[Artículo publicado en las Contemporánea, revista grancanaria de cultura, nº 5, año 2007, pp. 9-11]

 

Pep Bruno

 

En el momento en el que un mono trató de explicar al resto de la tribu cómo había sido la última cacería y, en medio de su narración cayó en la tentación de la exageración, de la distorsión, de la mentira, para mantener la atención del auditorio, en ese preciso instante, nació el cuento. Y en ese preciso instante, nació el ser humano.

El cuento es lo que nos diferencia de los animales. Éstos tienen lenguajes específicos, utilizan tecnología básica, se organizan y reparten las tareas... pero ningún animal cuenta cuentos a otros de su especie. Eso sólo sucede con los seres humanos.

Por eso el nacimiento del ser humano está íntimamente ligado al nacimiento del cuento. Así, mientras sigamos contando y escuchando cuentos, seguiremos siendo seres humanos. Por la misma razón cuando se dejen de contar cuentos, no lo duden, volverán los monos a la tierra y desaparecerán los hombres y las mujeres.

 

Casi sin querer ya hemos comenzado a hablar de la primera razón para contar cuentos: nos hacen más humanos. Tengan esto siempre en cuenta, sobre todo si trabajan con otras personas, si su labor es la de cuidador, maestra, educador, monitora, profesor... o también si son: madre, padre, abuela, abuelo... contar cuentos nos hace más humanos.

Pero además este vivir con los otros, este ser continua convivencia, ser parte del proceso educativo, ser educadores para la vida de sus hijos, nietos, sobrinos... (vivir, convivir, educar: verbos con matices pero con innegables similitudes); este ser y este estar en los otros debe implicar contar con el cuento ya que éste es un recurso inagotable en el proceso continuo de educar. Y aquí, casi sin darnos cuenta, entramos en un segundo motivo para contar cuentos: el educativo.

Nada hay más complejo y más continuo como la educación: tener hijos es fácil, ser padres es otra cosa. Tener una vocación de maestra es estupendo, vivir el día a día en el aula es otra cosa. Educar es preparar a los otros para la vida. Los cuentos ayudan. Y no soy yo quien ha descubierto esto, que ya los clásicos afirmaban que el cuento sirve para “educar deleitando”. Los cuentos sirven de ejemplo para lo bueno y para lo malo, y quienes escuchan estos cuentos (sean niños, jóvenes o adultos) aprenden de los errores y los aciertos de sus personajes.

Pero no solo nos hacen vivir en la vida de otros. Los cuentos (sobre todo los tradicionales) con su carga simbólica ayudan a la ordenación mental de los niños, a la organización de las estructuras y procesos cerebrales, a la incorporación de una escala de valores. Los cuentos trabajan por dentro, en lo más profundo. Así ha sido desde el principio, desde el primer cuento. Los cuentos nos ayudan en el proceso de hacernos, de ser.

Sí, el valor educativo de los cuentos es incuestionable.

 

Pero en este aserto clásico hay una segunda palabra: “deleitando”. Y eso es imprescindible. Es intrínseco al cuento que éste deleite, que entretenga, que emocione, que capte la atención de lo hondo. Un cuento que no deleita, no es cuento, es otra cosa: una moralina, una disertación, una conferencia, una lección, una ley, un panfleto... pero no es un cuento. Los cuentos deben entretener. Y no se trata de hacer reír, que también, sino que se trata de un entretenimiento que mueve lo de dentro, que conmueve. Hay cuentos que te hacen llorar o cuentos que te hacen saltar de la silla, hay cuentos que parecen cascabeles sonando en el alma.

 

Parece que ya llevamos, como sin querer, tres razones para contar cuentos. Y no hay tres sin cuatro. Y esta cuarta van a ser dos en una: el cuento desarrolla la fantasía y la imaginación. Palabras , fantasía e imaginación, que utilizamos como sinónimas pero que no creo que lo sean del todo. Hay diferencia, véase: uno utiliza la imaginación para resolver los problemas y la fantasía para olvidarlos, para evadirse de ellos.

Sí, los cuentos activan nuestra capacidad de imaginar, de fantasear, de viajar sin movernos de la silla. En este ámbito nos gusta el verbo encandilar: por lo que tiene de candil, de pequeña luz que sostiene toda la oscuridad, de faro hacia el que navegar por el mar de las palabras.

Sin la imaginación la vida estaría llena de problemas irresolubles. Sin la fantasía el mundo sería demasiado pobre ¡tantas veces! Quizás esto convierta a los cuentos en un recurso imprescindible para desenvolvernos en el día a día. Y quizás, por qué no, en una herramienta útil para ser más felices.

