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[Artículo publicado en las Actas del III Encuentro Formativo de Escuelas Infantiles Municipales de Madrid, que se celebró los días 17 y 18 de noviembre de 2006; las actas salieron en mayo de 2007]

 

Pep Bruno

 

Los niños, las niñas, crecen alimentados por el amor. No es la leche, ni los juguetes, ni los libros lo que hace crecer a los niños, son los actos de amor.

Se habla mucho de la importancia de la lactancia materna cuando lo que en verdad alimenta es el hecho de dar y recibir esa leche, ese gesto de entrega total, de ternura infinita, de amor incuestionable, esta es la vitamina que necesitan los niños. No son los juguetes los que les ayudan en su desarrollo, es el tiempo que pasamos jugando con ellos lo que convierte esos momentos en el abono imprescindible para que el niño crezca. No son los libros que decoran su estantería los que ordenan su cabeza sino los cuentos que una y otra vez les leemos, les contamos, dándoles el valor que aporta el tiempo compartido; estos cuentos contados son los que hacen que el niño crezca. Son los actos de amor los que alimentan.

Por consiguiente, en el camino contrario, lo que se aleja de estos actos de amor empequeñece a los niños: dejar a los niños solos frente a la televisión, no compartir tiempo de calidad con ellos, no enseñarles las cosas que verdaderamente valen de la vida, dejarlo todo para mañana (ese mañana que nunca llega).

Así pues, para que contar cuentos alimente debe ser un acto de amor. Es decir, debe haber una entrega absoluta y sin esperar nada a cambio. Contar cuentos es un regalo de tiempo (¡tan caro el tiempo hoy en día!). Cuando se cuentan cuentos se mira al otro a los ojos y en esa mirada el otro puede percibir que existe, que es, que importa y que alguien que lo ama, con esa mirada, con esas palabras, está dando sentido a su vida. Contar cuentos es acariciar al otro en lo hondo, donde sólo se alcanza en momentos especiales de intimidad. Todo esto y más es contar cuentos.

Para que los niños y las niñas crezcan, para que la vida les alimente, hay que darles en su menú diario cuentos. A ser posible dos o tres o cuatro al día (el abuso, en este caso, no tiene ninguna contraindicación). Y, como ya hemos dicho varias veces, cuentos contados al calor del amor. Porque el amor es la esencia, la que da el verdadero sabor al resto de ingredientes. Lo de menos es hacerlo con un estilo o con otro, disfrazándose o sin disfrazar, poniendo distintas voces o no… todo esto se puede ver, se puede discutir, se puede pensar. Pero lo imprescindible es que los cuentos contados sean un acto de amor. Porque sólo desde el amor los niños crecen (a estas alturas esta cuestión ya debe estar clara).

La infancia suele ser un remanso de cuentos. Hay muchos padres y madres que cuentan. Hay lluvia de cuentos en el ámbito de la Educación Infantil (0-6 años). Hay abuelas y abuelos que todavía cuentan viejos cuentos, retahílas, canciones, romancillos, poesías… Y es que convivir con los nietos aviva sus recuerdos y despierta tanta sabiduría como guardan, tanta palabra que dormía esperando una señal.

Lo triste es que a partir de 6 años el caudal de cuentos contados, de palabra dicha (dicha de decir, dicha de felicidad) se va secando. Será que los niños aprenden a leer y por eso les “castigamos” sin cuentos de boca a oreja. Será que pensamos que los cuentos son cosas de niños pequeños. Qué triste. Porque sigue habiendo cuentos para niños, para jóvenes, para adultos, para viejos. Hay cuentos adecuados para todas las edades, para todas las orejas. Y si contar sigue siendo un acto de amor ¿por qué razón dejamos de contar, dejamos de amar? Nada más hermoso que dos amantes fatigados de besos susurrándose cuentos al oído. Nada más adecuado que un grupo de adolescentes contando y escuchando cuentos de miedo. Nada más oportuno que un buen cuento para explicar ideas y pensamientos en clase, en casa, en el bar. Cualquier sitio es bueno para contar. Para amar. Pero será en otro lugar donde hablemos de esos otros cuentos. Hoy continuaremos con los cuentos para 0-6 años.

