Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

Conferencia impartida por Pep Bruno el 1 de julio de 2019 dentro del programa del Curso de verano de la UNED "Narración oral: encrucijadas de un oficio (casi) invisible".

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ALGUNAS CUESTIONES SOBRE EL OFICIO DE CONTAR CUENTOS

 

[PRIMERA PARTE]

¿Qué significa ser profesional?

Según el DRAE en su segunda acepción profesión es el “empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución.” Por lo tanto, el profesional (y volviendo al DRAE), sería aquel o aquella: Que ejerce una profesión. / Que practica habitualmente una actividad de la cual vive. / Que ejerce su profesión con capacidad y aplicación relevantes. 

Por todo lo anteriormente dicho podemos decir que el profesional es una persona que realiza habitualmente una actividad con capacidad y aplicación relevantes por la que percibe una retribución que le permite vivir (de su trabajo).

En una profesión es habitual que: 

–El profesional reciba formación previa para realizar esa actividad 

–El profesional trabaje a cambio de un salario.

–El profesional ocupe un rol dentro de la sociedad y, por lo tanto, haga también su aporte a esta (con su actividad y con el pago de sus impuestos).

–En toda profesión suela existir una regulación o autorregulación legal (colegios profesionales, sindicatos, gremios, marcos laborales…).

–En toda profesión suela existir una serie de normas éticas o código deontológico.

 

¿Y en el caso de los profesionales en oficios artísticos?

Me atrevería a decir que en la mochila del profesional artístico debería haber, además de: 

–(1) los conocimientos básicos, que abarcan desde la historia del oficio, sus diversas corrientes, su situación actual… hasta los conocimientos fundamentales para ejercer su oficio (en el caso del cuento contado, por ejemplo: tipos de cuentos, ATU, centros de interés de los públicos, espacios de narración… pero también cuestiones legales, cesto deontológico, etc.) 

–y (2) el dominio de las técnicas propias y rudimentos básicos para el buen desarrollo de la actividad artística, 

otros aspectos como 

–(3) la sensibilidad artística: una mirada propia y una manera de expresarla (belleza, harmonía, estilo, etc.).

–y (4) habitar en una búsqueda continua.

 

¿Y en el caso de la narración oral? Cinco encrucijadas.

En el caso de la narración oral hemos de incluir una cuestión que, siendo en sí muy positiva para el hecho de narrar, puede resultar una encrucijada para el oficio de contar. Se trata de (1) la generalización de la habilidad, es decir: todo el mundo puede contar, de hecho todo el mundo cuenta pues, el ser humano es, esencialmente, un ser narrativo. Así las cosas se puede afirmar que contar resulta algo aparentemente sencillo (no confundir sencillo con simple), algo fácil, cuando se percibe que todo el mundo puede hacerlo; percepción que, en muchos casos, se generaliza y, a causa de esto, no parece comprenderse que contar de manera profesional en un contexto escénico ante un público diverso es algo distinto (y más complejo, y muy frágil). 

Veamos el caso de otras actividades (artísticas o no): todo el mundo puede bailar o jugar al fútbol o tratar de arreglar un grifo que gotea… sin embargo, incluso cuando se nos diera bien, no a todos se nos ocurriría subir a un escenario a bailar, o a un campo de fútbol profesional a jugar, o publicitarnos como fontaneros por haber visto un par de tutoriales en la web. Al menos no lo haríamos sin recorrer una trayectoria previa (que incluiría conocimientos, adquisición de la técnica, etc.). En general parece claro que existe una separación entre profesionales de un oficio y aficionados a una actividad, pero me atrevería a decir que en el ámbito de la narración oral esta separación es todavía lábil.

A esta primera encrucijada esencial hemos de añadir las tres que citó el profesor y estudioso Juan José Prat Ferrer en la conferencia inaugural de la III Escuela de verano de AEDA titulada El oficio de contar

–(2) Arte antiguo/Arte nuevo. Por un lado, la narración oral es un arte antiguo, vinculado al origen del lenguaje y al nacimiento del ser humano (autoconsciencia, ficcionalización); pero por otro es también un arte nuevo, un oficio incipiente en busca de su lugar en estos tiempos y en esta sociedad (neonarración, narración urbana). Me atrevería a decir que, en la actualidad, se da un desconocimiento generalizado sobre qué es esta disciplina artística, de donde se derivaría una percepción social de quienes nos dedicamos al cuento contado bastante confusa o, directamente, inexistente. Bien es verdad que ayuda muy poco ser un colectivo tan pequeño y moverse por circuitos propios.

