Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

[Artículo publicado originalmente en la web de AEDA el 15 de julio de 2019

Este largo artículo pretende reflexionar sobre narración oral y compromiso. Cuenta para ello con dos partes diferenciadas: en primer lugar hay una introducción (preámbulo) con reflexiones sobre el tema objeto de análisis, introducción realizada por quien firma este artículo; y a continuación se pueden leer las respuestas a unas preguntas que enviamos a tres narradoras que han sufrido algún tipo de veto por su palabra comprometida. Ellas son Paula Carballeira, Clara Sáenz y Ana Griott.

 

PREÁMBULO

El arte es una forma de expresión, es la manera como el artista manifiesta sus sentimientos, sus intuiciones, sus ideas, etc.; es, en suma, la manera como se relaciona con los otros y con el mundo. Obviamente esto es una simplificación de un tema mucho más complejo, pues, para empezar, el propio concepto de arte ha ido cambiando con los tiempos: no era lo mismo para Aristóteles (arte como imitación) que para Schopenhauer (arte como conocimiento); no era lo mismo el arte en la Edad Media (con un paralelismo entre la estética y la ética) que en el Romanticismo (donde busca ser la expresión de las emociones del artista, rompiendo con esa voluntad utilitarista medieval). 

Además de todo esto habría que considerar otras cuestiones, porque sí, el arte es una forma de expresión del artista, pero también del cliente, el que encarga y paga la obra (como tan bien me señaló Manuel Légolas en una conversación sobre este tema), como ha ocurrido durante siglos con las obras de arte encargadas por la Iglesia, por ejemplo.

 

Y además el arte es también lo que el espectador percibe y quiere ver. Porque si estamos de acuerdo en que el arte es una manera de expresión, en esa fórmula de la comunicación hay varios elementos en liza: el artista, la obra y el público (además de otros como el programador, el crítico, etc.).

 

Lo que sí parece claro es que arte es algo que hace el artista (alguien que tiene una sensibilidad especial para ver y contar el mundo), y el artista, al ser una persona, no puede trabajar desde un lugar neutro: somos nosotros y nuestras circunstancias. Vamos cargados con nuestra mochila de ideas, ideologías, experiencias, pensamientos… y es desde este punto de vista desde el que podemos decir que el ser humano siempre está comprometido. Y en el supuesto de que alguien no lo estuviera, no estarlo sería per sé otra manera de compromiso. 

Ocurre además, abundando en este asunto del compromiso, que en mi opinión en el ámbito de la narración oral la cosa se complica, y eso es así porque los cuentistas no somos actores, no tenemos guiones de texto que se puedan enviar a quienes nos contratan para que puedan decidir si eso que vamos a decir les parece bien o les parece mal. Es más, quienes cuentan cuentos construyen el discurso en el preciso instante en el que cuentan, con todos los riesgos que eso podría suponer. De hecho puede ocurrir que en funciones “abiertas” incluso no sepamos ni siquiera con exactitud los cuentos que vamos a contar.

Por eso un cuentista comprometido puede decir y contar cosas que no estaban previstas antes de subir a escena. 

 

Estar comprometido en el ámbito de la narración oral puede afectar a muchos y muy diversos aspectos, en realidad afecta a todos los aspectos en los que haya que tomar una decisión, desde cosas tan aparentemente nimias como el vocabulario utilizado a otras más complejas como el estilo del narrador, los silencios, la gestualidad, el vestuario, la selección de los cuentos, las variantes elegidas de los cuentos, las enseñanzas (más o menos explícitas) de los cuentos elegidos, los fragmentos del discurso contextuales incorporados a la narración, etc. 

Si bien es cierto que algunas de estas cuestiones pueden ser anticipadas a la función (por ejemplo la selección de cuentos que vamos a contar), puede ocurrir que esta previsión se cambie en el momento en el que estamos frente al público (pues no olvidemos que el narrador profesional, habitualmente, cuenta con un repertorio amplio). Y además es también cierto que hay muchas de estas cuestiones que no pueden ser previstas con antelación, porque son parte del hecho narrador, de eso que sucede en ese contexto, en ese preciso instante en el que se está contando un cuento a ese público concreto.