 

Algo que no debería olvidar es hablar de los cuentos como sacos de palabras, y ésta será la quinta razón para contar cuenots. Los cuentos nos dan vocabulario, siembran palabras en nuestra lengua. Tal vez esto sea más importante de lo que pueda parecer. Pensemos fríamente en las ideas: ¿qué son las ideas sino palabras? Una idea que no se puede decir, no es. Pero vayamos más allá: ¿qué son los sentimientos? Palabras. Un sentimiento que no se puede expresar, no es. Así, las palabras nos dan la posibilidad de ordenar el mundo, de organizarlo, de verlo, de sentirlo.

Y los cuentos son más que palabras: son semilleros de palabras que entran oreja adentro hasta el corazón para brotar en la lengua y florecer en alguna circunvolución cerebral. Los cuentos son un turbión de palabras: son agua desbocada que inunda de palabras. Y vivir en un mundo que se puede explicar con cinco mil palabras distintas es vivir en un mundo más grande que el que se pueda explicar sólo con quinientas. Por eso las palabras hacen el horizonte más amplio. Y a eso ayuda, sin lugar a dudas, el cuento.

 

Vayamos con el sexto motivo para contar cuentos, aunque antes debemos avisar que este penúltimo escalón es nuevo, es peculiar, es una cosa de ahora a la que antes no se le hacía ningún caso porque era algo completamente asumido. Me explico. Esta sexta razón que quiero incluir ahora sólo cabe cuando hablamos de cuento contado, porque es un valor propio de la oralidad.

Cuando contamos un cuento, además de todo lo que antes hemos dicho, sucede algo crucial: nos miramos a los ojos. Es decir, vemos al otro, lo reconocemos, lo hacemos presente. Lo que significa: compartimos el tiempo con él, nos emocionamos con él, estamos (de verdad estamos) con él. Porque no es estar con los otros mirar todos a una panatalla de televisor, eso es sentarse en el mismo sofá o mirar la misma cosa, pero eso no es estar con los otros, o si se prefiere: no es compartir tiempo de calidad emocional con los otros.

Contar cuentos al otro es decirle: aquí estoy, y estoy por ti, para ti, vamos a emocionarnos juntos, vamos a vivir en este momento una aventura tú y yo, nosotros, solos. Y el mundo que gire si quiere, nosotros a lo nuestro, al cuento.

 

Y, para terminar con estas siete razones, digamos que el cuento tiene un valor cada día más destacado: el cuento como vagón de enganche para entrar en los libros. El cuento como recurso infinito para animar a leer. El cuento como camino para llegar a las estanterías donde tantas páginas están esperando, pacientemente, a sus lectores, lectoras.

Es innegable que el cuento despierta el apetito por las historias, cuantos más cuentos se escuchan más ganas tenemos de escuchar cuentos. Cuantas más veces hemos viajado en las palabras de los otros más necesidad tenemos de emprender nuevos viajes; así, escuchando cuentos es posible que un día la voz del otro pase a ser el susurro de las páginas de un libro, el silencio plagado de voces que resuenan dentro. Palabras escritas que van directas hasta las orejas del alma, hasta el centro mismo del corazón, palabras que son la voz dormida, inquebrantada, de quien un día las dijo para que hoy el lector, la lectora, las lea, las escuche.

 

Por todo esto y por más razones que seguro nos olvidamos de señalar aquí les conmino a contar cuentos, todos los días, a toda la gente querida o curiosa. Contar sin desmayo. Porque ésta es una labor de muy largo aliento: ni un día sin cuento. El cuento es el pan del alma. El cuento que nos abraza y nos convoca, que nos ilumina y nos asombra, que nos hace felices y nos emociona. El cuento que nos cuenta.

 

[Artículo publicado en las ANAQUEL, Boletín de libros, archivos y bibliotecas de Castilla-La Mancha, nº38, mayo|junio 2007, pp. 9-11]

 

Susana Martínez y Pep Bruno (del SLIJ de Guadalajara)

 

“Érase que se era una lejana ciudad llamada Guadalajara donde sus gentes se reunían durante días y noches para disfrutar del placer de contar y escuchar…”

 

Guadalajara es una ciudad aparentemente tranquila durante casi todo el año, decimos casi porque hay un fin de semana que es capaz de transformarse.

