Fichas de oralidad

Para mí la radio ha sido siempre un medio en el que me he encontrado muy cómodo para contar cuentos y hablar de narración. Aquí tenéis información de mi participación actual en la radio y también de otros programas en los que he colaborado.

 

CUENTOS DE VIEJAS EN RNE

En septiembre de 2019 comenzó mi colaboración con el programa "Esto me suena a pueblo" de Radio Nacional de España, con Ciudadano García y Marta Conde. Todos los sábados entre las 13,20 y las 13,30 cuento un cuento popular.

 

rne logo

 

 

 

OTROS PROGRAMAS EN LOS QUE PARTICIPÉ

 

LIBROS Y CUENTOS EN CASTILLA LA MANCHA MEDIA

Entre septiembre de 2016 y julio de 2018 colaboré con Juan Solo en el programa "Las dos miradas", de Radio Castilla La Mancha, en mi sección: "Libros y cuentos". Cada semana recomendaba un artículo, conversábamos con una bibliotecaria (que recomendaba un par de libros) y entrevistábamos a un cuentista (quien, además, nos contaba un cuento).

Entre octubre de 2015 y julio de 2018 colaboré con Juan Solo en el programa de final de semana "Solo en Radio", de Radio Castilla La Mancha. Mi sección se titulaba "Libros y cuentos" y en ella, de unos 10 minutos de duración, recomendaba un artículo y un par de libros.

 logo CMM

 

CUENTOS (Y MÁS) EN LA SER (DE GUADALAJARA Y DE CASTILLA LA MANCHA)

Entre 2004 y 2015 colaboré en SER Guadalajara, con un intervalo de dos años en los que colabré en SER Castilla La Mancha, siempre acompañando a mi amigo Juan Solo. A lo largo de esos años mi participación fue, habitualmente, los lunes por la mañana (en Hoy por hoy Guadalajara), aunque en los dos años de programa regional pasamos al final de semana y durante la temporada 2006-2007 contaba un cuentecito cada día.

Mi participación, habitualmente, consistía en la recomendación de libros y artículos y en la narración de cuentos, aunque hubo otros formatos, por ejemplo en las dos temporadas en las que estuve en Castilla La Mancha participé contando un mito (cada domingo) y deconstruyendo el Quijote (cada sábado), y en la última temporada (2014-2015), mi sección incluía: recomendación de un artículo y dos libros, una conversación con un cuentista invitado (quien, además, nos contaba un cuento).

logo SERGu logo SERCLM

 

CUENTOS EN ONDA CERO GUADALAJARA

De septiembre de 1996 a junio de 1998 colaboré en Onda Cero Guadalajara en el programa  de tarde que dirigía Ramón Redondo. Mi intervención consistía en contar un cuento cada semana, muchos de ellos eran cuentos míos y algunos los improvisaba sobre la marcha con palabras que me daban los oyentes.

 logo OndaCeroGu

 

RADIO ARREBATO

En la temporada 1995-1996 en la emisora local Radio Arrebato realicé un programa de radio titulado "El gato y la sopa" dedicado al jazz y la literatura. Tenía una duración de dos horas y se emitía semanalmente.

logo RadioArrebato

Sobre estos apuntes / Fichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

[Artículo publicado originalmente la web de AEDA el 1 de sept. de 2019]

I

Hablemos de ficción.

  • La ficción es una invención, una cosa fingida, una suma de sucesos y personajes imaginarios. La ficción es una mentira. Eso sí, una mentira que, en muchos casos, nos lleva al corazón de la verdad.
  • Centrándonos en el ámbito de los cuentos contados, la ficción se sostiene a partir de un lenguaje artístico, un lenguaje literario (no literal) que permite articular significados a partir de, por ejemplo, lo simbólico y que posibilita la polisemia, la pluralidad de interpretaciones.