A todo esto habría que sumar también el uso comprometido del arte de contar. Y me refiero no tanto ya al trabajo de un narrador o narradora en concreto, sino a la decisión de contar, por ejemplo, como medida de protesta (frente a las puertas de un teatro injustamente cerrado) o como forma de apoyar una causa (como el soterramiento de unas vías de un tren) o una ideología (como una corriente política).

Así pues, atendiendo a estas diferentes posibilidades, habría, en mi opinión, tres niveles distintos (que no incompatibles) de compromiso a la hora de contar cuentos: 

  • Compromiso en la propuesta. En este caso estaríamos hablando de espectáculos pensados y creados con una voluntad de compromiso. No se trataría exactamente de esos espectáculos por encargo (cuentos para el día de…, o cuentos porque toca hablar de tal o cual tema), sino más bien de propuestas que partieran del propio artista. Hay, en mi opinión, en este tipo de espectáculos, un riesgo importante: se corre el peligro de pasar de ser una propuesta artística a una soflama (cargando las tintas sobre lo didáctico y perdiendo el valor artístico en cuestiones como la belleza, el disfrute, etc.). Algún ejemplo de este tipo podría ser una función de cuentos que pretende sensibilizar sobre ecología, igualdad, etc. 
  • Compromiso en la realización. Al carecer de guion y elaborar el discurso (en el sentido de texto oral) en el mismo instante de la narración el narrador se expone si su palabra es honesta, pues narra desde su verdad. Y al contar desde lo que uno es, se muestra y, por lo tanto, muestra lo que piensa. En este sentido considero muy interesante realizar un análisis desde la Teoría de los desdobles, en la que se diferencia entre persona – cuentista – narrador, los tres están en escena pero cada uno cumple su función, y en este caso el cuentista es el que ha de velar para que el narrador no se separe de la trama del cuento (al menos no hasta el punto de dejarlo a un lado o, directamente, de servirse de él para otras cosas) y se adentre en las reflexiones, comentarios, soflamas, arengas… en las que se muestra lo que piensa y es la persona. Acaso sea inevitable que en escena proyectemos parte de lo que somos y pensamos, pero el cuentista ha de velar tanto por el buen desarrollo del cuento y como por lo que queremos mostrar (o no mostrar) de la persona que cuenta. Un ejemplo de este tipo de compromiso en la realización, más contextual, son los momentos de diálogo escénico o los comentarios que podemos ir haciendo de lo que sucede en la historia que se cuenta.
  • Compromiso en la programación. Creo que este es el tipo más evidente y hace referencia a la programación realizada con una voluntad de compromiso: contar cuentos como medida de protesta por el cierre de un teatro o de un palacio, o por el no soterramiento de una vía de tren, o por la celebración del día de los trabajadores y las trabajadoras, etc.

Por no hablar de otros tipos de compromiso que nos afectan: compromiso personal (externo a la propuesta artística) como presentarse a unas elecciones o denunciar un problema y que eso te afecte laboralmente y como artista. O compromiso con el colectivo de narradores: asumiendo unos principios éticos, cuidando calidades, espacios, públicos, cachés…

 

CUENTISTAS Y COMPROMISO

Para ahondar en todas estas cuestiones envié algunas preguntas a tres narradoras que habían sufrido algún tipo de veto o represalia por su palabra comprometida. Os dejo con Paula Carballeira, Clara Sáenz y Ana Griott,

 

¿Por qué comprometerse?, ¿por qué comprometer nuestro arte?