Hay ciudades como Hamelín, Bremen, Bagdad, Canterbury o Damasco que conocemos a través de los cuentos y hay otras ciudades, como Guadalajara, que se transforman gracias a ellos.

Durante tres días y dos noches la gente de Guadalajara y todos los amigos que vienen desde otros lugares se reúnen para contar y escuchar, para dejarse mecer por las palabras. Algo tan sencillo y tan complicado a la vez: alguien tienen algo que contar y alguien quiere escucharlo.

Sí, los cuentos transforman a Guadalajara durante unos días, la gente recibe cada año el maratón con alegría porque es nuestra fiesta, la fiesta de la palabra, la fiesta de la emoción, por eso tanta gente se implica y se apunta para contar, o ilustrar, o colaborar, o sencillamente viene a escuchar y así hace suyo el Maratón. Si algo tiene esta fiesta de la palabra es su carácter participativo, abierto, cooperativo, una actividad que se hace gracias a la colaboración y al cariño de la ciudad y quienes la habitan.

Como dice Mila, del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil,  nuestro Maratón es especial porque es de todos, niños y mayores, izquierdas, derechas, centros, pies, manos, cabezas y corazones…y mientras siga siendo así, seguirá vivo.

 

Tradición

A lo largo de estos 16 años Guadalajara ha acogido una fiesta inventada como si se tratase de una celebración centenaria, como si hubiese existido siempre. Hay niños que han crecido contando y escuchando en el Maratón, de hecho el día en el que Pep trató de explicar a Juan ( su hijo de ocho años) que cuando él era niño sus padres no le llevaban al Maratón porque no existía, Juan se quedó atónito, como si esa posibilidad fuera, sencillamente, impensable.

El Maratón se convierte, pues, en una cita ineludible para la gente de la ciudad, pero también lo es para muchas personas que año tras año vienen de fuera y durante un fin de semana se sienten parte de la ciudad, no son turistas, ni visitantes, son maratonianos y entran en el Palacio del Infantado como si volvieran a casa.

Como ejemplo podemos contar que la Biblioteca Cologno Monzese nos visita cada año, más de treinta personas vienen desde Italia  para participar en el Maratón, los cuentos han hermanado a estas dos ciudades y desde hace tres años Cologno celebra también su Maratón.

El Maratón de los Cuentos se ha convertido en una seña de identidad de la ciudad, un acontecimiento que le da personalidad y que se extiende por otras ciudades de España (Las Palmas de Gran Canaria, Benalmádena, Ólvera…), y por otros países (México, Italia, Portugal, Francia, Colombia…)

 

Participación

Lo mejor del Maratón es ver como el escenario es tomado por gente de toda edad y condición; comienza el alcalde (¡qué importantes son los símbolos y los ritos!) y le siguen niños, mayores, colegios, asociaciones de todo tipo, abuelos con sus nietos, padres con sus hijos, amas de casa, clubes de lectura, agrupaciones corales, celebridades locales, la policía local, los representantes públicos y muchos narradores profesionales que tienen en el Maratón de Guadalajara su punto de encuentro.

Un mes antes del evento la gente comienza a llamar a la biblioteca para apuntarse a contar, las hojas en blanco se van llenando de nombres y año tras año se consigue el reto de mantener 46 horas de narración. Así pues, este año 1.048 cuentistas hicieron que pudiéramos olvidarnos de la lluvia, del sueño implacable de las siete de la mañana o del cansancio acumulado del domingo por a mediodía (con 46 horas a las espaldas sin descansar).

Tantas horas de cuentos producen una agradable sensación de irrealidad, cada momento del Maratón es diferente: las primeras horas con la participación de los colegios; la tranquila noche del viernes donde hay que estar con un cuento preparado para que, con la ayuda de todos, no quede ni un minuto sin cuento; el relevo de la mañana donde se juntan los que llegan frescos, duchados y descansados y los que se han pasado la noche en vela; los cuentos en inglés el sábado por la mañana; los niños contando como auténticos profesionales; la hora mágica de las doce de la noche del sábado cuando no queda una silla libre y los narradores del Festival hipnotizan al público; los esperados cuentos mínimos de las cinco de la mañana; los clásicos del domingo por la mañana (personas y colectivos que llevan años participando en el maratón con el mismo ánimo)... son muchos los momentos mágicos que se repiten año tras año.

En este último Maratón pasó algo insólito, se colgó el cartel de no hay localidades, la lluvia nos obligo a refugiarnos en el zaguán del Palacio (donde el aforo es limitado) pero eso no desanimó a la gente para seguir acercándose a escuchar cuentos (aunque no cabía ni el alfiler del sastrecillo valiente).

