art–NarracionOral

[Artículo publicado en las ANAQUEL, Boletín de libros, archivos y bibliotecas de Castilla-La Mancha, nº38, mayo|junio 2007, pp. 9-11]

 

Susana Martínez y Pep Bruno (del SLIJ de Guadalajara)

 

“Érase que se era una lejana ciudad llamada Guadalajara donde sus gentes se reunían durante días y noches para disfrutar del placer de contar y escuchar…”

 

Guadalajara es una ciudad aparentemente tranquila durante casi todo el año, decimos casi porque hay un fin de semana que es capaz de transformarse.

Hay ciudades como Hamelín, Bremen, Bagdad, Canterbury o Damasco que conocemos a través de los cuentos y hay otras ciudades, como Guadalajara, que se transforman gracias a ellos.

Durante tres días y dos noches la gente de Guadalajara y todos los amigos que vienen desde otros lugares se reúnen para contar y escuchar, para dejarse mecer por las palabras. Algo tan sencillo y tan complicado a la vez: alguien tienen algo que contar y alguien quiere escucharlo.

Sí, los cuentos transforman a Guadalajara durante unos días, la gente recibe cada año el maratón con alegría porque es nuestra fiesta, la fiesta de la palabra, la fiesta de la emoción, por eso tanta gente se implica y se apunta para contar, o ilustrar, o colaborar, o sencillamente viene a escuchar y así hace suyo el Maratón. Si algo tiene esta fiesta de la palabra es su carácter participativo, abierto, cooperativo, una actividad que se hace gracias a la colaboración y al cariño de la ciudad y quienes la habitan.

Como dice Mila, del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil,  nuestro Maratón es especial porque es de todos, niños y mayores, izquierdas, derechas, centros, pies, manos, cabezas y corazones…y mientras siga siendo así, seguirá vivo.

 

Tradición

A lo largo de estos 16 años Guadalajara ha acogido una fiesta inventada como si se tratase de una celebración centenaria, como si hubiese existido siempre. Hay niños que han crecido contando y escuchando en el Maratón, de hecho el día en el que Pep trató de explicar a Juan ( su hijo de ocho años) que cuando él era niño sus padres no le llevaban al Maratón porque no existía, Juan se quedó atónito, como si esa posibilidad fuera, sencillamente, impensable.

El Maratón se convierte, pues, en una cita ineludible para la gente de la ciudad, pero también lo es para muchas personas que año tras año vienen de fuera y durante un fin de semana se sienten parte de la ciudad, no son turistas, ni visitantes, son maratonianos y entran en el Palacio del Infantado como si volvieran a casa.

Como ejemplo podemos contar que la Biblioteca Cologno Monzese nos visita cada año, más de treinta personas vienen desde Italia  para participar en el Maratón, los cuentos han hermanado a estas dos ciudades y desde hace tres años Cologno celebra también su Maratón.

El Maratón de los Cuentos se ha convertido en una seña de identidad de la ciudad, un acontecimiento que le da personalidad y que se extiende por otras ciudades de España (Las Palmas de Gran Canaria, Benalmádena, Ólvera…), y por otros países (México, Italia, Portugal, Francia, Colombia…)

 

Participación

Lo mejor del Maratón es ver como el escenario es tomado por gente de toda edad y condición; comienza el alcalde (¡qué importantes son los símbolos y los ritos!) y le siguen niños, mayores, colegios, asociaciones de todo tipo, abuelos con sus nietos, padres con sus hijos, amas de casa, clubes de lectura, agrupaciones corales, celebridades locales, la policía local, los representantes públicos y muchos narradores profesionales que tienen en el Maratón de Guadalajara su punto de encuentro.

Un mes antes del evento la gente comienza a llamar a la biblioteca para apuntarse a contar, las hojas en blanco se van llenando de nombres y año tras año se consigue el reto de mantener 46 horas de narración. Así pues, este año 1.048 cuentistas hicieron que pudiéramos olvidarnos de la lluvia, del sueño implacable de las siete de la mañana o del cansancio acumulado del domingo por a mediodía (con 46 horas a las espaldas sin descansar).

