Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

Este artículo pretende reflexionar y compartir dudas, sugerencias, propuestas... para darse a conocer cuando se está empezando a trabajar de manera profesional como cuentista. Es una mirada muy personal que pretende ser un punto de partida para el debate y la reflexión conjunta. 

 

Comienzo este texto con una historia que bien podría ser real. 

Un día vas a escuchar cuentos (quizás alguien te invitó, quizás pasabas por ahí) y sucedió que lo que viste te gustó. Entonces a la salida preguntaste si había más espectáculos de ese tipo y te comentaron que sí, que en ese lugar había programación estable de narración oral y te llevaste un pequeño folleto con fechas, nombres de cuentistas y funciones. Y así, como quien no quiere la cosa, acabaste siendo público habitual de los cuentos contados.

Otro día antes de la función, la misma persona que presentaba al narrador explicó que en los próximos días se impartiría un curso sobre estrategias básicas de narración oral y tú pensaste que estaría bien asistir y descubrir algo de la tramoya de los cuentos contados, y te apuntaste. Después, tras ese curso llegaron otros. Entonces te diste cuenta de que además de escuchar te gustaba contar.

Entre los asistentes a algunos de esos talleres acabasteis formando un grupo de personas que disfrutabais contando y escuchando cuentos. Y de vez en cuando quedabais para contaros cuentos, para hacer pequeñas probaturas de las historias que elegíais y preparabais. Y creasteis un espacio confortable en el que contar y escuchar.

Además ocurrió que en el colegio de tu hija (¿o era de la hija de tu vecina?, ¿o era en la biblioteca de tu barrio?) pidieron voluntarios para contar historias y tú te animaste, y fuiste. Y volviste con un hormigueo de pura felicidad tras el viaje de los cuentos.

Y un día alguno de tus compañeros de talleres de cuentos propuso ir un final de semana a una ciudad cercana donde se celebraba un festival de narración oral. Y fuisteis. Y fue una maravilla. Y tras ese se sucedieron otros festivales. Y cada día que pasaba te sentías más tocado por la palabra dicha.

Entonces supiste que había un lugar (no muy lejos) en el que se celebraba un Maratón de cuentos, un espacio en el que la gente podía ir a contar y a escuchar durante unas cuantas horas. Y sobre todo un espacio en el que cualquier podía contar. Y el grupito de amigos cuenteros os organizasteis para ir, y para contar.

Y entonces, tras un largo camino, te encontraste en un escenario delante de un público con muchas ganas de cuento. Y contaste. Y la experiencia fue tan maravillosa que para ti casi resultó una epifanía. Y decidiste que querías pasar el resto de tu vida haciendo eso, que querías ser un cuentista, un profesional de la narración oral, una persona que vive de y en la palabra dicha.

 

Aquí detengo la historia. Hay muchos caminos para llegar a este punto, algunos son más largos, otros son más cortos, algunos más acertados, otros más desafortunados. Lo importante es que este artículo comienza exactamente en este punto: hay alguien que quiere dar el paso y hacer una profesión de algo que hasta entonces ha sido una pasión, un disfrute, una fiesta… Algo que, para más inri, es un oficio artístico (que suma a la complicación) y para más más inri, sin una formación reglada (que suma y suma complicación).

En este punto en el que se quiere dar el salto a lo profesional lo habitual es que al menos durante unos meses o, incluso, unos años, el hecho de contar se vaya compaginando con otros trabajos. Suele haber un tiempo en el que los cuentos contados conviven con otro oficio. Entonces puede ocurrir algo natural: y es que vaya habiendo cada vez más demanda y te vayan llamando cada vez de más y más sitios y llega un momento, insisto, de manera casi natural, en el que no puedes compaginar los cuentos contados con otro trabajo: porque la exigencia (entre búsqueda y preparación de cuentos, cuestiones legales y tareas de oficina, viajes, etc.) es tanta que tienes que decidir: o dejas de contar o dejas el otro trabajo.

En mi opinión esta es la manera ideal de llegar a un oficio. Porque aquí no has tenido que venderte: los cuentos han sido quienes te han ido abriendo hueco y te han ido recolocando en el lugar que te corresponde. De hecho en muchos casos, mucha gente que conozco que llegó así a contar no se planteó en ningún momento dedicarse a la narración oral de manera profesional, lo que hacían lo hacían por quitarse el gusanillo, por tener una ayudita económica, por darse el lujo de escapar de la rutina. Y cuando se dieron cuenta resultó que su actividad profesional principal era la de contar cuentos, y la ayudita era lo otro.