Los cuentos tienen tantas virtudes, son tan generosos, que se convierten en algo imprescindible. Los cuentos educan y entretienen, he aquí su gran virtud. Todo cuento dice algo y lo dice de manera entretenida. Y este deleite no significa sólo reírse, porque entretener también es emocionar, conmocionar, asombrar, deslumbrar... Así que los cuentos son un recurso educativo y al mismo tiempo un elemento muy potente para deleitar a quienes escuchan (y a quien cuenta). Los cuentos también dan su propia visión del mundo lo cual ayuda, siempre desde el simbolismo y desde el territorio de la ficción, a que los niños organicen su cabeza y, poco a poco, vayan comprendiendo el mundo en el que viven (qué paradoja aprender la realidad desde la ficción). Los cuentos son también lluvia de palabras que riega las orejas de los niños; no olvidemos que las ideas, los sentimientos, la vida… todo son palabras, y cuantas más sepamos más grande será nuestro ojo, más grande será nuestro mundo. Además los cuentos abren las ventanas y las puertas para que corran aires frescos de imaginación y fantasía por nuestra cabeza. Qué más se puede pedir. Y todo esto además, porque no debemos olvidar que contar cuentos es un acto de amor, que es lo que de verdad importa.

 

Y ya puestos a darlo todo, a contar con todas las consecuencias, pues contemos cuentos imprescindibles, cuentos de esos que nos hacen ser mejores, de los que nos ayudan a ser felices. Cuentos de autores maravillosos. Contemos cuentos de Eric Carle, o de Leo Lionni, o de Sendak, o de Arnold Lobel, o de Pakovska, o Helme Heine, o Minarik, o Antonio Rubio, o Satoshi Kitamura, o David McKee, o Carlos Reviejo, o Lucy Cousin, o Grejniec... Cuentos y poemas cocinados con amor. Porque al fin y al cabo se trata de eso, sólo de eso, de amor.

[artículo publicado en www.literaturas.com oct05, en un especial de LIJ; ver el artículo en literaturas.com]

 

Pep Bruno

 

Hoy, como siempre, se cuentan cuentos a los niños. Parece ser que la oralidad es un territorio en el que la infancia se encuentra cómoda. Y no solo la infancia: la oralidad, los cuentos contados, son del gusto tanto para niños como para jóvenes, para adultos como para mayores. La oralidad va de la mano del ser humano desde que éste es ser humano. Aunque hoy sólo hablaremos de contar cuentos a niños quizás otro día habrá oportunidad de hablar de los cuentos para jóvenes y adultos.

Ya desde la barriga se puede contar y cantar al niño. El ritmo llevará ritmo: el latido del corazón de la madre acompasado con la melodía que alguien canta desde el otro lado de la piel; la respiración de una madre que sueña su hijo y canta canciones mientras acaricia su vientre. De boca a corazón. Así se tienden los puentes de la palabra: de boca a corazón, o si se prefiere, de corazón a corazón. Pero ya hablaremos más adelante sobre ese sabor a pan recién hecho de las palabras dichas.

Cuando el niño, tras nueve meses de viaje, termina por llegar, hay que seguir contando y cantando: las canciones de una madre que da de mamar a su hijo, las nanas para que se duerma, el arrullo de un padre enamorado. Todas son palabras que vienen cargadas de emoción. Para esta etapa es estupendo contar con la tradición: madres cantando a sus hijos durante siglos, generación tras generación, no han podido equivocarse. Hay cientos de cancioncitas y nanas para ellos; no hay que andar buscando lejos, basta recordar las que cantaron a los padres cuando eran niños, esas son las que más cercanas estarán a la voz de quien las canta. (Y qué importantes son aquí las abuelas para refrescar la memoria de nuestra infancia).

Van creciendo los niños, y van cantando. La música con su ritmo, su sonoridad, su curso, es el río que acaba por desembocar un mar de palabras en los niños. Poco a poco van llegando los cuentos, siempre próximos al interés de quienes escuchan. Los primeros cuentos son sencillos y cercanos. Pondré un ejemplo que todos conocerán: los cinco lobitos. Un cuento cantado y “coreografiado”: la mano baila. Ídem el cuento de los cinco dedos que preparan un huevo frito. En este momento el niño necesita cuentos cercanos a lo que está descubriendo: su cuerpo, sus manos, su cara... Y por supuesto seguir cantando y contando, hablando. A hablar se aprende escuchando. Si a un niño no se le habla no aprenderá a hablar. Si se le habla poco o mal, tendrá más dificultades. (Interesante señalar aquí que los padres son modelos para sus hijos, son los niños quienes deben hablar como los adultos, no los adultos como los niños).