Paula Carballeira. En mi opinión, resulta muy difícil no comprometerse. Desde el momento en que optamos por realizar cualquier actividad artística, destinada a un público, ya estamos comprometiéndonos a exponer nuestro cuerpo, nuestra voz, nuestra imaginación, nuestro pequeño universo de creación. Para mí, la narración oral es el grado esencial del compromiso. La responsabilidad que conlleva tomar la palabra delante de otras personas me induce a sopesar muy bien lo que voy a contar y cómo lo voy a contar. Al narrar transmites siempre un mensaje que debe partir de tus propias inquietudes, de la necesidad de conmover, es decir, de tocar las emociones. Si no existe un compromiso con esa elaboración artística de transmitir, caemos en lo superficial, en lo tópico, y no llegamos a la verdadera conmoción. Comprometer nuestro arte significa honestidad y sinceridad, cualidades imprescindibles para conseguir la verdad de la ficción y que esa verdad nos haga reflexionar, nos amplíe horizontes y nos permita ser algo más libres.

Clara Sáenz. ¿Comprometer nuestro arte?, pienso que el arte es compromiso, el trabajo que hacemos es artesano y forma parte de nosotros por lo que tiene de personal. Entiendo las decisiones personales como política, a veces a pequeña escala y a veces más grande. El hecho de ser narradores nos situa en un momento (el momento de la narración) en el foco de atención y la decisión de contar uno u otro cuento ya nos compromete con las personas que tenemos delante y con nuestra sesión. No es un trabajo de equipo donde hay un director, un productor, un guionista y la responsabilidad quede diluida. Somos todos ellos en uno, y el resultado es nuestra responsabilidad. Y bueno, yo personalmente en algunas sesiones y en algunos momentos decido comprometerme.

Ana Griott. Hace no mucho, mientras hacía una factura electrónica y despotricaba sobre la cantidad de gente que se queda fuera por esta nueva brecha, que ya es un abismo: la llamada “brecha informática”. Mi hijo me dijo: “Mamá, no hagas la factura y denuncia la injusticia. Si vosotras, las narradoras, las que sabéis de palabras, no levantáis la voz, ¿quién lo hará?”. No hice la factura, argumentando mis razones, y elevé una reclamación al Defensor del pueblo. Dos años más tarde, el Defensor me dio la razón, pero con la coletilla de que nada podía hacer para revocar una decisión administrativa, aunque no fuera del todo conforme con la ley. Tres años más tarde hice la factura para poder cobrar. ¿Fue un fracaso? No. Porque mi hijo aprendió que, cuando uno considera una causa justa, debe luchar, aunque desde el principio sepa que la causa va abocada al fracaso. ¿Por qué comprometerse? Porque nosotros estamos entrenados en el uso de la palabra, y ocupamos espacios públicos, y si nosotros no alzamos la voz para clamar contra lo que consideramos injusto, ¿quién lo va a hacer? Tomar la palabra siempre es un acto político (que acontece en la pólis) y social, porque contamos con la gente, por ello, además, ha de ser comprometido con la sociedad, con el contexto en que el narrador desempeña su oficio.

 

¿El compromiso afecta a tu propuesta artística?

Paula Carballeira. El compromiso siempre afecta a mi propuesta artística. Me comprometo con las historias que elijo, con mi perspectiva, con cómo narro y, por supuesto, con el público. Soy consciente de que cuantas menos experiencias vitales tiene mi público (público infantil), más importancia cobra la visión del mundo que ofrecen los cuentos, su función de guía y su capacidad de cuestionamiento. Desde el momento en el que la protagonista de la historia es una mujer, o que la perspectiva de género está tratada con especial atención, ya manifiestas un cierto grado de compromiso. De igual manera que al huir de los maniqueísmos fáciles o al tratar el abuso de poder. Por otro lado, la imagen que ofreces al público te compromete también con una determinada manera de entender la moda o el oficio. En mi caso, opto por que el compromiso me afecte para bien, para seguir aprendiendo.