Otra cosa bien interesante de esta manera de llegar es que es tu trabajo el que te ha llevado ahí: es tu repertorio, tu estilo a la hora de contar de contar, tu planteamiento con los cuentos y el público… todo eso es lo que ha hecho que quienes programan te conozcan y te llamen.

Pienso que esta manera de hacer suele ser un camino largo pero muy sólido: quizás los primeros años tengas poco trabajo, pero poco a poco cada vez irá habiendo más: entre los lugares que te vuelven a llamar –eso siempre es una buena señal– y los que te llaman por primera vez porque les han recomendado tu nombre, cada año tendrás más trabajo.

En este momento también hay algunas cuestiones en las que yo no voy a entrar (al menos no en este artículo) como son las cuestiones éticas, pues todo oficio debe tener un código deontológico que incumbe a quienes forman parte de él y que, en el terreno de la narración de cuentos, nos llevaría a hablar de asuntos tan variados como la propia voz, el repertorio personal, los cachés dignos… y otras cuestiones más escurridizas pero también muy importantes como la responsabilidad con respecto al colectivo de narradores y la consolidación de públicos y espacios de narración (es decir, presentación de trabajos de calidad, apertura de espacios, etc.). Pero no, de esto no voy a hablar aquí.

 

Volvamos al punto de partida de este artículo: el momento en el que se quiere dar el salto a lo profesional. Supongamos que eres una persona que lleva mucho tiempo contando, que te has formado en cursos con narradores diferentes, que has asistido a alguna escuela de verano de narración, que llevas contando tiempo en espacios amateur (con tu grupo de amigos del taller), que has visto a mucha gente contar. Supongamos que tienes algún repertorio para público diverso ya bien preparado y que podrías ponerte a contar. Sí, supongamos que estás listo para contar y cobrar por ello, y ahora te preguntas ¿cómo puedo darme a conocer?

Cuando yo empecé a contar, los cinco o seis primeros años mi trabajo fue muy local. Trabajé sobre todo en colegios de la zona y en algunas bibliotecas de la provincia de Guadalajara. Compaginaba mi trabajo con estudios y con otros trabajos no porque desestimara funciones, sino porque no me llamaban mucho. Esos años para mí fueron de gran aprendizaje: cada quince días tenía que tener un cuento nuevo en los Viernes de los cuentos (que hasta 1996/7 no programaron a narradores profesionales) y tuve muchos talleres de extraescolares (de narración y de animación a la lectura) trabajando cuentos con un mismo grupo de niños durante meses (eso sí que fue un gran aprendizaje). 

Pero a finales de los noventa aparecieron dos recursos que resultaron fundamentales en el salto a la profesionalización (al menos para mí). Por un lado se publicó el primer Catálogo de narradores orales (se hizo desde el SLIJGu –Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara–. Catálogo que sigue existiendo en la actualidad de manera virtual) y por otro se creó la “Guía de Animación a la Lectura de Castilla La Mancha”. 

Gracias al Catálogo me empezaron a llamar de otros lugares fuera de la provincia (recuerdo mis primeras funciones en bibliotecas de pueblos de Albacete) y de fuera de Castilla La Mancha (mi primera función fue en Vitoria). Pensaréis que era una ventaja empezar a contar en aquellos momentos porque quizás no éramos tantos. Pero sí, sí éramos. En Madrid (y en otras ciudades como Barcelona, Alicante, etc.) durante la década de los noventa proliferaron los talleres de narración oral y había quienes se jactaban de haber hecho, por aquellos años, un ejército de narradores. El cuento contado estuvo de moda y había mucho público con ganas de escuchar y mucha gente con ganas de contar, por eso en Madrid era posible ir cada noche de la semana a un lugar donde se programaran cuentos para adultos.

Pero saliendo de las grandes ciudades había pocos espacios para contar, pocas bibliotecas programaban regularmente y pocas escuelas llevaban a profesionales. Por no hablar de los cachés. Pedir un caché medianamente digno era tarea casi imposible. Y sin un caché digno, no lo olvidemos, no puede haber un colectivo de profesionales. Porque si no se puede vivir de ello nadie puede profesionalizarse.

Así pues, en aquellos años, el proceso de darse a conocer era muy lento.