Además de las historias contadas los niños pueden empezar a acercarse a los libros: hay libros de tela, de plástico, de cartón duro con esquinas redondeadas. Muchos de estos libros no tienen historia, sólo pretenden que se familiaricen con el formato libro y que lo incluyan en sus juegos. Algunos incluyen diferentes tactos, sonido, ventanitas... Los hay que tienen tramas elementales, suelen ser de cartón, cuadrados, de esquinas redondeadas. A mí, como padre, de este tipo los que mejor me han funcionado han sido los de Satoshi Kitamura (la serie de Pato está sucio, Gato tiene sueño... en Anaya), el de Lucy Cousin (¿Dónde está el osito panda de Maisy?, en Serres) y de David McKee (Los amigos de Elmer, en Anaya).

Habrá notado quien esto lea que no estoy especificando semanas, meses, años... edades. Cada madre, cada padre, cada niño, cada niña, irán llevando su ritmo en esto del apetito y gusto por los cuentos.

El niño sigue creciendo y es bueno que siga de la mano de los cuentos y los libros. No dejemos de lado las canciones y los cuentos contados. Y sobre todo no nos olvidemos de la poesía. Hay muchas recopilaciones de poesía para niños, poesía popular, tradicional, romancillos, canciones y rimas para jugar, para divertirse; canciones y rimas para compartir el momento (muchas posibilidades en distintas editoriales: SM, Anaya, La Torre, etc.).

Y los libros. Es el momento de los álbumes ilustrados, cuentos que dicen mucho con las imágenes y que tienen poco texto, historias elementales que poco a poco se van enriqueciendo. Muchos álbumes ilustrados son versiones de cuentos populares (por ejemplo el afortunado El pequeño conejo blanco, en Kalandraka, de Xosé Ballesteros y Óscar Villán; o en la misma editorila la maravillosa versión de La ratita presumida, con fotografías de las marionetas de “Rodorín” José Antonio López Parreño), aunque también hay álbumes estupendos que no son de tradición y que les ayudarán a ordenar el mundo y a seguir asimilando palabras e historias (por ejemplo, los libros de Eric Carle, La pequeña oruga glotona, El grillo silencioso, en Kókinos).

El niño ya habla, ya va transitando por caminos de palabras, titubea, balbucea, tropieza, pero entiende y se hace entender. Podemos empezar con cuentos un poco más largos y más complejos, sigo pensando en álbumes ilustrados del tipo Donde viven los monstruos, de Sendak (en Alfaguara), o Elmer, de David McKee (en Altea), o Los tres bandidos, de Ungerer (en Miñón, editorial que ya no existe, por lo que inexplicablemente este libro está inencontrable –salvo en euskera, catalán y vasco). O también podemos hablar de libros como los del maravilloso escritor Antonio Rubio (Versos vegetales, en Anaya, El murciélago Aurelio, también en Anaya). Pero no hay que dejar la oralidad.

Insisto con esto de contar cuentos por contar cuentos. Sabemos que contar cuentos es un recurso excelente para despertar el apetito por las historias, y por ende, por los libros. Pero la oralidad en sí misma tiene también valor. Somos boca y oreja, somos ojo. Somos continuo contar y escuchar. Por eso no hay que ir dejando de contar para leer. Igual que no hay que dejar de leer a los niños cuando éstos ya saben leer por sí solos. No. La lectura es un placer. La compañía es un placer. Escuchar juntos, reír juntos, estar juntos, todo eso da mucho más valor a las palabras, las carga de importancia y de corazón. No se trata de ir delegando: como ya sabe hablar, no se canta; como ya sabe leer, no se lee juntos, no se cuentan cuentos... No, no se trata de esto. Sigamos contando, cantando, leyendo... y que pasen los días, los meses, los años. Será siempre tiempo ganado.

Por eso insisto, no deleguemos en los libros, no permitamos que sólo ellos cuenten historias. Sigamos contando. Hagamos las dos cosas: contar y leer. Pero sigamos contando. Como padre simultaneo las dos propuestas: a veces leemos cuentos, álbumes ilustrados, libros sin ilustraciones (o con muy pocas) y a veces cuento cuentos (por la noche lo llamamos “cuentos a oscuras”, mis hijos se meten en la cama, apago la luz, y cuento algún cuento popular o alguna historia en la que los protagonistas son mis hijos. También cuento muchas historias cuando voy conduciendo, generalmente de algún libro que esté leyendo en ese momento, o, en este año, historias del Quijote).