Tantas horas de cuentos producen una agradable sensación de irrealidad, cada momento del Maratón es diferente: las primeras horas con la participación de los colegios; la tranquila noche del viernes donde hay que estar con un cuento preparado para que, con la ayuda de todos, no quede ni un minuto sin cuento; el relevo de la mañana donde se juntan los que llegan frescos, duchados y descansados y los que se han pasado la noche en vela; los cuentos en inglés el sábado por la mañana; los niños contando como auténticos profesionales; la hora mágica de las doce de la noche del sábado cuando no queda una silla libre y los narradores del Festival hipnotizan al público; los esperados cuentos mínimos de las cinco de la mañana; los clásicos del domingo por la mañana (personas y colectivos que llevan años participando en el maratón con el mismo ánimo)... son muchos los momentos mágicos que se repiten año tras año.

En este último Maratón pasó algo insólito, se colgó el cartel de no hay localidades, la lluvia nos obligo a refugiarnos en el zaguán del Palacio (donde el aforo es limitado) pero eso no desanimó a la gente para seguir acercándose a escuchar cuentos (aunque no cabía ni el alfiler del sastrecillo valiente).

No está recomendado por las autoridades sanitarias pero contar y escuchar cuentos es fabuloso para la salud, solo hay que comprobar la alegría que irradia la gente que participa en el Maratón y la feliz resaca con la que la ciudad despierta el lunes, es una recarga de baterías, es gimnasia para el corazón y para el alma, es la ilusión de que podemos vivir a otro ritmo, de otra manera y, sobre todo, de que podemos pararnos y escuchar. Y soñar.

Para comprobar los poderes curativos de las historias este año el Maratón ha inaugurado un consultorio de cuentos, narradores a la carta para consultas personalizadas. Comprobado: los cuentos sientan bien, se tomen en pequeñas o grandes dosis.

 

Como ya hemos señalado antes el Maratón es un acontecimiento colectivo, se  hace y se disfruta en grupo pero tiene también un componente de acontecimiento personal, subir a contar un cuento es un disfrute y también tiene algo de reto. Cuentos hay muchos, pero elegir uno tiene su complicación,  hay que hacerlo propio porque la únicas reglas del maratón son no leer y no extenderse más de cinco minutos. La primera se cumple con facilidad y el incumplimiento de la segunda provoca en algunas ocasiones latosos retrasos. Los valientes que se atreven a contar reciben su merecida condecoración, el famoso pin que, como el cariño verdadero, ni se compra ni se vende.

 

Se dice, se comenta, que Guadalajara tiene muy buenos cuentistas, seguramente sea una leyenda urbana pero lo que sí es cierto es que en ella se encuentran los mejores oyentes del mundo. Lo dicen todos los narradores profesionales, es un gusto contar en Guadalajara, ya sea en las sesiones de los Viernes de los Cuentos o en el Maratón con más de 1000 personas escuchando. Saber escuchar es una buena virtud para una ciudad, quizás en verdad Guadalajara sea una Ciudad de Cuento.

 

Palacio del Infantado

El Maratón ha crecido en el Palacio del Infantado, eso hace que el principal monumento de la ciudad sea la casa de los cuentos , un lugar especial en el que todos tenemos nuestro sitio: ir allí durante el Maratón no es una visita, es una estancia completa de fin de semana. Si los cuentos tienen palacios nosotros tenemos un Palacio donde se cuentan cuentos, ¿cuántas historias habrán oído los leones del patio a lo largo de estos años?

El Maratón tenía este año un gran reto, el Patio de los Leones está en obras y había que buscar un espacio alternativo. Dada la estrecha unión  de la pareja, Maratón-Palacio, no podíamos alejarnos mucho, el escenario principal estaría este año en los jardines. Pero la lluvia no nos dejó que nos fuéramos del Palacio, solo nos permitió salir durante unas horas el viernes. Refugiados en el zaguán del Palacio pasamos un fin de semana, de cuentos, de agua y de grandes emociones. Porque el Maratón es ante todo un diluvio de emociones.