Clara Sáenz. Depende. En los útimos años he sido especialmente activa socialmente y dejaron de programarme en algunas  bibliotecas y personas que contaban conmigo dejaron de hacerlo para no verse comprometidas. Por el contrario otros municipios comenzaron a contactarme porque me habían visto en tal u otro lugar contando o en la programación. Y también, por decisión propia, decidí no ir a contar cuentos a una fundación cuando me enteré dónde era y quienes eran, me sentí en la obligación de explicarles las razones por las que no participaría en su acto.

Ana Griott. Siempre afecta, aunque el narrador no sea muy consciente. Elegimos los cuentos porque nos tocan, porque con ellos queremos contar algo que consideramos importante, porque con ellos nos contamos. Preparamos los cuentos buscando los recursos que más convienen para comunicar ese mensaje, para mostrarnos. Actuamos los cuentos (‘actuar’ en el sentido de poner en acción lo que hasta entonces solo era potencia, posibilidad) teniendo en cuenta cuál es el contexto social en que se desarrolla nuestro oficio porque, como decía, contar es un acto de comunicación y, si obviamos el contexto, la comunicación no se produce o se produce de una manera más pobre. Pero con esto no digo que haya que hablar de los resultados electorales cada vez que cuentas un cuento. A veces callar, también es una manera de decir, porque en un relato significa lo que se dice pero también lo que se calla, eso que llamamos subtexto, lo que subyace a lo que se dice. Y aunque uno no sea muy consciente, ahí está, significando. 

 

¿El compromiso afecta a tu trabajo? 

Paula Carballeira. Mi objetivo principal no es conseguir más cantidad de trabajo, sino más calidad en mi trabajo, según yo entiendo este concepto, que es, como decía, ir aprendiendo a través de la escucha, tanto del público como de mi evolución personal, íntimamente ligada con mi evolución artística. Creo que este compromiso con el trabajo acaba por dar sus frutos, sobre todo cuando se percibe la honestidad y la sinceridad que comentaba en las propuestas y en la búsqueda de la calidad que asegure un resultado satisfactorio en las sesiones.

Por lo tanto, el compromiso sí afecta a mi trabajo, que es mi propuesta artística.

A lo largo de mi trayectoria profesional, he sido vetada en algunos lugares porque a las personas responsables de las programaciones culturales no les parecían apropiados los contenidos de mis historias: el controvertido tema de la muerte en sesiones para público infantil, por ejemplo, o el “no a la guerra”; o mi vestuario: después de la catástrofe ecológica del “Prestige” utilizaba una camiseta donde se leía “Nunca Máis”, cuando todavía era un movimiento popular de protesta que intentaba llamar la atención para que no ocurriesen “nunca más” catástrofes parecidas. La sociedad en la que quiero vivir y que vivan mis seres queridos no defendería el odio, ni la guerra, ni la discriminación, ni el petróleo en el mar; pero, independientemente de mis ideas políticas, intento abrir caminos en mis sesiones, no cerrarlos, ni circunscribirlos a ningún partido. Una vez más, considero fundamental el respeto al público y a su libertad de pensamiento, tenga la edad que tenga, pero resultaría hipócrita por mi parte renunciar a mi compromiso con la sociedad a la que pertenezco.

Clara Sáenz. Sí, como te he comentado en la pregunta anterior.

Ana Griott. Afecta. En una biblioteca escuche que cada vez había menos dinero para narración oral porque los narradores no tenemos (o no deberíamos tener) texto y por eso es más difícil controlar qué vamos a decir. En este mundo del control de lo discursivo, hasta el Instituto de la mujer controla (haciendo gala de modos patriarcales) lo que dices para que tu discurso no difiera del discurso que se le supone a la institución. Se imponen repertorios, se segrega por motivos de género, o se excluye a narradoras y narradores que no permitimos la censura ni en nuestro discurso ni en nuestro repertorio. No quieren problemas, somos una diversión, un entretenimiento más, no un revulsivo ni un acicate para el espíritu crítico. Allá las que se dejan, allá los que se dejan, por dinero. Todos sabemos cómo se le llama a esto.