No está recomendado por las autoridades sanitarias pero contar y escuchar cuentos es fabuloso para la salud, solo hay que comprobar la alegría que irradia la gente que participa en el Maratón y la feliz resaca con la que la ciudad despierta el lunes, es una recarga de baterías, es gimnasia para el corazón y para el alma, es la ilusión de que podemos vivir a otro ritmo, de otra manera y, sobre todo, de que podemos pararnos y escuchar. Y soñar.

Para comprobar los poderes curativos de las historias este año el Maratón ha inaugurado un consultorio de cuentos, narradores a la carta para consultas personalizadas. Comprobado: los cuentos sientan bien, se tomen en pequeñas o grandes dosis.

 

Como ya hemos señalado antes el Maratón es un acontecimiento colectivo, se  hace y se disfruta en grupo pero tiene también un componente de acontecimiento personal, subir a contar un cuento es un disfrute y también tiene algo de reto. Cuentos hay muchos, pero elegir uno tiene su complicación,  hay que hacerlo propio porque la únicas reglas del maratón son no leer y no extenderse más de cinco minutos. La primera se cumple con facilidad y el incumplimiento de la segunda provoca en algunas ocasiones latosos retrasos. Los valientes que se atreven a contar reciben su merecida condecoración, el famoso pin que, como el cariño verdadero, ni se compra ni se vende.

 

Se dice, se comenta, que Guadalajara tiene muy buenos cuentistas, seguramente sea una leyenda urbana pero lo que sí es cierto es que en ella se encuentran los mejores oyentes del mundo. Lo dicen todos los narradores profesionales, es un gusto contar en Guadalajara, ya sea en las sesiones de los Viernes de los Cuentos o en el Maratón con más de 1000 personas escuchando. Saber escuchar es una buena virtud para una ciudad, quizás en verdad Guadalajara sea una Ciudad de Cuento.

 

Palacio del Infantado

El Maratón ha crecido en el Palacio del Infantado, eso hace que el principal monumento de la ciudad sea la casa de los cuentos , un lugar especial en el que todos tenemos nuestro sitio: ir allí durante el Maratón no es una visita, es una estancia completa de fin de semana. Si los cuentos tienen palacios nosotros tenemos un Palacio donde se cuentan cuentos, ¿cuántas historias habrán oído los leones del patio a lo largo de estos años?

El Maratón tenía este año un gran reto, el Patio de los Leones está en obras y había que buscar un espacio alternativo. Dada la estrecha unión  de la pareja, Maratón-Palacio, no podíamos alejarnos mucho, el escenario principal estaría este año en los jardines. Pero la lluvia no nos dejó que nos fuéramos del Palacio, solo nos permitió salir durante unas horas el viernes. Refugiados en el zaguán del Palacio pasamos un fin de semana, de cuentos, de agua y de grandes emociones. Porque el Maratón es ante todo un diluvio de emociones.

 

Desde el Palacio la fiesta se extiende, sale de los muros centenarios y corre por calles y esquinas hasta llegar a lugares lejanos (actuaciones de calle, el teatro Moderno donde se celebra el festival de narración oral, los jardines, la plaza, el hospital, maratones viajeros por toda la provincia…), pero también hasta llegar a los corazones. Porque esa es la habitación de los cuentos , el corazón.

 

Punto de encuentro de los narradores.

El Maratón es también un lugar por el que, inevitablemente, cualquier amante de la palabra, acaba por pasar. Todos los que se dedican a los cuentos (como profesionales, como aficionados, como amigos, como gozosos disfrutadores de sueños e historias) recalan en esta playa de cuentos que es el Maratón de Guadalajara. Y eso ha hecho que algunos narradores hablen del Maratón como la Meca del oficio, el lugar al que, una vez en la vida al menos, hay que ir. Pero ir al Maratón y amar los cuentos es una cuenta que nunca da una vez. Quien va, vuelve. De hecho son cada año más los narradores que quedan atrapados en esta bola de nieve de palabras y sueños, en este turbión incontenible de cuentos que te arrastra y te mece.

Así, de una forma natural, el Maratón ha asumido desde sus principios que es el lugar donde los amantes de los cuentos pueden celebrar su fiesta. Se convierte en la fiesta del barrio de los cuentos , y todos los que habitamos este barrio (seamos del País Vasco, de Andalucía, de Italia o de Madeira) venimos al barrio a pasear por sus calles y a disfrutar de la compañía de los vecinos (esos vecinos con los que nos cruzamos tan pocas veces el resto del año).