 

Desde el Palacio la fiesta se extiende, sale de los muros centenarios y corre por calles y esquinas hasta llegar a lugares lejanos (actuaciones de calle, el teatro Moderno donde se celebra el festival de narración oral, los jardines, la plaza, el hospital, maratones viajeros por toda la provincia…), pero también hasta llegar a los corazones. Porque esa es la habitación de los cuentos , el corazón.

 

Punto de encuentro de los narradores.

El Maratón es también un lugar por el que, inevitablemente, cualquier amante de la palabra, acaba por pasar. Todos los que se dedican a los cuentos (como profesionales, como aficionados, como amigos, como gozosos disfrutadores de sueños e historias) recalan en esta playa de cuentos que es el Maratón de Guadalajara. Y eso ha hecho que algunos narradores hablen del Maratón como la Meca del oficio, el lugar al que, una vez en la vida al menos, hay que ir. Pero ir al Maratón y amar los cuentos es una cuenta que nunca da una vez. Quien va, vuelve. De hecho son cada año más los narradores que quedan atrapados en esta bola de nieve de palabras y sueños, en este turbión incontenible de cuentos que te arrastra y te mece.

Así, de una forma natural, el Maratón ha asumido desde sus principios que es el lugar donde los amantes de los cuentos pueden celebrar su fiesta. Se convierte en la fiesta del barrio de los cuentos , y todos los que habitamos este barrio (seamos del País Vasco, de Andalucía, de Italia o de Madeira) venimos al barrio a pasear por sus calles y a disfrutar de la compañía de los vecinos (esos vecinos con los que nos cruzamos tan pocas veces el resto del año).

Fue, de hecho, en el Maratón de Guadalajara donde los narradores se hicieron conscientes de que eran un gremio, de que lo suyo era una profesión, de que tenían inquietudes y problemas comunes. Fue en el Maratón donde los narradores empezaron a sentirse como tales y a asumir todo lo que de pertenencia a un oficio implicaba el hecho de vivir, literalmente, del cuento.

 

El Seminario de Literatura Infantil y Juvenil

Y detrás de todo esto ¿quién está?

Habrá que contar lo de los casi doscientos voluntarios que lo ponen en marcha, lo de las instituciones que lo apoyan, lo de la ciudad que se implica y asume el evento como propio. Sí, todo eso hay que contarlo. Pero detrás de todas estas personas hay un pequeño equipo que trabaja por amor a los cuentos : el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara, un grupo formado por profesores, bibliotecarias, narradores y demás amigos de los libros y los cuentos que lleva 25 (sí, este año cumplimos 25) años soñando caminos para acercar los libros y los cuentos a los más jóvenes y, por qué no, a los menos jóvenes también.

Y con el Seminario, durante años, ha ido de la mano también la Biblioteca Pública del Estado en Guadalajara, ayuda imprescindible para levantar este enorme artefacto, este gigante castillo de palabras que es el Maratón de los Cuentos.

 

Conclusión

Para terminar solo nos queda invitaros a todas y a todos al próximo Maratón, que será el número 17, y que se celebrará, como siempre, el tercer final de semana de junio. Si no habéis venido nunca antes, será el momento de hacerlo; y si habéis estado en alguna otra ocasión, entonces sabemos que nos volveremos a ver entre cuentos y sueños, luna y sol, zaguán y jardines.

El Maratón es, para muchos de nosotros, un pequeño espacio de felicidad (frágil como un zapato de cristal, alegre como un cascabel, generoso como un cuento, imprescindible como los sueños); el Maratón también es un momento y un lugar que están fuera del tiempo y del espacio (una hendidura en el reloj donde corazón y piel se tocan); y, cómo no, el Maratón es una fiesta a la que no debéis faltar si cuando escucháis “colorín colorado” pensáis que todavía tomaríais una galleta más de “había una vez”.