Ejercer la censura contra los textos artísticos, contra la ficción, implica, por un lado, no comprender ninguna de las dos premisas anteriores por parte del censor, es decir, no diferenciar entre realidad y ficción y no entender que la interpretación frente a una obra de arte puede ser múltiple y no única; y, por otro, pensar que el público necesita ser protegido (ergo, es incapaz de protegerse solo): por eso, no me cansaré de repetirlo, una de las acciones básicas contra la censura es la educación y la cultura: cultivar el espíritu crítico para que sea el público quien reflexione y emita sus propios juicios con respecto a lo sentido/pensado frente a una obra artística (aunque parece que eso no es exactamente lo que está pasando en Occidente).

 

Hablando de cuentos contados, y basándose en criterios no artísticos, la censura puede aplicarse de muchas maneras: pidiendo que no se cuente un cuento (porque, por ejemplo, incluye valores, situaciones, personajes… que son considerados inadecuados), pidiendo que no venga un narrador (porque, por ejemplo, se ha declarado simpatizante de una ideología política concreta) o pidiendo que no se celebre un evento de narración (porque, por ejemplo, es considerado un acto reivindicativo).

Pero hay, además, otras particularidades sobre la censura y lo políticamente correcto en estos tiempos, por ejemplo, la proliferación de la denominada censura horizontal. Ya no hace falta que haya un censor vertical, alguien que desde arriba decida qué está bien o qué está mal para el pueblo. Actualmente el pueblo se ha convertido en el censor: cualquiera puede señalar a cualquiera por algo que ha hecho, dicho, cantado, pintado… Y no sólo puede señalarlo, sino que en ocasiones una única voz discordante es tenida en cuenta por quienes toman las decisiones para vetar a un artista o un espectáculo. Esta censura horizontal campa a sus anchas por la sociedad actual y puede llevarte a la paradógica situación de que por una misma función de cuentos recibas un comentario negativo en un sentido y otro, también negativo, en el contrario.

Para salvar esta censura horizontal es fundamental que existan programadores con criterio, personas que sepan cómo es el trabajo de los narradores y narradoras a los que contratan, que tengan referencias, que tengan un bagaje como público crítico de cuentos y de cuentistas y que, finalmente, puedan defender las propuestas artísticas que traen.

Vinculada a esta censura horizontal aparece otra más sutil, la autocensura. Muchos cuentistas se ponen la tirita antes de hacerse la herida: prefieren buscar versiones planas (con un significado literal, único, y sin problemas) de cuentos que van a contar antes que incorporar a su repertorio textos (por muy bellos o poderosos que sean) que puedan dar algún un problema; prefieren textos simples, pobres, a textos complejos, ricos (lo cual empobrece la propuesta artística y debilita el músculo del colectivo).

 

II

En el ámbito de la narración oral hay aspectos que se deben considerar a la hora de reflexionar sobre la censura.

 

La inexistencia del texto

Tal como contaba en el artículo “Contar lo que somos (o de narración oral y compromiso)”, cuando contamos cuentos existe un ángulo de sombra que puede escapar a la censura previa: se trata de la inexistencia de un guion, de un texto escrito, y, por tanto, del hecho de que el cuentista va elaborando el discurso sobre la marcha, muy pegado al cuento, sí, pero también influido por el contexto. Este “no saber qué va a decir exactamente el cuentista” una vez subido al escenario puede suponer, para muchos programadores, un problema. De hecho en alguna ocasión esto ha sido motivo para frenar dinámicas de crecimiento del oficio de contar (como cuenta aquí Ana Griott, minuto 13,30), es decir, motivo de censura para todo el colectivo.

Porque estos espacios de sombra (contextuales, de error creativo, de diálogo escénico, etc.) son, además, muy proyectivos (el narrador cuenta desde lo que es para que lo que cuenta suene a verdad) y pueden colar en la propuesta otros elementos no previstos inicialmente (como la actualidad, el juego, la opinión…).