Un ejemplo sobre el tema del desconocimiento o confusión sobre el oficio de contar es la extendida idea de que esto es algo para la infancia. Otro podría ser la diversidad de maneras de llamar a quienes hacemos esto que hacemos, básicamente: cuentista, cuentacuentos, cuentero, narrador oral, contador de historias… La no fijación del término indica esta deriva; o la fijación incompleta, por ejemplo en el DRAE el término “cuentacuentos” se define como “persona que narra cuentos en público” aun cuando se utiliza habitualmente como designación de la actividad “vamos a un cuentacuentos”, acepción que no existe en el DRAE. Otro ejemplo podría ser lo connotado de palabras como “cuento” que, en algunos espacios escénicos (de hecho, en los pocos teatros en los que se programa), se elude ese término y se utilizan otros como: monólogos, historias, relatos, etc. Sí, el cuento connotado como algo “infantil” en su peor acepción, infantil como “cualquier cosa vale”.

–(3) Popular/Culto. Por otro lado, tradicionalmente, existía una dicotomía entre lo popular y lo culto. La narración oral en las cortes y en otros espacios de prestigio (educativo, social, cultural) frente a la narración oral popular de las clases bajas. En ambos casos, había profesionales que contaban para sus públicos, aunque eran profesionales diferenciados. 

Creo que esta dicotomía, en la actualidad, no existe. Se percibe la narración oral como algo más bien popular (o, insisto, directamente infantil). Pienso más bien que en la actualidad esta dicotomía se daría (o, más bien se debería dar) entre lo profesional y lo popular. Y vista desde esa perspectiva esta encrucijada resulta especialmente evidente (o debería resultar más evidente) en los espacios en los que profesional/popular conviven, en grandes eventos sociales como los maratones de cuentos. (De esto hablo con más detalle más adelante.)

–(4) Recurso generalizado/Arte especializada. La mirada instrumental sobre la narración oral que hace de esta un recurso en sí es algo que existe también desde el origen de los tiempos (y que, en la actualidad, ha hecho de la narración oral como la actividad estrella de la animación a la lectura y su consecuente resurgimiento). Y esta mirada convive con quienes ven en la narración oral una propuesta artística en sí.

Esta encrucijada adquiere gran relevancia, además, en estos tiempos en los que lo políticamente correcto, la censura horizontal, la ideología… parecen impregnar cualquier actividad artística y se sirven de ella para sus propios fines. Incidir en el peso del mensaje y de la carga ideológica acaba por desdibujar la experiencia del cuento contado: refuerza el sentido literal, anula lo polisémico y vacía el contenido simbólico. Y, sobre todo, aleja la posibilidad de sentir (y de identificarte, de verte reflejado, a partir de la experiencia del cuento contado).

Y, a estas encrucijadas señaladas por el profesor Prat Ferrer, me atrevería a añadir otra problemática propia: (5) la poca claridad en cuestiones legales o éticas para la profesión.

 

¿Pero de verdad hay tanta confusión? Contar cuentos.

Por ir desbrozando este campo. Veamos qué se dice al respecto en el Preámbulo a los Estatutos de AEDA, la asociación de profesionales de la narración oral en España (el texto, por cierto, es de Pablo Albo) sobre qué es la narración oral: 

“Se entiende por narración oral la disciplina artística que se ocupa del acto de contar de viva voz, usando exclusiva o primordialmente la palabra, en un contacto directo y recíproco con el auditorio. La narración oral hunde sus raíces en la tradición de contar historias y en la actualidad convive con ella aunque en un contexto escénico. 

Son profesionales de la narración oral aquellas personas que han hecho del arte de narrar su profesión, legalizando su situación laboral y dedicando al oficio gran parte de su tiempo y de sus esfuerzos.