Fue, de hecho, en el Maratón de Guadalajara donde los narradores se hicieron conscientes de que eran un gremio, de que lo suyo era una profesión, de que tenían inquietudes y problemas comunes. Fue en el Maratón donde los narradores empezaron a sentirse como tales y a asumir todo lo que de pertenencia a un oficio implicaba el hecho de vivir, literalmente, del cuento.

 

El Seminario de Literatura Infantil y Juvenil

Y detrás de todo esto ¿quién está?

Habrá que contar lo de los casi doscientos voluntarios que lo ponen en marcha, lo de las instituciones que lo apoyan, lo de la ciudad que se implica y asume el evento como propio. Sí, todo eso hay que contarlo. Pero detrás de todas estas personas hay un pequeño equipo que trabaja por amor a los cuentos : el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara, un grupo formado por profesores, bibliotecarias, narradores y demás amigos de los libros y los cuentos que lleva 25 (sí, este año cumplimos 25) años soñando caminos para acercar los libros y los cuentos a los más jóvenes y, por qué no, a los menos jóvenes también.

Y con el Seminario, durante años, ha ido de la mano también la Biblioteca Pública del Estado en Guadalajara, ayuda imprescindible para levantar este enorme artefacto, este gigante castillo de palabras que es el Maratón de los Cuentos.

 

Conclusión

Para terminar solo nos queda invitaros a todas y a todos al próximo Maratón, que será el número 17, y que se celebrará, como siempre, el tercer final de semana de junio. Si no habéis venido nunca antes, será el momento de hacerlo; y si habéis estado en alguna otra ocasión, entonces sabemos que nos volveremos a ver entre cuentos y sueños, luna y sol, zaguán y jardines.

El Maratón es, para muchos de nosotros, un pequeño espacio de felicidad (frágil como un zapato de cristal, alegre como un cascabel, generoso como un cuento, imprescindible como los sueños); el Maratón también es un momento y un lugar que están fuera del tiempo y del espacio (una hendidura en el reloj donde corazón y piel se tocan); y, cómo no, el Maratón es una fiesta a la que no debéis faltar si cuando escucháis “colorín colorado” pensáis que todavía tomaríais una galleta más de “había una vez”.

 

[Artículo publicado en CLIJ, nº204, mayo07]

Puedes ver el artículo (con sus fotografías) en la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, directamente aquí (pp. 28-32).

 

 

En enero de 2007 murió Ryszard Kapuscinski, periodista excepcional y autor de un maravilloso libro titulado Ébano[1]. En el último de sus capítulos cuenta cómo en uno de sus viajes por África, sentado bajo un enorme árbol, tomando un té bien denso en la hora del anochecer, escucha a un grupo de hombres y mujeres contando historias. Allí está congregado todo el poblado. Kapuscinski escribe: “No entiendo mucho de lo que dicen pero sus voces suenan serias y solemnes. Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla.”[2]

Es en estas sociedades ágrafas donde se puede sentir de un modo patente la responsabilidad de la oralidad, de la palabra contada y oída. Sólo existe lo que se cuenta y lo que se recuerda, lo que se oye y se aprende.

Hoy, en Occidente, en esta cultura nuestra tan desarrollada, parece diluirse el peso de la palabra dicha. Todo está escrito. No hace falta memorizar nada porque el papel o el disco duro lo soporta todo, lo guarda todo, lo conserva todo. Poco a poco hemos ido creando un laberinto de papel, un mar de información, un turbión imparable de palabras, hechos, noticias imprescindibles que mañana bien pueden ser olvidados. Es el tiempo de lo fungible. Y también el tiempo de la abundancia. O más bien de la sobreabundancia. De la voraz necesidad de todo y más, mucho más, siempre más. Y, paradójicamente, es también el tiempo de la carencia, de la perpetua hambre. Este tiempo que nos ha tocado vivir transcurre además de una manera veloz, rápida, fugaz; es también el tiempo de la carrera, de la prisa que nunca nos deja ahondar, de la lucha contra el cronómetro implacable. Y del ruido. El poderoso señor de las ciudades, de las casas, de la vida: todo ha de suceder sin que haya silencio. El silencio se presenta como un mar demasiado azul, demasiado profundo, demasiado asfixiante. Es mejor el ruido que nos entretenga y nos mantenga activos. Activos sin fin y sin motivo.

