Artículo escrito para el libro La educación literaria que necesitamos. Conversaciones, coord. por Luis Arizaleta, y en el que participamos, además del propio Luis, los siguientes autores y autoras: Seve Calleja, Piluka Labayen, Juan Mata, Juan Kruz Igerabide, Ana G. Lartitegui, Antonio R. Almodóvar, Sergio Lairla, Cristina Gálvez, Xaviera Torres, Estrella Borrego, Alejandro Pedregosa y Pep Bruno. El libro se puede descargar gratuitamente desde el 21 de marzo de 2025 en este enlace.
ALGO TAN VIEJO, ALGO TAN NUEVO
Pep Bruno
El fiel compañero del ser humano
¿Cuándo empezamos a hablar, a pensar, a imaginar? Parece ser que hace entre 200.000 y 80.000 años, es decir, que en algún momento de esa amplia horquilla de tiempo, los seres humanos desarrollamos el lenguaje complejo, la autoconsciencia (ese monólogo interior que nos acompaña a lo largo de la vida) y la capacidad de hablar de algo que no está aquí y ahora (y, por ende, de ficcionalizar, de ser capaces de visualizar o imaginar cosas que no están presentes). Es posible que estas tres habilidades se fueran articulando y reforzando a un mismo tiempo, puesto que cada una de ellas sumaba para el desarrollo de las otras.
A lo largo del tiempo estas tres capacidades quedaron consolidadas y fueron musculándose, durante miles de años y cientos de generaciones, contando y escuchando historias en una especie de círculo virtuoso en el que el ser humano ha ido haciendo, perfilando, depurando al cuento que, al mismo tiempo, ha ido reforzando esas capacidades humanas tan propias; un círculo virtuoso del tipo: el cuento ha hecho al ser humano que ha hecho al cuento que ha hecho al ser humano que ha hecho al cuento que ha… Sí, hasta tal punto esto ha sido así que podemos decir que contar y escuchar cuentos nos ha hecho humanos. Y no sólo porque contar y escuchar cuentos sea un rasgo diferencial con respecto al resto de compañeros de viaje en este planeta, ni tampoco porque contar y escuchar historias haya cultivado unas habilidades que nos permiten una cantidad enorme de posibilidades (pensar, prever, comunicarnos, etc.). Se trata de algo incluso más profundo: que el cuento haya estado presente, muy presente, a lo largo de miles de años ha tenido repercusiones esenciales, es como si el cuento estuviera imbricado en nuestro propio ADN. De esta manera se explica, por ejemplo, que las estructuras narrativas son similares a los esquemas mentales, es decir: el pensamiento, las ideas, las teorías científicas, los recuerdos… todo tiene estructura narrativa, todo encaja en la estructura de un cuento. Incluso cuando desconectamos para descansar esas estructuras se hacen presentes en los sueños. Es más, hasta tal punto es relevante que incluso la propia identidad no es otra cosa que el cuento que nos contamos de nosotros mismos, y como cuento oral, permite variaciones (incluso contradictorias) a lo largo del tiempo sin plantear ningún problema.
Hoy sabemos, gracias a los estudios filogenéticos, que hay cuentos como “El herrero y el diablo” (ATU 330) o “Juan el oso” (ATU 301) que llevan contándose más de 8.000 años. Es más, sabemos que hay historias que se llevan contando entre los aborígenes australianos desde hace 12.000 años. En verdad el cuento contado y escuchado ha sido, sin duda, el inseparable compañero del ser humano desde tiempos inmemoriales; por lo tanto es posible que hace 50.000 o 60.000 años las comunidades humanas ya disfrutaran alrededor de la lumbre con una buena historia bien contada.
Así las cosas, la narración oral de historias fue una de las primeras manifestaciones artísticas de la humanidad y, desde los primeros cuentos en boca de los primeros cuentistas, los miembros del grupo tendrían sus preferencias, ya fuera por qué se contaba, ya fuera por cómo se contaba. Todo el grupo tendría la capacidad de contar, hablar, comunicarse… pero algunos serían los preferidos para relatar las historias. Exactamente igual que sucede hoy en día.