Este oficio comprende necesariamente la faceta de contar cuentos ante un público así como la selección, elaboración y conversión a la oralidad previa de un repertorio propio. Dicho repertorio se basa tanto en la búsqueda de material en la literatura escrita o en la tradición oral no profesional así como en la creación de las propias historias.”

Todo parece bastante claro en este texto citado, sin embargo decíamos antes que sigue habiendo mucha confusión cuando hablamos de cuentos contados. Veamos un par de ejemplos radicales (en el sentido que afectan a la raíz misma, a los fundamentos esenciales de esta disciplina artística).

–Hoy en día, englobado en un espectáculo de narración oral (o en una actividad de cuentacuentos), podemos encontrar, obviamente, una propuesta artística sostenida por cuentos contados de viva voz, sí, pero también otras actividades como: monólogos, títeres, música, teatro, recitales poéticos, lectura en voz alta, clown y otras actividades que, estando más o menos cercanas o alejadas de las historias contadas, no son exactamente eso (cuando no magia, globoflexia, pintacaras, papiroflexia y otras propuestas estrambóticas). Y atención porque no estoy hablando de alguien que, por ejemplo, en medio de un cuento cante una canción que pide el cuento, es decir, que, literalmente, viene a cuento; hablo, en general, de esos casos en los que la actividad principal busca la excusa del cuento para desarrollar su otra propuesta.

–Y no sólo hablo de artistas despistados, hablo también de festivales y otros grandes eventos que se denominan específicamente de narración oral (algunos de mucha relevancia) y en los que uno puede acabar viendo propuestas variopintas (teatro, monólogos, música, títeres, recitados poéticos, repentismo, rap…).

 

[SEGUNDA PARTE]

 

Algunas reflexiones a favor del oficio de contar 

Vista esta situación y siendo este el punto en el que nos encontramos, creo que las acciones para la mejora del oficio de la narración oral han de avanzar en dos direcciones, por un lado apuntando directamente hacia el actual colectivo de profesionales (y personas interesadas en entrar en dicho colectivo), y por otro lado, hacia afuera del colectivo, hacia la sociedad. 

Aquí van unas cuantas reflexiones en ambos sentidos.

 

Hacia el colectivo

(1) En primer lugar es fundamental insistir en la formación de quienes se dedican a contar cuentos, una formación inicial pero también una formación continuada. En ese sentido pienso que es de enorme valor el artículo (muy breve, por cierto) publicado en la web de AEDA titulado: De la formación de narradores y narradoras, que es “una invitación a la reflexión sobre las diversas líneas de formación de los narradores y narradoras orales” que articula las líneas de estudio en: 

–Con lo que contamos: cuerpo, voz y presencia escénica.

–La propia voz: sensibilidad, estilo propio, honestidad, originalidad…

–Lo que contamos (1): los cuentos, el repertorio, las estructuras narrativas. Y, obviamente, todo lo relacionado con el taller del oficio: las estrategias de preparación de los cuentos.

–Lo que contamos (2): las funciones y las sesiones y su organización, ritmo, etc.

–A quién contamos: los públicos y sus centros de interés.

–Dónde contamos: los espacios y sus exigencias técnicas.

–Formación continua: formación y reflexión crítica.

–Legalidad y ética: cuestiones legales y actitud ética.

Es decir, todo esto resumiría los cuatro aspectos señalados anteriormente cuando hablaba de los oficios artísticos: conocimientos básicos del oficio, dominio de estrategias y herramientas necesarias para ejercerlo, tener y cultivar una sensibilidad artística y habitar en la continua búsqueda. 

 

(2) El horizonte de la memorabilidad, es decir, aspirar a ser memorable. Puede sonar algo raro el término, pero forma parte de la esencia misma de los cuentos contados: los cuentos contados buscan ser memorables, quieren ser inolvidables para seguir habitando en corazones, en bocas y orejas, para seguir conviviendo con nosotros, para seguir existiendo. El cuento quiere ser memorable y, por lo tanto, el narrador ha de trabajar para que así sea. 

