres con una patria pequeña, triste, árida. Hombres con un arcoiris en blanco y negro y un horizonte desinflado, chiquito.

Quizás no somos conscientes de lo importante que la literatura infantil y juvenil es para los niños. Llenar la cabeza y el corazón de un niño con palabras, sueños, vidas, es una manera agradable (pero imprescindible) de ayudar a crecer; es también un modo de preparar esa patria que será (de un hombre, de una mujer) con las infraestructuras precisas: puentes, carreteras, hospitales, jardines… para la vida que vendrá. Pero también es llenar esa patria que será (de un hombre, de una mujer) con atardeceres hermosos, sombras en la noche, cofres con tesoros y sueños imposibles logrados tras mil aventuras.

Si la infancia es la patria del hombre, entonces la literatura infantil y juvenil es imprescindible para hacernos más humanos, más capaces, más felices.

[Artículo publicado en las Actas del III Encuentro Formativo de Escuelas Infantiles Municipales de Madrid, que se celebró los días 17 y 18 de noviembre de 2006; las actas salieron en mayo de 2007]

 

Pep Bruno

 

Los niños, las niñas, crecen alimentados por el amor. No es la leche, ni los juguetes, ni los libros lo que hace crecer a los niños, son los actos de amor.

Se habla mucho de la importancia de la lactancia materna cuando lo que en verdad alimenta es el hecho de dar y recibir esa leche, ese gesto de entrega total, de ternura infinita, de amor incuestionable, esta es la vitamina que necesitan los niños. No son los juguetes los que les ayudan en su desarrollo, es el tiempo que pasamos jugando con ellos lo que convierte esos momentos en el abono imprescindible para que el niño crezca. No son los libros que decoran su estantería los que ordenan su cabeza sino los cuentos que una y otra vez les leemos, les contamos, dándoles el valor que aporta el tiempo compartido; estos cuentos contados son los que hacen que el niño crezca. Son los actos de amor los que alimentan.

Por consiguiente, en el camino contrario, lo que se aleja de estos actos de amor empequeñece a los niños: dejar a los niños solos frente a la televisión, no compartir tiempo de calidad con ellos, no enseñarles las cosas que verdaderamente valen de la vida, dejarlo todo para mañana (ese mañana que nunca llega).

Así pues, para que contar cuentos alimente debe ser un acto de amor. Es decir, debe haber una entrega absoluta y sin esperar nada a cambio. Contar cuentos es un regalo de tiempo (¡tan caro el tiempo hoy en día!). Cuando se cuentan cuentos se mira al otro a los ojos y en esa mirada el otro puede percibir que existe, que es, que importa y que alguien que lo ama, con esa mirada, con esas palabras, está dando sentido a su vida. Contar cuentos es acariciar al otro en lo hondo, donde sólo se alcanza en momentos especiales de intimidad. Todo esto y más es contar cuentos.

Para que los niños y las niñas crezcan, para que la vida les alimente, hay que darles en su menú diario cuentos. A ser posible dos o tres o cuatro al día (el abuso, en este caso, no tiene ninguna contraindicación). Y, como ya hemos dicho varias veces, cuentos contados al calor del amor. Porque el amor es la esencia, la que da el verdadero sabor al resto de ingredientes. Lo de menos es hacerlo con un estilo o con otro, disfrazándose o sin disfrazar, poniendo distintas voces o no… todo esto se puede ver, se puede discutir, se puede pensar. Pero lo imprescindible es que los cuentos contados sean un acto de amor. Porque sólo desde el amor los niños crecen (a estas alturas esta cuestión ya debe estar clara).

La infancia suele ser un remanso de cuentos. Hay muchos padres y madres que cuentan. Hay lluvia de cuentos en el ámbito de la Educación Infantil (0-6 años). Hay abuelas y abuelos que todavía cuentan viejos cuentos, retahílas, canciones, romancillos, poesías… Y es que convivir con los nietos aviva sus recuerdos y despierta tanta sabiduría como guardan, tanta palabra que dormía esperando una señal.

Lo triste es que a partir de 6 años el caudal de cuentos contados, de palabra dicha (dicha de decir, dicha de felicidad) se va secando. Será que los niños aprenden a leer y por eso les “castigamos” sin cuentos de boca a oreja. Será que pensamos que los cuentos son cosas de niños pequeños. Qué triste. Porque sigue habiendo cuentos para niños, para jóvenes, para adultos, para viejos. Hay cuentos adecuados para todas las edades, para todas las orejas. Y si contar sigue siendo un acto de amor ¿por qué razón dejamos de contar, dejamos de amar? Nada más hermoso que dos amantes fatigados de besos susurrándose cuentos al oído. Nada más adecuado que un grupo de adolescentes contando y escuchando cuentos de miedo. Nada más oportuno que un buen cuento para explicar ideas y pensamientos en clase, en casa, en el bar. Cualquier sitio es bueno para contar. Para amar. Pero será en otro lugar donde hablemos de esos otros cuentos. Hoy continuaremos con los cuentos para 0-6 años.

Los cuentos tienen tantas virtudes, son tan generosos, que se convierten en algo imprescindible. Los cuentos educan y entretienen, he aquí su gran virtud. Todo cuento dice algo y lo dice de manera entretenida. Y este deleite no significa sólo reírse, porque entretener también es emocionar, conmocionar, asombrar, deslumbrar... Así que los cuentos son un recurso educativo y al mismo tiempo un elemento muy potente para deleitar a quienes escuchan (y a quien cuenta). Los cuentos también dan su propia visión del mundo lo cual ayuda, siempre desde el simbolismo y desde el territorio de la ficción, a que los niños organicen su cabeza y, poco a poco, vayan comprendiendo el mundo en el que viven (qué paradoja aprender la realidad desde la ficción). Los cuentos son también lluvia de palabras que riega las orejas de los niños; no olvidemos que las ideas, los sentimientos, la vida… todo son palabras, y cuantas más sepamos más grande será nuestro ojo, más grande será nuestro mundo. Además los cuentos abren las ventanas y las puertas para que corran aires frescos de imaginación y fantasía por nuestra cabeza. Qué más se puede pedir. Y todo esto además, porque no debemos olvidar que contar cuentos es un acto de amor, que es lo que de verdad importa.

 

Y ya puestos a darlo todo, a contar con todas las consecuencias, pues contemos cuentos imprescindibles, cuentos de esos que nos hacen ser mejores, de los que nos ayudan a ser felices. Cuentos de autores maravillosos. Contemos cuentos de Eric Carle, o de Leo Lionni, o de Sendak, o de Arnold Lobel, o de Pakovska, o Helme Heine, o Minarik, o Antonio Rubio, o Satoshi Kitamura, o David McKee, o Carlos Reviejo, o Lucy Cousin, o Grejniec... Cuentos y poemas cocinados con amor. Porque al fin y al cabo se trata de eso, sólo de eso, de amor.

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