En cuanto a los cuentos populares, hay que andarse con buen ojo; y es que hoy en día cualquiera modifica lo que le apetece sin tener que responder ante nadie de lo que publica, valga como ejemplo de buena edición la que en Anaya (colección Sopa de Cuentos) hay de La historia de los tres cerditos, única que he encontrado en la que los cerditos vagos reciben su merecido y el cerdito trabajador y listo consigue salir adelante a pesar de los intentos del lobo. (Como ejemplo de buena edición por no poner ejemplos de ediciones descafeinadas con cuentos estropeados, edulcorados y sin sentido).

A partir de tres años los niños pueden empezar a asistir a sesiones de cuentacuentos profesionales (cuentistas, narradores orales, cuenteros... la terminología no está clara). Un cuentacuentos enseguida se da cuenta de qué niños están acostumbrados a escuchar cuentos, dice “Había una vez...” y esos “escuchadores profesionales” abren los ojos y el alma y escuchan con hambre de historias.

Estos niños, estas niñas, acostumbrados a escuchar tienen “herramientas” bien preparadas para empezar a crecer en la escuela: capacidad de atención, facilidad para visualizar-imaginar, vocabulario extenso, interés-curiosidad... Los cuentos siempre han ayudado a los seres humanos, no dejemos de contar con estos aliados tan valiosos.

Los niños de infantil disfrutan enormemente con los cuentos. Hagamos que su ración mínima sea de uno o dos diarios. En esto, como en todo lo que importa en la vida, la constancia es viento a favor. Tengamos en cuenta que los niños de 3 años tienen una capacidad de atención que oscila entre 20 y 30 minutos, más tiempo contando cuentos podría convertir una experiencia placentera en pesada. Los niños de 4 y 5 años ya van aguantando más, fácilmente de 30 a 45 minutos. Y no nos olvidemos de los centros de interés de cada edad: ¿qué interesa a sus hijos? Organización del tiempo, colores, cuerpo, aventuras... Busque cuentos cercanos a los intereses de sus hijos y también otros cuentos que usted crea que les van a gustar. Los cuentacuentos profesionales sabemos que lo que más tiempo nos ocupa es la búsqueda y selección de buenos cuentos, de historias apropiadas para las edades a las que contamos.

En primaria los tiempos aumentan, los niños de los primeros cursos aguantan perfectamente 50 minutos de atención. Los de los últimos cursos pueden pasar incluso un poco más de esos 50 minutos. Sí, 50 minutos es el tiempo ideal.

Según van creciendo los niños se pueden ir contando más cuentos sin apoyo de ilustraciones, leyendas, aventuras, romances, mitos (siempre tan importantes los mitos), etc. Hay que seguir contando y cantando. Y leyendo juntos. Y compartir espacios para la lectura (una madre y un hijo leyendo cada uno su libro en la hora de sestear, por ejemplo). Pienso en autores maravillosos como A. Lobel (cualquiera de sus cuentos y personajes son maravillosos: Sapo y Sepo, Búho, Saltamontes...), o H. Minarik (con sus historias de Osito), o Janosch (con los entrañables tigre y oso), o Milne con su Winnie de Puh (una edición maravillosa en Valdemar que me recomendó Estrella Ortiz). Según vaya fortaleciendo los músculos de la lectura podrá acercarse a libros de más largo aliento, de mayor esfuerzo (y más grande recompensa, claro), pienso en autores como Roal Dahl, o Stevenson, L. Bojunga, M. Ende, O. Preussler, E. Lindo, Pennac, G. Moure, C. Mallorquí...

Pero, insisto, hay que seguir contando, porque no hay nada como la palabra dicha, dicha de decir, dicha de felicidad, palabra que sale del corazón y llega al corazón, de boca a oreja, de ojo a ojo. Palabras salidas de dentro que huelen a pan recién hecho. Palabras compartidas y que pertenecerán, para siempre, a la historia personal y familiar, que serán puentes y caminos, que serán eternas. Que serán dicha.

El Maratón de los Cuentos es la primera tormenta del verano, un diluvio de palabras. Todos los años me siento arrastrado por la torrentera desbocada de cuentos y sólo después, cuando el silencio vuelve al Patio de los Leones, me doy cuenta de lo hondo que ha calado la lluvia de palabras. El eco de los cuentos resuena durante semanas en mi cabeza y en mi corazón.

Pero una lluvia no salva el campo. Lo que hace que el campo sea fértil y esté bien preparado es la lluvia fina, continua, perseverante; esa lluvia que empapa y llega hasta los ríos subterráneos que son las venas de la tierra. Igual sucede con los cuentos.