Llegó la escritura
Sin embargo, hace cosa de unos 5.500 años, apareció la escritura. Inicialmente la escritura se utilizó como una extensión de la memoria, un lugar donde fijar los textos orales que se habían transmitido de generación en generación. Y fijar el texto supuso una manera de escapar del olvido, pero también supuso perder su esencia de palabra compartida, de sueño de la comunidad en continuo cambio, de creación colectiva, porque los textos fijados dejaban de dialogar con el contexto y, sobre todo, dejaban de dialogar con el público.
A pesar de la llegada de la escritura y de su progresivo alcance a la gran mayoría de la población a lo largo de los siglos y las generaciones, las sociedades han seguido siendo orales. Oralidad y escritura han convivido desde que apareció la primera letra escrita hasta estos días de mensajería móvil y redes sociales.
Los cuentos, al igual que otros textos orales como epopeyas, romances, mitos, refranes, cantares… seguían disfrutándose de viva voz, pero desde la aparición de la escritura podía suceder que algún cuentecillo asomara la cabeza por tierras de escritura. Basta echar un vistazo, por ejemplo, a El asno de oro, de Apuleyo, para encontrarse con una versión de “Eros y Psique” (ATU 425B) o de "El amante en el tonel" (AFH 1419O), que más tarde volvería a aparecer en el Decamerón de Boccaccio, el segundo cuento de su jornada VII. O el conocido capítulo de Polifemo en la Odisea que es un cuento (ATU 1137) cosido a la trama como muchas otras historias que pasaron y siguen pasando de la oralidad al texto escrito.
La generalización de la escritura, especialmente a partir de la llegada de la imprenta, alimentó la idea de que la burguesía y las clases medias y altas, que generalmente vivían en ciudades, leían, mientras que las clases subalternas eran analfabetas y desarrollaban su día a día exclusivamente en el ámbito de la oralidad. Por eso, durante siglos, se pensaba que el mundo rural, un lugar intocado por el avance industrial, era el único sitio donde se preservaban los viejos grandes cuentos de la tradición oral. Sin embargo también allí llego la radio, la televisión y otros medios de comunicación y muchos pensaron que los pocos reductos de oralidad primaria, hábitats naturales de los cuentos contados, desaparecerían, y el cuento con ellos.
Pero no fue así.
La narración oral y la animación a la lectura
A finales del s. XIX y principios del s. XX la narración oral apareció con fuerza en bibliotecas y escuelas como recurso de animación a la lectura. Contar un cuento, una historia, un fragmento de un libro aumentaba las posibilidades de que ese libro fuera leído por quienes lo habían escuchado de viva voz. Y por esta razón tan sencilla comenzaron a contarse cuentos en otros ámbitos más vinculados a lo urbano y relacionados con la infancia. Porque era a los niños y a las niñas (de los colegios, de las bibliotecas) a los que se les animaba a leer contándoles cuentos.
En España esto se pudo percibir de manera notable tras la llegada de la democracia, en la década de los ochenta y, especialmente, en la década de los noventa del pasado siglo, de la mano de la renovación pedagógica de las escuelas y de la actualización y creación de bibliotecas. Si antes de esos años apenas un puñado de personas contaban cuentos de manera profesional (Elena Fortún, Montserrat del Amo, Federico Martín Nebras…) en las décadas de los ochenta y noventa el grupo de personas que pudieron hacer de contar cuentos su oficio se incrementó notablemente.
En la escuela, en la biblioteca, y en todos los eventos relacionados con el libro, como en ferias del libro, el cuento contado era uno de los invitados de gala, especialmente para el público infantil. Y como el objetivo era bastante claro (contar como estrategia para animar a leer) la gran mayoría de cuentos que se contaban eran cuentos que se encontraban en libros que, en muchos casos, eran referenciados o, directamente, mostrados durante la sesión. Los cuentistas contábamos para despertar el gusto por las historias y también por la lectura, “porque a leer se puede empezar con los oídos” (decía Blanca Calvo en su “Abecedario de la animación a la lectura”). Contábamos para acercar los libros a lectores y lectoras.
Esto reforzó una idea bastante extendida (que se iba consolidando desde el siglo XIX, cuando las mujeres y hombres ilustrados desecharon el cuento tradicional por considerarlo una fantasía inútil), que no era otra que los cuentos contados eran cosa de niños. Y esto tuvo muchas consecuencias que han llegado hasta nuestros días, es más, consecuencias que en algunos casos se han acrecentado. Veamos algunos ejemplos.