Pero como dije fueron dos recursos que resultaron fundamentales. Uno fue el Catálogo, del que ha he hablado algo. El otro fue la Guía. La “Guía de Animación a la Lectura de Castilla La Mancha” sí supuso, en mi opinión, un paso verdaderamente importante para la profesionalización del colectivo. En esa Guía podía apuntarse todo aquel que quisiera (en el epígrafe correspondiente: cuentacuentos, autor, títeres, etc.) especificando qué hacía y cuánto cobraba. Lo negativo de la Guía es que no había en verdad una criba, allí se apuntaba cualquiera sin problema ninguno. Lo positivo es que la Junta se implicó en todo esto y destinó recursos para que las bibliotecas de Castilla La Mancha pudieran contratar actividades.

Y así, el primer año, si se apuntaron unas cien personas como “cuentacuentos”, en los últimos años fácilmente eran más de cuatrocientas las que se ofrecían como cuentistas. Los dos primeros años de la Guía fueron un poco caóticos, pero pronto acabó todo autorregulándose: las bibliotecarias no tardaron mucho en dejar de fijarse en los precios y empezaron a preguntar por la calidad de los espectáculos a otras bibliotecarias de la zona que habían visto a los narradores. En unos pocos años, aunque hubiera cientos de narradores en el epígrafe de cuentacuentos, eran un puñado, no más de cincuenta, quienes realizaban el grueso de las contrataciones. Las bibliotecarias que contrataban lo tenían claro: lo que importaba era la calidad. 

Me atrevo a afirmar, sin datos en la mano, que el grueso de los narradores y narradoras de España direron el paso definitivo a la profesionalización en esos años y, de nuevo me atrevo a afirmar sin datos en la mano que la “Guía de Animación a la Lectura de Castilla La Mancha” tuvo mucha culpa de que eso se lograra. 

La Guía ayudó en varios sentidos. Por un lado permitía que se apuntaran narradores de todas las comunidades autónomas (no sólo de Castilla La Mancha), lo cual facilitó que se consolidara el oficio en muchas otras comunidades; también generó bastante trabajo a lo largo del año, no sólo en fechas concretas; y por último también posibilitó que se establecieran unos cachés dignos que nos ayudaron a profesionalizarnos: podíamos pagar autónomos y demás impuestos y vivir de contar incluso en los meses en los que había muy poco trabajo, porque en los meses de más trabajo nos daba para ahorrar algo con lo que ir tirando en épocas de vacas flacas.

Igual que la Guía aparecieron otros programas en otras comunidades (como por ejemplo el Leer Juntos y el Saber Leer en Aragón; o el programa que llevaba el CAL en Andalucía; o los Días de cuentos en la isla de Gran Canaria…). Todo esto empezó a generar público y espacios de cuentos, lo cual ayudó, a su vez, a consolidar el oficio. 

También en esos años fueron apareciendo más festivales de narración oral y celebraciones alrededor de la palabra dicha, lo que ayudó en la visibilización del oficio.

Y con todo eso, fue apareciendo público que, tocado por los cuentos, fue asistiendo a talleres y fue contando y, en un momento concreto, quiso dar el paso para profesionalizarse. Y volvemos al punto de partida de este artículo. 

 

Las cosas han cambiado mucho en estos años, en la vida en general y en el oficio en particular. Por un lado el mundo de internet y las redes sociales nos ofrecen un montón de posibilidades para mostrar nuestro trabajo. Por otro lado este oficio de contar está algo más consolidado (hay público, espacios, asociaciones, etc.). Pero aun así resulta difícil darse a conocer e inciar tu andadura como profesional. 

Aquí van unas cuantas reflexiones y alguna experiencia por si os ayudan para daros a conocer.