Los cuentos deben llover fina, continua, perseverantemente, sobre los ojos y los oídos. Y esta lluvia debe estar siempre presente. Por eso es importante que desde el principio, cuando el niño está todavía en la barriga de la madre, empecemos a llover palabras y a hacer fértil su corazón para que allí arraiguen bien sujetos los cuentos y los sueños. Ya desde el vientre de su madre el niño puede escuchar las voces que luego le serán familiares, voces que serán canciones, poemas, sonidos... y ritmo, mucho ritmo. Su vida ya es ritmo (del corazón materno, del día-noche, etc.); y no olvidemos que las palabras, las frases, son ritmo.

Cuando el niño llegue tras nueve meses de viaje debe encontrar un hogar en el que los cuentos tienen su tiempo y su espacio: su momento y su lugar. Es decir, en ese hogar tiene que haber un lugar para poner los libros: una estantería, una biblioteca, una habitación... hay un espacio físico donde descansan los libros (libros que son guardianes de los cuentos y las historias). Igual que hay un sitio para poner los libros de los adultos, esa casa debe tener preparado un sitio para que el niño coloque sus propios libros (una balda de la biblioteca del salón, una pequeña estantería en su cuarto, etc.). Ese lugar destinado a los cuentos también tiene que estar ordenado según un criterio.

En mi casa mis hijos disponen de una estantería de siete baldas que va desde el suelo hasta el techo. En la primera balda, la más baja, están todos los libros de tela y plástico, así como los libros de hojas de cartón con esquinas redondeadas. Son los libros a los que han podido llegar mis hijos cuando ya gateaban. En la segunda balda hay libros de hojas duras y también algunos álbumes ilustrados. Evidentemente, cuando mis hijos gateaban y llegaban perfectamente a la primera balda lo que querían era ver los libros de la segunda; balda que sólo alcanzaron cuando fueron capaces de ponerse de pie (agarrados a algo). En el tercer estante están los álbumes ilustrados más sencillitos. En la cuarta balda tengo grandes álbumes y clásicos a los que aprecio mucho. Cuando mis hijos han llegado a la cuarta balda ya saben qué libros me importan más y saben que deben cuidarlos de manera exquisita. En la quinta balda también tengo álbumes y libros de primeras lecturas. En el sexto estante hay libros de lectura que tienen ilustraciones. Y en la séptima balda tengo libros de lectura para niños de doce años en adelante, sobre todo clásicos y libros que tienen una excelente calidad (de esos que nunca pasarán de moda). Mis hijos frente a la estantería miran hacia lo alto y sueñan con alcanzar los libros de la última balda.

Tengo una balda más, retirada y muy alta, es la de los libros especiales. Esos libros son muy deseados (troquelados, álbumes raros, libros-casa, etc.) y no tienen manera de acceder a ellos. Sólo pueden verlos como premio, cuando se han portado muy bien y siempre con un adulto. El momento de ver uno de esos libros, de contar uno de esos cuentos, siempre está cargado de emoción.

En cuanto al tiempo. Los cuentos deben ocupar un tiempo en el horario familiar. Debe haber al menos uno o dos momentos al día para los cuentos. Por ejemplo en la hora de la siesta o antes de acostarse por la noche. Pero hay más: los padres somos modelos para nuestros hijos, nosotros también debemos ocupar nuestro tiempo leyendo y que ellos lo vean. Nosotros debemos hablar de libros, contar nuestras lecturas, compartir los buenos momentos leídos, regalar libros, contar historias que hemos leído... Si los libros ocupan nuestro tiempo, si nos dejamos llover de palabras, nuestros hijos verán el arcoiris en un libro abierto.

Yo negocio con mis hijos para leer un rato con ellos, luego leer otro rato solo y luego jugar otro rato con ellos. Nos hemos acostumbrado y es algo que respetan y les gusta, saben que si es un buen libro luego tendré una buena historia que contarles cuando, por ejemplo, estemos de viaje.

Así, mientras llueven palabras, el viaje se hace más ameno; y da igual si se trata de un viaje corto (como de Cabanillas a Guadalajara) o de un viaje largo (como del nacimiento hasta la muerte); la lluvia de palabras siempre ayuda a que el campo esté florido, a que los corazones estén más cerca, a que los espíritus sean más fértiles... a que el camino siempre sea más hermoso.

Pep Bruno 
[Artículo publicado en El Decano de Guadalajara, 17jun05]
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