Y de la mano de esta cuestión se desprende que el narrador oral profesional ha de hacer algo que otros narradores (populares, instrumentales, circunstanciales) no puedan hacer. Muchas veces los profesionales de los cuentos contados buscan la memorabilidad en todo lo que acompaña al cuento (tramoya, objetos y demás recursos periféricos), pero, en mi opinión, la verdadera esencia consiste en ser memorable contando cuentos de viva voz, sin más (ni menos). Y esto se logra con versiones maravillosas, con estilos inolvidables, con textos gozosos… es decir, los profesionales del cuento contado tenemos que lograr contar cuentos de manera que otras personas que cuentan (bibliotecarias, profesorado, familias…) no puedan hacerlo y que quienes nos escuchen tampoco puedan olvidarlo.

Ser memorable, resultar inolvidable, es fundamental para ir asentando espacios y consolidando públicos del cuento contado.

 

(3) En mi opinión es importante que el colectivo de la narración oral referencie su lugar en esta sociedad: todo oficio tiene un lugar y cumple su función. En este sentido el resurgir del oficio de contar viene de la mano en los años ochenta (en España) de la renovación pedagógica en las escuelas y de la transformación de las bibliotecas. El valor instrumental de la narración oral ha sido importante para el renacer del oficio de contar, pero creo que como colectivo debemos insistir en que el cuento contado tiene valor en sí mismo y que el colectivo de cuentistas cumple distintas funciones en la sociedad, entre ellas, por ejemplo, la preservación de algún rincón de la memoria colectiva y algunos tipos de textos de la tradición oral (por ejemplo algunos cuentos largos, maravillosos, que en su mayoría han dejado de ser contados porque han desaparecido los espacios donde habitaban y los cuentistas que los contaban), consolidación de espacios de palabra en comunidad, etc.

 

(4) En cuarto y último lugar (pero no por ello menos importante) hemos de incidir en la importancia de las cuestiones legales y éticas. Es importante que quien quiera formar parte del colectivo de profesionales, además de todo lo anterior, ha de asumir un código ético. A principios de siglo el actor y narrador Arnau Vilardebò propuso un documento de trabajo para la creación de un código deontológico del oficio. Este era el documento de partida qué él redactó (y que, a día de hoy, sigue siendo el referente ético para el colectivo de cuentistas). En este documento Arnau toca temas de relevancia como: respeto al público, defensa del espacio, citar fuentes, conocer los cuentos que cuentas, honestidad en la propia voz, la mirada, el ruido, cachés, la tentación de vivir impartiendo cursitos… Hay unos cuantos temas que vendría bien incluir en este cesto: el robo del trabajo de los otros colegas (repertorios, estilos, etc.), los corralitos de trabajo (donde sólo trabajo yo y los míos y que acaba por agotar los espacios y a los públicos), los intercambios de trabajo entre narradores/programadores (que no prima la calidad artística), las falsas redes (como la RIC) que no trabajan, precisamente, a favor del colectivo, etc.

Además del código ético, y muy relacionado con este, el narrador debe implicarse en cuestiones legales, no tratando de esquivar sus responsabilidades como parte de la sociedad. El ejemplo más evidente es el de aquellos que eluden el pago de impuestos (siempre hay artimañas posibles) de manera que compiten en un nivel de enorme ventaja con el resto de compañeros y compañeras y, además, no aportan a lo público que es, en gran medida, quien acaba contratándonos.

 

Hacia la sociedad

(1) En primer lugar creo que es fundamental seguir trabajando como colectivo en dar visibilidad a esto que hacemos. Esta visibilidad es un trabajo que vamos haciendo los profesionales de manera individual (web, carteles, redes, funciones, lugares de cuento…), insistiendo día a día por trabajar en unas condiciones dignas (y también defendiendo espacios y cuidando públicos); pero también que vamos haciendo de manera colectiva, y para ello el trabajo de algunas asociaciones y gremios es bien importante, aunque falta mucho, mucho por hacer todavía. Quiero señalar el trabajo que está haciendo AEDA, la asociación de profesionales de la narración oral en España, que en apenas diez años ha fomentado una manera de hacer las cosas a favor de todo el colectivo y que se ha convertido en un referente (nacional e internacional) en este sentido, buscando la mejor manera de dar a conocer qué hacemos y cómo lo hacemos.