 

[Artículo publicado en CLIJ, nº204, mayo07]

Puedes ver el artículo (con sus fotografías) en la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, directamente aquí (pp. 28-32).

 

 

En enero de 2007 murió Ryszard Kapuscinski, periodista excepcional y autor de un maravilloso libro titulado Ébano[1]. En el último de sus capítulos cuenta cómo en uno de sus viajes por África, sentado bajo un enorme árbol, tomando un té bien denso en la hora del anochecer, escucha a un grupo de hombres y mujeres contando historias. Allí está congregado todo el poblado. Kapuscinski escribe: “No entiendo mucho de lo que dicen pero sus voces suenan serias y solemnes. Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla.”[2]

Es en estas sociedades ágrafas donde se puede sentir de un modo patente la responsabilidad de la oralidad, de la palabra contada y oída. Sólo existe lo que se cuenta y lo que se recuerda, lo que se oye y se aprende.

Hoy, en Occidente, en esta cultura nuestra tan desarrollada, parece diluirse el peso de la palabra dicha. Todo está escrito. No hace falta memorizar nada porque el papel o el disco duro lo soporta todo, lo guarda todo, lo conserva todo. Poco a poco hemos ido creando un laberinto de papel, un mar de información, un turbión imparable de palabras, hechos, noticias imprescindibles que mañana bien pueden ser olvidados. Es el tiempo de lo fungible. Y también el tiempo de la abundancia. O más bien de la sobreabundancia. De la voraz necesidad de todo y más, mucho más, siempre más. Y, paradójicamente, es también el tiempo de la carencia, de la perpetua hambre. Este tiempo que nos ha tocado vivir transcurre además de una manera veloz, rápida, fugaz; es también el tiempo de la carrera, de la prisa que nunca nos deja ahondar, de la lucha contra el cronómetro implacable. Y del ruido. El poderoso señor de las ciudades, de las casas, de la vida: todo ha de suceder sin que haya silencio. El silencio se presenta como un mar demasiado azul, demasiado profundo, demasiado asfixiante. Es mejor el ruido que nos entretenga y nos mantenga activos. Activos sin fin y sin motivo.

Frente a esta situación el cuento se presenta como la posibilidad liviana, sutil, frágil (pero enormemente poderosa) de reencontrarnos con los elementos imprescindibles para el crecimiento personal: Frente al ruido continuo, el silencio de la palabra dicha, la palabra como agua fresca para saciar la sed y, sobre todo, la palabra contada para quien escucha: una palabra de mi para ti, una palabra que cuenta. Frente a la velocidad enloquecedora del día a día, la calma sosegada de un cuento, sabio, limpio de momentos innecesarios. Frente a la perpetua necesidad de todo y más, el suculento bocado de un cuento con sabor a pan recién hecho, un cuento que nunca se rompe y nunca se gasta, que no cuesta nada y vale mucho, un cuento salido del corazón, de los labios, de los ojos de quien está con nosotros, de quien nos acompaña y nos mira y nos dedica y regala y ofrece su tiempo. Es más, frente al tiempo es oro, el tiempo compartido, cálido, demorado del cuento. Un tiempo de calidad en el que los ojos se miran, las pieles se tocan, los corazones escuchan y todos respiramos el mismo aire, el aire de las palabras dichas. Y sobre todo, frente al incesante aluvión de palabras e información, el claro y limpio mensaje del cuento, simple y directo, preciso.

Parece, así dicho, que el cuento se presenta como algo revolucionario en estos tiempos que corren. Pero es mucho más.

Tal vez pensamos que con la televisión, las play, las películas de Disney, los miles de juguetes, los niños tienen suficiente para ser educados y para crecer (sobre todo fuera del aula); tal vez creemos que así ellos aprehenderán nuestro ser social y cultural, que de esa manera se integrarán en la sociedad y serán uno más de los nuestros. Como si la televisión además de entretener educara. Como si la abundancia de juguetes fuera suficiente para calmar el hambre de juegos (una cosa son los juguetes y otra jugar). Como si Disney no fuera una empresa fabricante de consumidores (y desde luego, no de lectores). Como si la play nos ayudara a comprender el mundo en que vivimos.