Frente a esta situación el cuento se presenta como la posibilidad liviana, sutil, frágil (pero enormemente poderosa) de reencontrarnos con los elementos imprescindibles para el crecimiento personal: Frente al ruido continuo, el silencio de la palabra dicha, la palabra como agua fresca para saciar la sed y, sobre todo, la palabra contada para quien escucha: una palabra de mi para ti, una palabra que cuenta. Frente a la velocidad enloquecedora del día a día, la calma sosegada de un cuento, sabio, limpio de momentos innecesarios. Frente a la perpetua necesidad de todo y más, el suculento bocado de un cuento con sabor a pan recién hecho, un cuento que nunca se rompe y nunca se gasta, que no cuesta nada y vale mucho, un cuento salido del corazón, de los labios, de los ojos de quien está con nosotros, de quien nos acompaña y nos mira y nos dedica y regala y ofrece su tiempo. Es más, frente al tiempo es oro, el tiempo compartido, cálido, demorado del cuento. Un tiempo de calidad en el que los ojos se miran, las pieles se tocan, los corazones escuchan y todos respiramos el mismo aire, el aire de las palabras dichas. Y sobre todo, frente al incesante aluvión de palabras e información, el claro y limpio mensaje del cuento, simple y directo, preciso.

Parece, así dicho, que el cuento se presenta como algo revolucionario en estos tiempos que corren. Pero es mucho más.

Tal vez pensamos que con la televisión, las play, las películas de Disney, los miles de juguetes, los niños tienen suficiente para ser educados y para crecer (sobre todo fuera del aula); tal vez creemos que así ellos aprehenderán nuestro ser social y cultural, que de esa manera se integrarán en la sociedad y serán uno más de los nuestros. Como si la televisión además de entretener educara. Como si la abundancia de juguetes fuera suficiente para calmar el hambre de juegos (una cosa son los juguetes y otra jugar). Como si Disney no fuera una empresa fabricante de consumidores (y desde luego, no de lectores). Como si la play nos ayudara a comprender el mundo en que vivimos.

De qué manera ha sucedido que se ha ido dejando de contar cuentos. Cómo ha sido eso. Cuál fue el proceso en el que, poco a poco, sin darnos casi cuenta, hemos ido cediendo terreno y nos hemos olvidado de la palabra dicha para dejar que tantos vacíos arramblaran en nuestra vida. En nuestra sociedad. Como si la televisión, o la play, o la Disney sintieran sobre sí mismas la responsabilidad de la Historia de su pueblo (como citaba Kapucinski al principio de este texto). El cuento, siempre, y más hoy en día, es garante de nuestra historia (Historia) y de nuestra cultura (Cultura). El cuento entretiene, sí, debe hacerlo, pero también educa (también debe hacerlo). El cuento es la hoja de un árbol cuyas raíces van hasta el fondo justo del corazón (Corazón), de ese corazón común que late por igual, nos aúna, nos hermana en el ritmo vital de sístole y diástole. El cuento, sí, ese que nos muestra que en la diferencia somos tan iguales, que busca los puntos comunes, que traza los puentes, que rompe las fronteras y los muros. Y no solo eso. El cuento que nos da la mano y nos ayuda a crecer, a comprender, a entender el mundo en el que vivimos, en el que estamos, ese mundo del que nosotros también somos parte imprescindible. El cuento. ¿Cómo fue que dejamos de contarlo?

Todavía a los niños pequeños en algunas casas, en algunas escuelas, se les cuentan cuentos (casas, escuelas, femeninos remansos). Son oasis donde aún viven los cuentos. Y cuál es la razón por la que después se va abandonando (de un modo indolente, irresponsable) el agua necesaria de la palabra contada. ¿Por qué no cuentan cuentos los viejos, esos cuentos de siempre, imprescindibles? ¿Por qué los amantes no se cuentan cuentos de amor, abrazados, tras haberse amado? ¿Por qué en las casas ya no hay tiempo para el cuento sabio? ¿Por qué los jóvenes no tiemblan de miedo con cuentos de miedo? ¿Dónde se esconde el cuento? ¿A qué está esperando para volver? ¿Qué será de nosotros sin él? Tal vez como en el libro Farenheit 451[3] el cuento vive agazapado en muchas gargantas, en muchos corazones, en muchos hombres y mujeres (como aquellos hombres-libro) y sólo está esperando una señal.



[1] En la editorial Anagrama.

[2] Op. Cit. Página 332.

[3] De Ray Bradbury, en la editorial Minotauro

 

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