En primer lugar, como pareció asumirse que la narración oral era una cosa para la infancia, se consideró que contar cuentos o, más bien, escuchar cuentos, no era del interés de adolescentes, ni de jóvenes ni, mucho menos, del público adulto. Cuando, como vimos al inicio, las historias contadas han ido de la mano del ser humano desde el principio de los tiempos sin tener en cuenta la edad del público que escuchaba. Todavía hoy en día, cuarenta años después del renacer de este oficio de contar cuentos hay una gran mayoría de personas que creen que la narración oral de cuentos es, exclusivamente, algo para la infancia, y cuesta mucho hacer entender que hay cuentos y propuestas narrativas para público juvenil y adulto.
Por otro lado, al centrar la narración en el público infantil, sobrevolaba la mirada adulta sobre toda posible materia narrativa, es decir, eran los adultos quienes decidían qué era lo que al niño, a la niña, debía interesar: qué temas eran adecuados para ellos (y cuáles no), cómo plantearlos y de qué manera contarlos.
Esto no sólo afectó a las propuestas de narración, sino que alcanzó incluso a los cuentos tradicionales que durante miles de años habían circulado oralmente en muchas y muy diversas variantes que se iban adaptando a tiempos, públicos y contextos. Desde que en 1812 los Grimm publicaron sus Cuentos para la infancia y el hogar los cuentos tradicionales parecían ser sólo cosa niños. Por eso, al pasarlos al papel y dejarlos fijados, perdieron la gran diversidad de sus versiones, puesto que se eligieron o adaptaron sólo versiones que se consideraron adecuadas para el lector infantil.
Esto tiene otra consecuencia negativa. Para mucha gente los cuentos de tradición oral son textos que se leen (cuando nunca ha sido así, eran textos que se contaban y escuchaban, no que se leían), y como las versiones al alcance del público son las que son, en muchos casos quienes se acercan a estos textos fijados creen que los cuentos son algo anticuado que ya no encaja en estos tiempos (cosa que no sucede cuando vuelven a la oralidad).
Además, de una manera casi natural pasamos de la narración oral como recurso para la animación a la lectura, a la narración oral como recurso sin más, o, más bien, como recurso general, como recurso para trabajar cualquier tema. Esto resulta especialmente evidente en los últimos años: si toca hablar de igualdad, se nos pide que contemos cuentos que desarrollen cuestiones sobre igualdad; si toca hablar de reciclaje, pues cuentos sobre reciclaje; si toca hablar de solidaridad, cuentos solidarios… Cualquier tema es susceptible de incluir unos cuentecitos contados.
Esto podría no haber sido un problema si el criterio de la utilidad del cuento contado como recurso no hubiera estado por encima de otras cuestiones como el valor literario del cuento. Porque en estas ocasiones lo normal es que no se tenga en cuenta, a la hora de elegir un cuento, su calidad literaria, sino su valor como recurso didáctico para el fin perseguido.
A todo esto habría que sumarle que la necesidad de que el mensaje transmitido por el cuento resulte inequívoco exige al texto perder su espesor literario, aplanarse de manera que no haya posibilidad de múltiples interpretaciones. Lo que desarbola por completo la calidad literaria del cuento contado, puesto que una de las características de lo literario es su posibilidad de habilitar distintos planos de significado.
Este asunto de los cuentos como recurso para trabajar cualquier cosa acabó haciendo que muchos niños y muchas niñas asociaran el cuento contado con una especie de clases encubiertas (males clases y mal encubiertas) donde lo que menos importaba era el placer de escuchar, el viaje a lomos de una buena historia, porque lo importante era lo que se quería enseñar.
Por último, una cuestión que venía a sumarse a todos estos problemas era la existencia de un prejuicio bastante extendido en aquellos años de que para la infancia cualquier cosa valía, por lo tanto, cualquiera valía para contar cuentos a los niños y a las niñas. Esta rémora todavía aparece en ocasiones cuando se ven propuestas para la infancia, pero afortunadamente hay programadores y espacios que cuidan mucho la calidad de los profesionales y los espectáculos que llevan.