  • Si yo comenzara hoy, si quisiera iniciar mi andadura como profesional, empezaría por cuidar lo que ofrezco. Es decir, empezaría por lo que yo puedo controlar: trataría de tener un buen repertorio de inicio, bien cuidado y trabajado, con unos cuantos cuentos estrella y adecuado para públicos diversos. Porque opino que el buen trabajo es nuestra mejor carta de presentación, de hecho me atrevo a afirmar que el buen trabajo da más trabajo. Por eso no dejaría de buscar y preparar buenos cuentos, de formarme y reflexionar sobre mi propuesta artística. Y, no lo olvides, la diferencia también es un valor positivo a la hora de darse a conocer (si hay algo particular en ti, en tu propuesta, en tu forma de trabajar, cultívalo, eso te dará un valor añadido y, por ende, más trabajo).
  • En segundo lugar prepararía un buen escaparate. Nada hay mejor que una web profesional. Es decir, en la medida de lo posible, nada de blog o web-blog o webs gratuitas y, por supuesto, nada de página en Facebook. Has de tener una web profesional por, al menos, estas razones: da una imagen de seriedad, da estabilidad a los contenidos que incluyas y acabará posicionándose en los buscadores de referencia. La web debe tener al menos estos cuatro epígrafes: quién soy (información sobre ti), qué hago (información sobre tu trabajo, información sobre tus funciones), dónde lo hago (una agenda actualizada) y cómo contactar contigo. Eso es lo básico. En la web además puedes incluir otros epígrafes como publicaciones, enlaces de interés, tus redes sociales (ojo, mejor las profesionales y siempre redes que uses).
  • Bien, ya tienes un trabajo previo y ya tienes un escaparate. Ahora es fundamental que te vean contar. Porque, insisto, nuestra mejor carta de presentación es nuestro trabajo. Hay una opción no muy complicada: puedes incluir algunos vídeos en los que se te vea contando en tu página web, seguro que eso facilitará que quien quiera ver tu trabajo se haga una idea de cómo cuentas. Aunque esto tiene algo de paradójico porque en el momento en el que grabas un cuento contado se pierde todo lo contextual y pasamos de una oralidad primaria, viva, a una oralidad secundaria, enlatada. Ocurre además que el lenguaje audiovisual es otro lenguaje distinto (es como si tradujéramos un cuento contado a otro idioma), por eso es muy importante que cuentes con gente que sepa qué hay que hacer para grabar con calidad. Es decir, no vale cualquier cosa grabada de cualquier manera con un móvil. Merece la pena gastarse un dinero y hacer un buen vídeo contando a colgar tres o cuatro vídeos chapuceros. Sí, no sería el primer caso en el que un material malo ha conseguido el efecto contrario al buscado.
  • Seguramente lo siguiente que podrías hacer es un mailing*. Ya tienes todo preparado y puedes ir a contar, pero necesitas que la gente sepa que estás ahí. Perfecto. En internet puedes encontrar los correos electrónicos de miles de bibliotecas y de miles de colegios de toda España. Puedes dedicar unos cuantos días a buscar esos correos y a escribir a todos ellos dándoles la buena nueva: ¡Eh, ya estoy aquí, he venido a contar! Pero no sé si esta es una buena idea. ¿Sabes cuántos emails de estos reciben cada semana, cada día, las bibliotecas y los colegios?, ¿cómo podrán discernir que el tuyo es el correo adecuado, que tú eres la persona que están buscando? Honestamente, no lo sé. Sólo te digo que si yo fuera a hacer un mailing ahora trataría, sobre todo, de no resultar pesado. Es decir, no creo que hiciera más de un mailing al año en el que contara las novedades (espectáculos nuevos, publicaciones, festivales en los que estuve el pasado año, artículos y críticas que me citan…) y, desde luego, en ese mail no enviaría PDF pesadísimos, sino que mandaría un enlace a mi web (tan profesional) donde estuviera la información de relevancia que yo quisiera compartir.
  • Pero posiblemente antes de volverme loco con los correos electrónicos buscaría qué espacios hay en España para quienes empiezan a contar. Y sí, son muy pocos. Yo me presentaría a los inauditos (del Maratón de cuentos de Guadalajara), iría a otros lugares donde se cuenta como maratones (¡hay un buen puñado en España!) y espacios para amateur como las Queilis de Albacete, espacios de Cuentos con Chocolate, los Cuentos Encandilados de Madrid, los Viernes de los Cuentos (formato antiguo) que a veces se vuelven a celebrar en Guadalajara… porque, no lo olvides, lo importante es que te vean contar.