De qué manera ha sucedido que se ha ido dejando de contar cuentos. Cómo ha sido eso. Cuál fue el proceso en el que, poco a poco, sin darnos casi cuenta, hemos ido cediendo terreno y nos hemos olvidado de la palabra dicha para dejar que tantos vacíos arramblaran en nuestra vida. En nuestra sociedad. Como si la televisión, o la play, o la Disney sintieran sobre sí mismas la responsabilidad de la Historia de su pueblo (como citaba Kapucinski al principio de este texto). El cuento, siempre, y más hoy en día, es garante de nuestra historia (Historia) y de nuestra cultura (Cultura). El cuento entretiene, sí, debe hacerlo, pero también educa (también debe hacerlo). El cuento es la hoja de un árbol cuyas raíces van hasta el fondo justo del corazón (Corazón), de ese corazón común que late por igual, nos aúna, nos hermana en el ritmo vital de sístole y diástole. El cuento, sí, ese que nos muestra que en la diferencia somos tan iguales, que busca los puntos comunes, que traza los puentes, que rompe las fronteras y los muros. Y no solo eso. El cuento que nos da la mano y nos ayuda a crecer, a comprender, a entender el mundo en el que vivimos, en el que estamos, ese mundo del que nosotros también somos parte imprescindible. El cuento. ¿Cómo fue que dejamos de contarlo?

Todavía a los niños pequeños en algunas casas, en algunas escuelas, se les cuentan cuentos (casas, escuelas, femeninos remansos). Son oasis donde aún viven los cuentos. Y cuál es la razón por la que después se va abandonando (de un modo indolente, irresponsable) el agua necesaria de la palabra contada. ¿Por qué no cuentan cuentos los viejos, esos cuentos de siempre, imprescindibles? ¿Por qué los amantes no se cuentan cuentos de amor, abrazados, tras haberse amado? ¿Por qué en las casas ya no hay tiempo para el cuento sabio? ¿Por qué los jóvenes no tiemblan de miedo con cuentos de miedo? ¿Dónde se esconde el cuento? ¿A qué está esperando para volver? ¿Qué será de nosotros sin él? Tal vez como en el libro Farenheit 451[3] el cuento vive agazapado en muchas gargantas, en muchos corazones, en muchos hombres y mujeres (como aquellos hombres-libro) y sólo está esperando una señal.



[1] En la editorial Anagrama.

[2] Op. Cit. Página 332.

[3] De Ray Bradbury, en la editorial Minotauro

 

[microponencia preparada para el pequeño encuentro teórico realizado en Madrid con motivo de Un Madrid de cuento, el 21 de noviembre de 2005]

 

Pep Bruno

 

Llevo doce años contando y todavía, cada vez que voy a estar delante de un público compartiendo el tiempo y el espacio de los cuentos, tengo la sensación de volver a examinarme de nuevo. Es como si cada vez que contara estuviera empezando.

Cada público, cada espacio, cada momento, es único e irrepetible, cada acto de narración oral sucede una única vez.

Los años me han ido dando herramientas y recursos para resolver situaciones en las que, contando cuentos, me puedo encontrar. Sesión tras sesión, día tras día, voy sintiendo como mi maleta de cuentista se va llenando de estos recursos y herramientas, y eso me ayuda a resolver muchas de las cuestiones y de los imprevistos que suceden (y naturalmente deben suceder) en las sesiones de cuentos.

Pero hay algunos elementos importantes que se escapan a mi control y que, en algunas ocasiones, pueden dificultar especialmente mi trabajo. Uno de estos elementos es el público y el espacio de la narración oral; más aún, el espacio y el público de las bibliotecas, y ya que este es el motivo que hoy nos ocupa me centraré en ello.