 

Los materiales narrativos

Especialmente los cuentos de la tradición oral están, desde hace unos cuantos años, bajo la lupa de los censores (en este sentido recomiendo releer la conferencia de Ana Garralón para la pasada Jornada de AEDA: "Lavar antes de leer"). 

Sí, que contemos cuentos (siendo los cuentos populares en la actualidad algo casi tabú para algunas personas) nos convierte en un colectivo de interés prioritario para el gran ojo de la censura (especialmente de esa ubicua censura horizontal).

Paradógicamente mi percepción es que en los últimos diez años en España el colectivo de cuentistas profesionales ha incluido, en general, muchos cuentos tradicionales a su repertorio. Si en el 2010 eran muy pocos los que tenían cuentos tradicionales en su repertorio (y muy pocos los cuentos que estos tenían), en 2019 pienso que la gran mayoría de narradores y narradoras incluye textos de la tradición oral en su mochila de cuentos, es más, muchos de ellos tienen un porcentaje elevado de cuentos tradicionales en su repertorio vivo.

Ante esta censura insisto en la necesidad de una buena formación de narradores y narradoras, en la continua búsqueda de buenas versiones de cuentos tradicionales y en el estudio continuo del folclore y la tradición oral.

 

El uso utilitarista de la propuesta artística

Que la narración oral esté en nuestro país tan vinculada a la animación a la lectura o a un sentido utilitarista (cuentos para reforzar el día de la igualdad, el árbol, la educación en valores, la paz, etc.) tal vez no haya ayudado para hacer entender que la oralidad tiene valor en sí misma y que no es necesario estar pensando continuamente que contamos para algo (que no sea el puro disfrute de sentir, emocionarse, volar, deslumbrarse por la belleza, viajar…).

Y al hilo de esto quizás tengamos a mucho público esperando a que les contemos sobre algo, esperando a que el cuento sirva para reforzar y/o ejemplificar algunas ideas que ya trae puestas de casa. Y cuando eso no ocurre así, cuando llevamos una propuesta de narración sin afán docente, quizás haya público que se quede buscando tres pies al gato o que, sencillamente, piense que eso no es narración.

 

La importancia del cómo

Uno de los temas que vuelve recurrentemente al foro público es el de “los límites del humor”, más en la actualidad en la que puedes ir a juicio por haber tuiteado unos chistes. Personalmente creo que el humor no tiene, no ha de tener, límites. Si un humorista hace un chiste sobre un tema que te resulta molesto no hay nada más sencillo: dejas de seguir a ese humorista, dejas de ir a sus espectáculos, y santas pascuas. (Puedes ver un ejemplo sobre esto que hablo en este artículo).

Los chistes (otro miembro de la gran familia de los textos de tradición oral) han de poder tocar todos los temas, todos. Igual que los cuentos han de poder hablar de lo divino y de lo humano. Pero en cualquier caso, al menos en mi opinión, no debemos olvidarnos de la importancia del cómo lo hacemos (el cómo es fundamental) y de los recursos de que disponemos para poner en pie nuestra propuesta artística (versiones de los cuentos, vocabulario rico, figuras retóricas, etc.).

El cómo, además, ha sido, tradicionalmente, un recurso fundamental para escapar de la censura.

 

Narración oral y libertad

Los cuentos contados precisan y, al mismo tiempo, generan espacios de libertad. El cuento contado es una ventana por la que escapar del aquí y del ahora (más sobre esto en este artículo). Eso hace de los cuentos contados un lugar en el que cobijarse, y también un lugar por el que es fácil escapar de las manos de la censura.

 

III

Y finalmente, unas breves notas sobre narración oral y censura hoy (en España).

Desde que nació AEDA (enero de 2010) hemos tenido constancia de sólo dos vetos a dos narradores: Ana Griott, en 2012; y Fernando Saldaña, en 2013. Sin embargo antes y después ha habido más situaciones similares, como las descritas por Paula Carballeira y Clara Sáenz en este artículo).