  • También buscaría espacios cerca de donde yo vivo (¿recuerdas que te dije antes que mis primeros años fueron bastante locales?), hablaría con bibliotecarias de la zona, con colegios de la zona, es decir, buscaría darme a conocer en una zona cercana donde pudieran darme alguna oportunidad para empezar. Y, sobre todo, en el que me pudieran ver contar. Porque, insisto, sólo si te ven pueden tener una idea de cómo trabajas. También hablaría con asociaciones de narradores de la zona o con narradores profesionales de la zona para que me ayudaran. Sí. Yo pediría ayuda: les mostraría mi trabajo, les pediría su opinión y también les pediría alguna pista: dónde acudir, cómo hacerlo, con quién hablar. Es decir, me apoyaría en otros compañeros y compañeras. Quizás penséis que esto es complicado o difícil. Yo creo que no lo es, porque pienso que en un oficio artístico, cuando se hacen las cosas bien, el resto de profesionales no son competencia, al contrario: cuanta más gente cuente bien, mejor para todos, más se consolidarán espacios y públicos, más demanda habrá de narración, y más trabajo habrá para todos.
  • Y tras todas estas pistas creo que lo siguiente es insistir, tener paciencia, ir poco a poco, no saltarse pasos porque, como dice Elia Tralará en su muro: "esta es una carrera de fondo y tomar atajos no suele ser buena idea"; y, sobre todo, no hacer cosas que puedan ser perjudiciales para ti o para otros narradores (hay muchas maneras de hacer malas prácticas, más adelante van algunos ejemplos). Y si no consigues suficientes funciones para ir afinando tu voz narradora puedes ir compaginando las funciones con seguir contando en espacios amateur (porque es importante contar, contar mucho, para contar bien). Pero hay muchas otras malas prácticas, aquí te dejo algunas que lo son, al menos, en mi opinión:
    • Saltarse pasos muchas veces implica llegar a los lugares cuando no se está preparado. No sería la primera vez que alguien que aún no tiene una voz sólida acaba contando en espacios que ha costado mucho levantar y acaba perpetrando una mala función. Eso puede no ser importante, pero en ocasiones un lugar que no está muy consolidado, tras una mala función, hay que volver a apuntalarlo. Pero si ocurre que tras esta llegan un par más de malas funciones puede ocurrir que ese espacio acabe por morir o ese público por desaparecer.
    • Yo no acosaría a bibliotecarias, profesorado, programadores, no escribiría una y otra vez o no llamaría o no contactaría por redes sociales una y otra vez. A los sitios acaba por llegarse, todo a su tiempo. Hay gente que parece que está mirando en los muros de Facebook de otros compañeros y allá donde van escriben, llaman, contactan… ¿creéis de verdad que eso convencerá a quienes programan para llamaros? Desde luego si yo programara funciones de cuentos lo último que haría sería llamar a la gente que insiste, o a la gente que se postula de buenas a primeras sin más argumentos que “he visto que programas narración por qué no me has llevado a mí a contar”. Ni el tiempo que llevas contando ni ningún otro argumento tiene más peso que tu trabajo. Piensa además que la gente que programa es la primera interesada en traer voces nuevas y está siempre preguntando (a otros programadores, a narradores que van, a gente que ha ido a algún otro lugar a escuchar…), por eso, incluso cuando ellos no te ven directamente, hay otra gente que puede verte y recomendarte. 
    • Yo no reventaría precios. Esa es una malísima idea, no sólo es tirar piedras contra tu propio tejado, sino que las tiras contra todos los tejados del colectivo. Es más, la primera vez que vas a un sitio a contar lo mejor es preguntar a los cuentistas de la zona para saber cuáles son los cachés medios y sobre eso trabajar. Pregunta siempre, los compañeros y compañeras están para echar una mano, para sumar.
    • Insisto una vez más, es nuestro trabajo el que nos va llevando a nuevos lugares para contar. La gente que ha disfrutado con los cuentos que hemos contado nos va a recomendar. El boca a boca funciona a las mil maravillas en este oficio nuestro. Si en una biblioteca han disfrutado con tu trabajo puede que el siguiente año repitas y que vayas también a la biblioteca de al lado. Saltarse esa manera natural de llegar (porque tienes un contacto, porque eres un oportunista, por el motivo que sea) muchas veces implica cortar el paso a otra gente que ya estaría preparada para contar allí.