Debo advertir desde ahora que estoy hablando de sesiones de cuentos abiertas, no de sesiones de cuentos que concierta la biblioteca con colegios y que suceden en horario escolar. A estas sesiones “cerradas” suelen venir grupos con un número adecuado de participantes y, además, con edades homogéneas. Ideal.

En las sesiones de cuentos abiertas a todo el público que suelen programarse en las tardes el asunto toma otro cariz.

Llevo años yendo a contar a bibliotecas de Madrid y he contado cuentos a públicos muy variados: público maravilloso o público durísimo. Y la experiencia en el oficio a veces no es garantía suficiente: no hace dos semanas gocé de una maravillosa sesión de cuentos en Las Rozas; tampoco hace dos semanas padecí una terrible sesión de cuentos en otra biblioteca de la comunidad madrileña. Cómo no voy a sentir que cada día estoy empezando a pesar de los recursos y la experiencia.

Mucha de la culpa de lo bueno y lo malo que sucede en una sesión de cuentos es cosa mía, asumo desde luego mi parte de responsabilidad (faltaría menos). Pero no es sólo o todo cosa mía. Y es que esto de contar es como bailar, me explico.

Mi suegro baila estupendamente y cuando baila con mi mujer, aunque ella no sabe bailar, como ella se deja llevar, resulta que los dos disfrutan bailando y hasta parece que mi mujer sabe. Si el público se deja llevar y yo soy capaz de hacer que lo disfrute y que siga mis pasos de baile, entonces es posible que la sesión sea una buena sesión. Miel sobre hojuelas si los dos saben bailar, si es un público que sabe escuchar cuentos y un cuentista que sabe contar, entonces serán una deliciosa pareja de baile. Pero a veces sucede que uno de los dos o no sabe o no se deja o simplemente no quiere bailar, entonces por más que el otro sea un gran bailarín, la cosa resultará mal.

Pienso que en el acto de la narración oral puede suceder de manera similar. Muchas veces (muchísimas) nos encontramos con públicos “novatos”, gente que acude por primera vez a una sesión de cuentos o que va sin saber muy bien a qué, pero que se deja llevar y enseguida queda enganchada a los cuentos. En esos casos es fácil bailar. Es fácil disfrutar de tu oficio y de ese íntimo espacio en el que los cuentos se están narrando.

En otras ocasiones (menos de las que desearíamos) el público sabe a qué viene, está ejercitado en el oficio de bailar: tiene unas orejas y unos ojos muy musculados porque lleva tiempo escuchando y disfrutando cuentos. ¡Oh qué delicia cuando tropiezas con gente así!

Finalmente a veces sucede que te encuentras con público reticente a dejarse llevar, incapaz de soltarse con el ritmo de la música, son troncos rígidos que de ninguna manera quieren bailar. Eso sucede. A veces vas a contar y te encuentras con gente que no sabe a qué va y no tiene ni interés ni ganas. O simplemente no tiene capacidad para entender cuál debe ser su participación en el acto narrativo. Esas sesiones son duras. Es como si tuvieras que bailar durante una hora con una estatua rígida y pesada, incapaz de seguirte y que además te hace tropezar continuamente.

Lo peor de todo no es que eso suceda una vez, lo peor de todo es que puede ocurrir que ese público asista en varias ocasiones a sesiones similares y crea que lo normal a la hora de escuchar cuentos es ver al narrador cómo brega continuamente con unos y con otros para intentar crear puentes que lleven los cuentos de boca a orejas. Se crea así una inercia dura, muy dura, en la que el continuo ruido-interferencia impide que los cuentos transiten del narrador a quienes escuchan.

 

Además de la formación como público de sesiones de cuentos debemos valorar, de entre quienes vienen a escuchar cuentos, otro aspecto fundamental: la formación de cada uno de los escuchadores, es decir, la educación que han recibido, si se ha fomentado en ellos la capacidad y actitud de escucha. Y el respeto, claro, por los otros y por quienes estamos trabajando.

