Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

[texto rescatado del blog tierraoral.com

Desde que leí este artículo en El País (es del 10 de agosto) no me he podido quitar de la cabeza algo que comenta Javier Guzmán, el autor, a partir del estudio realizado y que muestra el pobre nivel de expresión oral en este tiempo. Cita el periodista a Ramón Massó, experto en comunicación, que ha acuñado el término de Cultura light (la que vivimos/padecemos actualmente) y en la que la comunicación se basa en tres pilares, y cito textualmente: "tres axiomas de la vida actual: Espectáculo (divertirse hasta morir), Moda (lo nuevo es bueno por ser nuevo) y Levedad (o se entiende a la primera o no funciona)."

Como digo, desde entonces no me puedo quitar esto de la cabeza porque, así visto, es fácil entender que contar cuentos (y sobre todo cuentos de la tradición oral) hoy es un acto de pura resistencia, de pura rebeldía, porque los cuentos no encajan en ese planteamiento. Veámoslo con más detalle.

 

Espectáculo. Es verdad que los cuentos han salido del círculo alrededor del fuego para subirse a escena y, por lo tanto, se han sumado al catálogo de actividades y espectáculos culturales. Pero también es verdad que este oficio artístico sólo funciona si continúa manteniendo los elementos esenciales que durante miles de años han hecho del cuento contado un diálogo entre cuento, narrador y público. Es verdad que existen cuentos de humor, pero son una minoría con respecto al total del catálogo de cuentos universal. Es verdad que a los narradores nos gusta que el público ría cuando contamos, pero igualmente nos gusta que se emocione, que disfrute de la catarsis de una buena historia, que se conmueva...

Entiende uno también que quizás motivado por esta tendencia el cuento vaya desplazándose en algunos casos de su lugar natural al de los monólogos standup de humor (en muchos casos textos hueros que ocupan el espacio que naturalmente le corresponde a la palabra dicha). Por eso contar cuentos y resistir al embate de "la risa hasta morir" es un acto de resistencia, una manera de preservar la palabra honda que tanto alimento nos ha dado y nos da. En este sentido me encanta el título de un artículo del que me habló Alberto García: "El cuento se muere de risa". Como no tengamos cuidado eso puede ocurrir, y lo que es peor, podemos estar matándolo nosotros.

Y ojo: no quiero decir que sólo haya que contar cuentos serios y dramáticos, hablo de la necesidad de que todo esté al servicio del cuento (el humor también) y no a la inversa.

 

Moda. En este sentido parece que el cuento ha encontrado el preciso, justo, equilibro: viejos cuentos renovados cada vez que se cuentan. La precisa tensión entre el inmovilismo y lo totalmente nuevo se da en la narración de cuentos tradicionales donde pervive la esencia de las viejas historias arropadas por las palabras frescas, nuevas, vivas, de los narradores orales contemporáneos.
Quienes contamos cuentos a nuestros hijos sabemos que hay momentos (y no pocos) en los que ellos demandan una y otra vez el mismo cuento. No hay nada más contrario a este concepto de moda (lo nuevo es bueno por ser nuevo).

Es verdad que gusta ir actualizando y ampliando repertorios (porque al fin y al cabo vivimos y trabajamos en una sociedad de mercado que se mueve por este axioma), pero también es verdad que no son pocas las ocasiones los viejos cuentos que nos acompañan desde hace años se abren paso por entraña y garganta hasta llegar al público. Y el público agradece volver a escucharlos.

Reconozcámoslo: nos gusta contar y escuchar de nuevo los cuentos que ya conocemos, es como visitar a un viejo amigo. Y eso hoy en día es también un acto contrario a la Cultura light en la que andamos inmersos, no dejemos de hacerlo pues.

 

Levedad. En este punto el cuento tradicional es donde muestra su músculo. No hay ninguno, por muy sencillo que parezca, que no esconda bajo su ropaje de palabras significados profundos y de honda resonancia en nuestras almas. Los cuentos se escuchan y se vivencian, se cuentan igual que se cuentan los recuerdos, y es que se manejan estructuras y recursos idénticos a los de los recuerdos: es como si el cuento fuera algo vivencial para quien cuenta (que de hecho lo es). En este sentidos más que ganarse uno la vida contando cuentos: se deja uno la vida en ellos. Y eso, por simple cuestión de dignidad, no permite que sea algo somero o baladí o leve.

El público que ha escuchado el cuento se queda con él y, una vez dentro, la historia va trabajando en niveles más profundos. El cuento nos ha acompañado desde que somos seres humanos, nos ha alimentado de ficción y nos ha ayudado a comprender y comprendernos. Quizás por eso naturalmente aceptamos y disfrutamos de los cuentos contados: porque son algo nuestro, hondo.
El cuento no permite lo fugaz y somero, precisa una actitud consciente y activa del narrador, es evidente, pero, sobre todo exige una actitud consciente y activa del público. Es por eso que hay espacios donde no es posible contar cuentos (entendámonos, sí es posible, pero inútil), porque son espacios que no permiten que el público pueda tener esa actitud responsable, activa, de escucha y diálogo.

No, los cuentos no encajan en la levedad (o se entiende a la primera o no funciona), porque en los cuentos no pasa nada por no entender a la primera, porque el cuento llega para quedarse y habitarnos y alimentarnos durante largo tiempo (si no todo el tiempo).

 

Así pues hoy más que nunca contar y escuchar cuentos es un puro acto de resistencia ante esta Cultura light que nos atenaza.

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