En este sentido, personalmente creo que no es que para la infancia cualquier cosa valga, sino que es justo al contrario: para la infancia sólo vale lo mejor, lo de mayor calidad y más contrastada. No, no vale cualquier cosa ni de cualquier manera. Sólo lo mejor.
Al mismo tiempo que el cuento se iba extendiendo por escuelas y bibliotecas, a mediados de los noventa en algunas ciudades, aunque fuera de manera puntual y tímidamente, aparecieron algunos espacios de cuentos para público adulto: cafés, bares, salas de pequeño formato… En este nuevo ámbito de la narración oral pareció importar menos si el cuento animaba o no a leer y, aunque se seguían contando cuentos literarios, también empezaron a escucharse cuentos de la tradición oral.
Todo este movimiento alrededor del cuento contado como recurso de animación a la lectura permitió que se fuera consolidando un colectivo de cuentistas profesionales, hombres y mujeres que dedicaban su tiempo a preparar repertorios y a contar cuentos por colegios, institutos, cafés, teatros, bibliotecas, ferias… de toda España.
La conciencia del oficio
También en los años noventa empezaron a surgir festivales y grandes eventos de narración oral como el Maratón de los Cuentos de Guadalajara, el Festival de Cuentos de Agüimes, el Festival Internacional de la Oralidad, etc. Muchas de estas fiestas de la palabra dicha fueron también lugares de encuentro para un colectivo de profesionales que estaba naciendo y se estaba conociendo y reconociendo. Era un oficio muy viejo pero, al mismo tiempo, muy nuevo.
Poco a poco el colectivo de narradores y narradoras profesionales se fue consolidando y creciendo. Durante muchos años fuimos aprendiendo a base de intuiciones, pruebas, errores, reflexiones… no olvidemos que este oficio nuestro es muy solitario. Pero pronto aparecieron asociaciones, webs, revistas, escuelas de verano, talleres de formación, pódcast… donde compartir y conversar.
Pensar juntos sobre lo que hacíamos nos ayudaba a mejorar, pero también nos permitía vernos y entendernos con más claridad. Fue así como poco a poco empezaron a surgir voces que nos invitaban a reflexionar sobre nuestro propio trabajo más allá de si se utilizaba para animar a leer o para cualquier otra cosa. Como ejemplo basta con traer aquí el artículo de Pablo Albo publicado en el n.º 11 de la Revista N y titulado “¿Y si contar cuentos no animara a leer?” que, desde el propio título, invitaba a mirar a la narración oral más allá de la utilidad que se le quisiera dar.
En la primera década del siglo XXI entre quienes contábamos cuentos ya había calado con fuerza la idea de que la narración oral tenía sentido en sí. Contar y escuchar cuentos ya era algo valioso por sí mismo, no hacía falta una excusa o una justificación para hacerlo. Y, por lo tanto, no era tan importante buscar un repertorio que sirviera para otra cosa que no fuera el mero acto de narrar. Es decir, lo que se buscaba cuando se articulaba un repertorio eran buenas historias bien contadas. Nada más sencillo. Nada más difícil.
Esto nos permitió centrarnos en la búsqueda de un repertorio que primara la calidad, lo que significó, de una manera natural, el reencuentro con los grandes viejos cuentos de la tradición oral: textos que llevaban siglos y generaciones rodando de boca en oreja y que, naturalmente, habitaban la palabra dicha. Valga como ejemplo de este reencuentro que en 2011, cuando elaboré el estudio sobre la profesionalización de la narración oral en España, pasé una encuesta a unos 80 compañeros y compañeras de oficio preguntándoles sobre los tipos de cuentos de su repertorio; del total apenas unos pocos incluían algún cuento tradicional habitualmente y sólo dos basaban su repertorio en estos cuentos. Sin embargo en 2021, diez años después, preparando una conferencia sobre el repertorio de los narradores y narradoras contemporáneas, de los 93 narradores encuestados un 92,5% afirmaban tener cuentos tradicionales en su repertorio, y entre ellos, casi la mitad afirmaban que era hasta un 25% de su repertorio, algo más de un tercio hasta un 50% de su repertorio y casi un cuarto hasta un 75% de su repertorio. Un gran cambio. Pero un cambio que va más allá, porque no se trata de contar cuentos tradicionales sin más, sino que en los últimos años las y los cuentistas están empezando a manejar los Catálogos tipológicos de cuentos folklóricos para dar con las mejores versiones de los cuentos que quieren incluir en su repertorio.