Una vez me vetaron en Alpedrete (Madrid). La alcaldesa espiaba, escondida detrás de un coche, quiénes participábamos en la fiesta del 15M, y allí estaba yo. Al día siguiente me cancelaron todas las funciones del siguiente trimestre. Yo pensé que la razón era presupuestaria, pero no, en mi lugar pusieron a otra narradora. Así que lo divulgué en redes (si te censuran, que se sepa) y recibí la solidaridad de compañeros de todo el mundo: la asociación de narradores de Argentina y México enviaron comunicados condenando la censura de la narradora. Hasta en un pleno municipal se habló de ello. Hice una función protesta a la puerta de la biblioteca porque, aunque nos cierren los espacios municipales, o los teatros, siempre nos queda la calle, la plaza, el paseo. Y allí nadie nos puede callar. Se llenó la plaza: vinieron 300 personas, y fue maravilloso. No me volvieron a contratar y en algunas bibliotecas de Madrid tampoco me contrataron ese año: nadie quiere problemas, ni gente que no calla y baja los ojos cuando se comete una injusticia. Ese es a veces el precio que hay que pagar por eso que se llama “coherencia”, y que está en la base de eso que llamamos “compromiso”.

 

¿Piensas que el narrador, la narradora, por la particularidad de su propuesta artística, es especialmente vulnerable en esta cuestión de arte y compromiso?

Paula Carballeira. Cualquier persona que realice una actividad artística es vulnerable. De ahí su grandeza y su enorme importancia. Cuando narramos historias, la propia selección de nuestro repertorio, de las palabras que empleamos para contarlas, de las inflexiones de voz y la gestualidad con que las revestimos, implican un compromiso.

Sería cobarde renunciar a él por comodidad o ambición, según yo creo. El poder de la persona que cuenta radica en su manera directa de conectar con la emoción del público, en su proximidad.

Quizás tengamos una mayor vulnerabilidad por eso. Sin embargo, no quiero olvidar que en algún momento se nos ha otorgado el privilegio de ponernos delante de un auditorio, que se nos aplaude por ello y se escucha lo que decimos con deleite, porque también trabajamos en busca de la belleza.

No concibo arte sin compromiso, sea cual sea, conceptual o estético. 

Clara Sáenz. Yo creo que no es el oficio de narradores lo que nos expone o nos hace vulnerables por no tener un texto fijado, si no que somos las personas que narramos las que decidimos hasta dónde nos exponemos y hasta dónde nos mostramos. En ocasiones si no somos transparentes en lo que hacemos o sentimos en una sesión, queda forzado y transmitimos incomodidad que, por supuesto, el público percibe. ¿Eso nos hace peores narradores?, tal vez, por eso debemos ser conscientes de hasta dónde queremos exponernos y comprometernos. Conocernos y saber dónde y con quien nos metemos a contar.

Ana Griott. Creo que ya está respondido en las preguntas anteriores.

 

¿Hay alguna otra cosa al respecto que quieras comentar?

Ana Griott. Mi querido Pep, yo creo que el compromiso es mucho más que una posición con respecto a lo social, es decir, es mucho más que el compromiso político, entendido ‘político’ en su acepción más próxima a la etimología griega: ‘quien vive y se preocupa por la pólis, la ciudad’. El compromiso es también para con uno mismo, este es el compromiso del narrador consigo y con su oficio, y aquí habría que preguntarse ¿estamos contando lo que queremos contar o solo para conseguir aplausos/dinero/fama? Este compromiso tiene que ver con el respeto a uno mismo, con la verdad del narrador, y no quiero decir que solo podamos contar como confesión, sino que, cuando uno cuenta, debe poner su piel en juego, ofrecer su pálpito, su corazón, asumir el precipicio que significa que tus palabras no lleguen, que no te quieran. Este compromiso exige que el escenario donde te subes no te coloque en un plano de superioridad con respecto al interlocutor. Exige no hacer del espacio escénico una tarima. Humildad y honradez serían las cualidades necesarias para sostener este compromiso. 