 

En resumen, los dos factores que influyen en el público son: las actitudes de quienes van a escuchar y, sobre todo, su conocimiento de lo que es una sesión de cuentos y cómo deben participar de la misma.

 

Visto esto, para mejorar o empeorar una sesión de cuentos, veamos qué puede influir en estos dos elementos.

 

Creo que en lugares donde hay una gran tradición de sesiones de cuentos es más fácil encontrar buen público porque está acostumbrado a participar en el acto de narración. Por eso cuantas más sesiones haya, cuanta más continuidad haya, mayor es la posibilidad de un buen público (que se ha ido formando como tal).

Sin embargo hay sitios con mucha tradición que siguen teniendo espacios difíciles en los que contar. Quizás sea porque la inercia que ha asumido el público no sea la adecuada y, en ese caso, habría que trabajar para reeducar al público. Creo que esta es una muy dura tarea, pero se me ocurren algunas ideas:

Empezar de nuevo. Romper con todo lo anterior y comenzar la actividad desde cero: buscar un nuevo espacio en el que contar y buscar el modo de hacer entender a la gente que eso a lo que va es otra cosa que no a lo que iba antes. Insistir con los folletos en los que se dan las normas de la sesión (dándolos día tras día). Y, sobre todo, hacer algo para que esa actividad se revalorice.

Yo creo que hay al menos dos maneras de revalorizar una sesión de cuentos.

Una es poniendo un aforo limitado para que sólo entre la gente que lo haya solicitado: que sólo quien tenga entrada pueda entrar y así, quien tenga mucho interés se buscará la vida para conseguir la entrada. La actividad deja de ser “universal” para convertirse en limitada, sólo para unos elegidos: eso la revaloriza.

En la biblioteca de Pinto, que empezó este año con las sesiones semanales, lo hacen así, y creo que es un acierto. Durante la semana la gente recoge las entradas (que son gratuitas) o se apunta en una lista y así, el viernes, pueden ir a los cuentos: no va cualquiera y de cualquier manera, sólo van quienes se han interesado antes y han puesto empeño y esfuerzo por conseguir las entradas.

Dos. Otra opción para revalorizar las sesiones es quitando la gratuidad. En la casa de cultura de mi pueblo había cine infantil todos los sábados. Era gratuito y era horrible. No podías ni escuchar la película por culpa de la algarabía continua que había. Todos los niños del pueblo, especialmente aquellos cuyos padres no los soportaban, iban al cine. Y la gente interesada dejó de ir. Hace un año se puso precio al cine, un euro. Ese euro fue la frontera ideal. Sólo quienes querían ir al cine, iban; y los que antes iban por ir, por no estar en casa, prefieren gastarse el euro en cromos o en chucherías o en cualquier otra cosa antes que ir al cine. Hemos ganado en calidad y ahora podemos disfrutar del cine. Por cierto, la recaudación de los euros se va para ongs.

También es cierto que a veces vas a sitios donde se cuenta en contadas ocasiones y el público sabe comportarse perfectamente y disfrutas de sesiones maravillosas. Creo que en esos lugares habría que premiar a los escuchadores con más sesiones de cuentos. En muchas ocasiones se nota que hay verdadera hambre.

Personalmente cuando me encuentro con un buen público, trato de disfrutar al máximo. No me importa alargar la sesión porque sé que será algo único, tal vez un recuerdo maravilloso para todos los que la hemos gozado.

 

Además de la educación del público (educación y a veces reeducación) para que comprenda cuál es su participación en una sesión de cuentos, está también el fomento de la capacidad de escucha, de atención, del respeto por el espectáculo artístico, por los otros y por quienes trabajamos contando cuentos. Creo que ahí la biblioteca sólo suma su grano de arena en la ardua labor educativa que los padres deben hacer con sus hijos y los maestros con sus alumnos.