Porque contar cuentos es muchas cosas más que sólo contar: es una manera de emocionarnos juntos, de transmitir conocimientos, de imaginar posibilidades, de entretenernos, de dialogar, de soñar en grupo, de crecer como personas… Porque un buen cuento bien contado acaba siendo un viaje inolvidable para quien escucha, uno de esos viajes de los que nunca se regresa igual que se partió.
La conciencia de contar
Por todo esto quienes contamos cuentos somos conscientes de la importancia del hecho narrativo en sí y de la necesidad de las buenas historias bien contadas. Y si alguien, después de escuchar una buena historia bien contada quiere reflexionar, dialogar, trabajar cuestiones que esta le susciten, adelante; pero quienes contamos tenemos que ser conscientes que es fundamental llevar buenos textos a la boca y, sobre todo, que siempre ha de valorarse primero la calidad literaria, el espesor simbólico, de los cuentos que vamos a narrar, más allá de su utilidad como recurso para tal o cual cosa.
Todavía hoy, en tiempos de velocidad, letra impresa y tecnología, para muchos niños y niñas el primer acercamiento a una propuesta artística se hace a través de la palabra dicha. Sólo por esto ya estaría justificada la necesidad de seguir centrando todos los esfuerzos del colectivo de cuentistas en el hecho narrativo en sí, en la formación de los profesionales, en la reflexión conjunta, en la búsqueda de buenas historias y en el trabajo para dar con la mejor manera de contarlas. Porque los buenos cuentos bien contados alimentan el gusto por las historias y también por cómo se cuentan las historias, y eso implica educar el criterio artístico y literario desde edades tempranas.
Pero es que la narración oral sigue presente en nuestro día a día, porque, como ya dijimos antes, contar y escuchar forma parte de nuestra esencia: contar cuentos es algo muy viejo, pero también algo muy nuevo, algo que traemos de serie pero también que aprendemos en cada generación, en cada individuo, en cada historia narrada. Por eso contar y escuchar cuentos es una manera continuada a lo largo de toda la vida de educar el criterio literario de quienes escuchan.
Necesitamos seguir narrando y escuchando historias maravillosas, complejas, exigentes y con espesor literario, historias que nos interpelen, que nos sorprendan y, en ocasiones, nos golpeen, historias que nos atraviesen y dejen su huella, historias divertidas, emocionantes, delicadas… y, en cualquier caso, siempre, historias memorables.
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Llegó la escritura
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Pep Bruno, [vídeo] “De viva voz”, charla TEDxAlcarriaSt (febrero 2022)
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Narración oral y animación a la lectura
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Estrella Ortiz, Contar con los cuentos, Palabras del Candil
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La conciencia del oficio
Pablo Albo, “¿Y si contar cuentos no animara a leer?”, en Revista N. Narradors i narració, n.º 11, 2005
Pep Bruno, "Catálogo tipológico del cuento folklórico español/hispánico", en la web de pepbruno.com
–––––, "Asociaciones de narradores y narradoras", ficha en la web de pepbruno.com
–––––, "¿Qué cuentan los narradores y narradoras contemporáneos?", ficha en la web de pepbruno.com
Webs de interés: narracionoral.es / pepbruno.com / tierraoral.com / https://homonarrans.net
La conciencia de contar
Andrés Montero, Por qué contar cuentos en el siglo XXI, Palabras del Candil
Gustavo Martín Garzo, Una casa de palabras, Océano Travesía
–––––, Elogio de la fragilidad, Galaxia Gutenberg
James Wood, Lo más parecido a la vida, Taurus
Jerome Bruner, La educación, puerta de la cultura, Antonio Machado Libros
Magda Labarga, Y todo por nada, Palabras del Candil
Paula Carballeira, Y seguiremos contando, Palabras del Candil
Pepito Mateo, El narrador oral y el imaginario, Palabras del Candil