 

(2) La mejora de las condiciones. También los festivales, maratones y espacios donde se programa de manera habitual han de aportar su granito de arena en la consolidación de la profesión. Para ello AEDA elaboró hace años un Decálogo. Condiciones de cuento, con “recomendaciones para que los narradores y narradoras puedan desarrollar satisfactoriamente su trabajo atendiendo a los factores externos que rodean el acto de contar”, recomendaciones que atienden al lugar donde se cuenta, al público, al tiempo, al trato con el artista y a la publicidad y difusión del evento. Es muy interesante y recomiendo encarecidamente su lectura y uso. 

Aun así todavía hay muchas otras cosas no incluidas en ese documento que podrían ayudar a la mejora del acto de contar y escuchar cuentos; aquí van algunas propuestas:

–(1) dignificando las condiciones de trabajo de los profesionales, lo que incluiría desde la cuestión de los tiempos de trabajo/descanso, lugares de descanso, cachés, cuidado escrupuloso de los lugares de cuento (disposición, acústica, responsables de sala, etc.), número de funciones por día, aforo, tema de los móviles, etc.; 

–(2) cuidando al máximo las programaciones y su visibilización: web adecuada, redes, cartelería de calidad, programas claros –¡y sin cuentistas anónimos!–;

–(3) en suma, tendiendo siempre hacia la mejora en la calidad de lo ofertado (en todos los sentidos) para que el público asistente quiera volver en próximas ediciones y demande más cuentos contados.

Y no nos olvidemos que, en conclusión, cuidando la calidad de lo ofertado también crece la exigencia ante lo contratado. De esta manera resulta evidente para contratadores y contratados que no todo vale (o peor aún, no vale cualquier cosa), y esta percepción se transmite al público asistente.

 

(3) De la mano de esta visibilidad y de esta mejora de la calidad hemos de insistir en la necesidad de tener cachés dignos. Si quienes cuentan cuentos no consiguen vivir de ello a pesar de trabajar mucho, entonces es que algo está fallando.

Un cuentista no trabaja sólo esa hora/hora y media que está frente al público, trabaja durante meses buscando repertorio, preparándolo, organizando la sesión y su puesta en pie… y tiene además otros muchos gastos relacionados con su tarea (trabajo de oficina –presupuestos, facturación, agenda, web, llamadas–, gastos de coche, gestoría, seguros, dietas, pago de impuestos –seguridad social, impuestos–, costes derivados de la actividad –cartelería, libros–, etc.)

 

(4) Es fundamental insistir en la necesidad de dar a conocer el trabajo que hacemos los narradores orales, y para ello es importante contar también con la prensa y el periodismo cultural. Más allá de los estereotipos asignados al cuento contado sería fundamental contar con crítica especializada que realizara críticas regularmente de las diversas propuestas narrativas que los profesionales vamos realizando. 

Es importante también la creación y difusión y discusión de un corpus teórico, por eso son necesarias publicaciones que ahonden en estas cuestiones, ya sean libros de teoría, artículos especializados, webs, blogs, etc. En el ámbito hispanoamericano cabe resaltar el trabajdo de la editorial Palabras del Candil (en España), con más de 50 títulos en su catálogo, y de otras editoriales similares que recién inician su andadura como Casa Contada (en Chile) o La Butaca Editorial (en Colombia). 

También hay otros espacios de reflexión importantes (webs, blogs, foros, etc), entre ellos me gustaría destacar la web de AEDA, mencionada varias veces aquí, y también el podcast Iberoamérica de cuento que en esta primera temporada ha conversado con más de 50 invitados y ha reunido más de 23 horas de grabación.

Pero también es necesario la divulgación fuera de estos círculos especializados, por eso siempre son bienvenidas las publicaciones que den a conocer el arte y oficio de contar cuentos (como ejemplo valga el libro Contar recientemente publicado por la editorial ABuenPaso que, además, ha tenido una muy buena acogida por los expertos).

En este sentido también es importante señalar la existencia de cursos como este en el que estoy leyendo esta conferencia, cursos avalados por la Universidad, que nos permiten seguir dando pasos en la construcción de un soporte teórico y en el conocimiento y la visibilidad de este oficio.

 

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