Si a pesar de todas estas pistas crees que no hay manera de darse a conocer, te cuento una experiencia que llevamos haciendo en los últimos meses Aurora Maroto y yo.

Aurora es una estupenda narradora madrileña que lleva varios años contando. Hace casi tres años dejó su otro trabajo para dedicarse profesionalmente a la narración oral a tiempo completo y, sin embargo, y a pesar de la calidad de su propuesta narrativa, parecía que Aurora no conseguía darse a conocer más allá de algunos espacios en los que llevaba contando tiempo. Es decir: contaba y repetía en esos sitios, pero no había forma de darse a conocer y de llegar a más espacios de cuento, al menos no tanto como deseaba.

Para tratar de superar esa barrera Aurora hizo algunas de las cosas que antes he citado en este artículo (web profesional, vídeos contando, mailing, redes profesionales…), pero seguía habiendo un problema: parecía que siempre eran las mismas personas quienes veían su trabajo.

Hace unos meses Aurora y yo nos planteamos probar algo nuevo, y decidimos que en algunos espacios a los que yo he ido a contar (y tengo cierta confianza con los programadores) le invitaría a venir conmigo para que, en medio de mi función, contara un cuento y así, de esta manera, otros programadores pudieran ver su trabajo. No se trata ni de un mentorado ni de un apadrinamiento, se trata más bien una especie de muestra portátil de su trabajo, o, si lo prefieren, recuperamos la vieja idea del telonero previo a la actuación (aunque Aurora no siempre cuenta al empezar, a veces ha contado al principio, otras veces en medio y otras al terminar).

Yo escribía a las bibliotecas y a los colegios, pedía permiso para que me acompañara otra narradora, recalcaba que yo iba a hacer mi función habitual y que ella contaría un cuento más (bola extra) y también explicaba el motivo de todo esto: Aurora no cobraría por ello pero a cambio pedíamos que el programador, la programadora, le viera contar ese cuento. Así, de esta manera tan sencilla, había más gente que podía ver su trabajo y, si este le interesaba, podría contratarla más adelante.

Además escribí a algunas de las bibliotecas o colegios donde he trabajado varias veces y tengo algo de confianza para recomendar su trabajo (en realidad a muy pocas, unas cinco o seis. Prefiero que vean su trabajo previamente y en directo). Porque, honestamente, me parece muy interesante su mirada con respecto a los cuentos y su forma de contar.

Es por eso que vez en cuando Aurora se viene a contar conmigo (por Madrid y Castilla La Mancha, de momento) y, poco a poco, los programadores la van conociendo y van contactando con ella. Y así, de esta manera tan sencilla, Aurora va mostrando su trabajo a gente que programa y, poco a poco, va teniendo más trabajo.

 

Quizás pienses que de esta manera yo voy a perder trabajo. Yo creo que no es así, quizás al principio puede que tenga algo menos de trabajo, pero recuerda que soy de los que opina que cuanta más gente haya contando bien, más trabajo habrá para todos. Pienso que si los narradores y narradoras que llevamos unos cuantos años viviendo de contar respaldáramos cada uno a uno de los narradores que están empezando, narradores con una buena propuesta artística, que se toman muy en serio esto que hacemos, en unos pocos años el colectivo se habría duplicado, tendría unas sólidas redes entre profesionales y estaría más consolidado. Y casi con total certeza habría más trabajo para todos y, seguramente, mejores espacios, públicos y condiciones económicas. 

En fin, estas son algunas reflexiones muy personales y algunas propuestas sobre una cuestión que es bastante compleja (y también delicada). La intención de este artículo es compartir y también invitar a que en los comentarios podáis aportar otras sugerencias y reflexiones que nos ayuden a pensar juntos sobre este asunto.

 

 

*Ojo, no me refiero a una newsletter a la que la gente que esté interesada se apunta, como son, por ejemplo, las Hojas volanderas, sino que hablo de un mailing en el que incluyes direcciones (porque son públicas) de posibles clientes (sin que ellos hayan mostrado interés por suscribirse a tu mail).

 

ADENDA

Añado aquí algunas cosas que van saliendo en discusiones en la red y que pueden ser aportes a este tema.

–Por un lado, insistimos, recuperar la idea de telonero puede estar muy bien, no sólo con un narrador (que va acompañado de un telonero), sino de espacios en los que se programa narración y en los que podría haber, de manera habitual, un telonero (alguien que está empezando) previo al cuentista programado para la noche. Sí, si yo programara en un lugar regularmente ofrecería la posibilidad de que hubiera algún telonero antes de la actuación.

–Por otro lado vuelve a salir una idea de la que hemos hablado en otras ocasiones: que en los lugares donde se programa habitualmente haya alguna sesión (una vez al mes, al trimestre) para voces nuevas (que están empezando). Eso sí, informando bien al público asistente y en la cartelería e información del espectáculo).

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