 

Hay, además de los aspectos relacionados con el público, algunas otras cosas que nombraré brevemente:

 

-El tiempo. La duración de una sesión de cuentos no debe ser estricta, y eso debe comprenderlo quien contrata, quien escucha y quien cuenta. Hay sesiones con niños muy pequeños (2-3 años); la capacidad de atención de estas edades es limitada, contar más de 20-30 minutos puede convertir algo estupendo en un desastre. Se trata de limitaciones físicas de quienes escuchan.

A veces con públicos novatos o poco entrenados también es bueno hacer sesiones más cortas (igual que en la gimnasia, con la práctica aumenta la resistencia). Esto es positivo para todos.

Lo mismo sucede a la inversa, a veces con públicos muy ejercitados en esto de la escucha y los cuentos puedes hacer sesiones de hora y cuarto. (Yo recuerdo haber hecho al menos en cuatro ocasiones sesiones de cuentos de más de dos horas de duración).

 

-El espacio. Habrá que insistir: que no haya puertas a la vista del público (la entrada al lugar donde se cuenta debe estar detrás del público, para que los rezagados sólo molesten al que cuenta). Que no haga demasiado frío o demasiado calor. Que el lugar se dedique exclusivamente a la narración mientras se están contando cuentos (nada de seguir con el préstamo durante la sesión). Que la bibliotecaria (o bibliotecarias) o encargado del lugar estén presentes y pendientes de todo lo que sucede, echando una mano si es necesario (en las sesiones de Las Rozas, con mucho público, suele haber al menos cuatro personas pendientes de los niños y los padres para ayudar ante cualquier contingencia). Y por supuesto: sillas. Siempre es mejor que la gente se siente en sillas, es más cómodo (¿habéis probado a estar sentadas en el suelo más de 20 minutos? ¿entonces qué exigimos a los niños que se sientan en el suelo?)

 

-Edades. Creo que es una buena idea limitar las edades en las sesiones que son habituales en las bibliotecas. Entiendo que si en una biblioteca sólo se hace una sesión de cuentos esporádicamente no se puede hacer esta limitación (son las sesiones de público familiar). Pero conozco bibliotecas que diferencian y un viernes convocan a niños de entre 3 y 6 años y otro viernes a niños de entre 7 y 11 años. Es bueno porque siempre puedes encontrar cuentos específicos, más cercanos a los centros de interés de cada grupo de edad.

 

-Temáticas. Las sesiones temáticas (basadas en temas concretos: mestizaje, solidaridad, amor, etc.) creo que no funcionan demasiado bien. Particularmente prefiero elegir los cuentos que cuento según considere al público que va a asistir. Aun así hay veces que te encargan sesiones temáticas. En esos casos yo advierto que siete cuentos sobre un mismo tema acaban por aburrir al más interesado, por eso acabo combinando una sesión habitual con uno-tres cuentos sobre el tema que me han pedido. Pero siempre con total flexibilidad a la hora de poner en marcha mi sesión de cuentos.

 

-El personal. Desde luego en la mayoría (la grandísima mayoría) de las sesiones que he tenido no me ha pasado nunca nada, pero si digo esto es porque me ha pasado en alguna ocasión: se educa con el ejemplo. Si la persona que te contrata es la primera que tiene el teléfono móvil encendido y cuando le suena en mitad de la sesión ¡contesta a la llamada!, menudo ejemplo. O si la persona que te ha contratado se sienta detrás y se pone a hablar durante ¡toda la sesión! con otra persona, ¿qué ejemplo estamos dando?

 

Espero no haberos aburrido, ojalá de todo lo aquí expuesto podáis sacar algo bueno y lamento muchísimo no haber podido participar en este pequeño encuentro. Coincide la fecha con el inicio del club de lectura de La Celestina por internet así que no voy a poder estar con vosotras.

Saludos

Pep Bruno

 

   

 

logo palabras del candil

tierraoral

LogoAeda

diseño de la web: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.   ::o::   ilustración de cabecero: Raquel Marín

Licencia Creative Commons Este web está bajo una Licencia Creative Commons.