Pero hay otro compromiso, que es el compromiso con el oficio, con el arte, con el compañero que también cuenta, y es el respeto por el que te antecede o te sigue, en el escenario o en la historia de la narración, del oficio de narrar. No comerse el tiempo del otro, no devorar o menospreciar al otro, no usar el cuento como soporte para el chiste son las acciones o no-acciones que incluyen este compromiso. 

Y como no hay dos sin tres, también podríamos hablar del compromiso con el interlocutor, con el público, y tiene que ver con ofrecer la mejor versión de ti y de tu trabajo, porque quien se para y escucha todo lo merece. 

Aunque como bien sabes, contar es un acto de comunicación, y por ello también podríamos hablar de un compromiso con lo que se dice, con lo que se narra: el respeto al cuento, a la historia, a los personajes que pululan en la materia sonora que es la voz. 

Hay, pues, un compromiso con el emisor, con el receptor, con el código, con el canal, con el mensaje, y aquí viene donde se situaría el compromiso social: el compromiso con el contexto social, porque el contexto de la ejecución, el contexto performativo es otro asunto.

Clara Sáenz. Te cuento brevemente sobre los tres tipos de compromiso que comentas en la introducción al artículo, Pep, según mi propia experiencia. 

Por ejemplo, del compromiso con la propuesta depende mucho del momento. Si es una imposición por parte del programador, por el día de.., o con motivo de algo. A veces rechazo la sesión si eso me obliga a anteponer un tema concreto, a veces tengo un cuento que se ajusta y me dicen que es que desean que toda la sesión sea sobre ese tema, En ese caso rechazo la sesión por que a veces siento que quieren rellenar una casilla, o cumplir un calendario en plan: toca feminismo, toca infancia, toca discapacidad. Tampoco soy de preparar sesiones sobre un tema pensando en venderlas para el día conmemorativo de algo. Me tiene que salir de dentro.

Del compromiso en la realización, bueno, pues lo he hecho poniéndome una camiseta sobre la escuela pública, o sobre el canon para bibliotecas, o sobre algun tema que me preocupara o me representrara en un espacio concreto.  Metiendo frases en personajes que venían a cuento, usando alguna muletilla conocida por todos, recuerdo un cuento en el que los protagonistas decían todo tipo de eslóganes y frases del 15-M, a veces como punto de humor en la narración o usadas para definir un momento o personaje. O contar cuentos con mi bebé colgado e iniciando la sesión con un "gracias por permitirme que concilie trabajo y crianza, porque como bien sabéis muchas de vosotras, no siempre es posible"

Y, por último, contar como medida de protesta. Diría que es lo que más he hecho. Conseguir juntar a un grupo de personas en una protesta social y contar un cuento relacionado con la protesta. En Murcia los últimos dos años hemos vivido situaciones muy tensas respecto al soterramiento de las vías del tren, y la construcción de un muro que partía la ciudad en dos y dejaba a un lado a 30.000 personas. Se convocó una acampada que duró meses y estuve en numerosas ocasiones contando allí, en solitario y con otras personas (profesionales, artistas y personas que se acercaban a participar). También respecto al cierre de un pabellón cultural del barrio donde vivo. A fecha de hoy soy una reconocida activista de barrio en mi ciudad y sobre todo en mi barrio (26.000 habitantes). Hace poco después de presentar un proyecto al salir del despacho me quedé saludando a alguien en un pasillo y oí como decían: esta es una activista de PODEMOS, y no lo soy. Soy activista a pie de barrio. Seguramente mis demandas y mis reclamaciones van en la línea de determinadas ideologías y colores políticos a favor de la apuesta pública por la cultura y la educación y es más fácil poner etiquetas.

 

contarloquesomos

Pep Bruno
Con la generosa colaboración de Paula Carballeira, Clara Sáenz y Ana Griott
y la ayuda de Manuel Légolas

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