Tal como nos cuenta Malagón en su CómiCensura, cada vez son más los casos de artistas afectados por una censura vertical amparada por la Ley “Mordaza” que entró en vigor el 1 de julio de 2015. De hecho en AEDA, el 1 de marzo de 2018, decidimos publicar un Comunicado en defensa de la libertad de expresión, comunicado cuya lectura os recomiendo encarecidamente y con el que cierro este artículo que pretende reflexionar sobre narración oral y censura.

Pep Bruno

 

En esta ficha enlazo unos cuantos títulos, generalmente colecciones de cuentos de la tradición oral, que he reseñado en algún momento en mi web o blog. Trato de esta manera de agrupar libros habituales de trabajo que he podido reseñar.

Eso sí, aviso de antemano que esta (1) no es una selección de libros de teoría sobre oralidad y narración oral (si es eso lo que estás buscando te recomiendo encarecidamente esta bibliografía que elaboramos en AEDA) ni (2) tampoco es una exhaustiva lista de los libros que más me han interesado con cuentos tradicionales, no, esta breve selección es un porcentaje muy pequeño del total de libros con recopilaciones de cuentos tradicionales que manejo o leo o releo habitualmente, así pues hay muchos más libros de cuentos populares en mi biblioteca de trabajo que, por algún motivo, no he reseñado en el blog (normalmente porque no me da la vida para todo lo que me gustaría hacer). Eso sí, todos los que incluyo están comentados y me parecen muy interesantes. Ah, añado también algunos libros de mitología, fábulas, etc.

Así que esta es una lista muy personal y azarosa. Y espero que, también, útil.

 

 

Y sí, algo de teoría también enlazo:

Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

[Artículo publicado originalmente en la web de AEDA el 15 de julio de 2019

Este largo artículo pretende reflexionar sobre narración oral y compromiso. Cuenta para ello con dos partes diferenciadas: en primer lugar hay una introducción (preámbulo) con reflexiones sobre el tema objeto de análisis, introducción realizada por quien firma este artículo; y a continuación se pueden leer las respuestas a unas preguntas que enviamos a tres narradoras que han sufrido algún tipo de veto por su palabra comprometida. Ellas son Paula Carballeira, Clara Sáenz y Ana Griott.

 

PREÁMBULO

El arte es una forma de expresión, es la manera como el artista manifiesta sus sentimientos, sus intuiciones, sus ideas, etc.; es, en suma, la manera como se relaciona con los otros y con el mundo. Obviamente esto es una simplificación de un tema mucho más complejo, pues, para empezar, el propio concepto de arte ha ido cambiando con los tiempos: no era lo mismo para Aristóteles (arte como imitación) que para Schopenhauer (arte como conocimiento); no era lo mismo el arte en la Edad Media (con un paralelismo entre la estética y la ética) que en el Romanticismo (donde busca ser la expresión de las emociones del artista, rompiendo con esa voluntad utilitarista medieval). 

Además de todo esto habría que considerar otras cuestiones, porque sí, el arte es una forma de expresión del artista, pero también del cliente, el que encarga y paga la obra (como tan bien me señaló Manuel Légolas en una conversación sobre este tema), como ha ocurrido durante siglos con las obras de arte encargadas por la Iglesia, por ejemplo.

Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

[texto rescatado del blog tierraoral.com]

Uno de los soportes fundamentales para la narración oral es la memoria: es el lugar en el que habitan las historias hasta que llega el momento en el que estas toman aliento y vuelo, también es un elemento decisivo a la hora de la articulación del discurso narrativo que es el cuento contado y es la causante de que el cuento tradicional sea en variantes.

 

En la microponencia que Estrella Ortiz impartió en el I Encuentro de Narradores Orales en Cádiz 2004 (que podéis leer completa aquí), estableció un deslumbrante paralelismo entre las cualidades de la Musa y la voz del narrador: Meditación (lo que se quiere decir), Memoria (lo que se dice) y Canción (cómo se dice). En este artículo, y centrándonos en la memoria, que es el tema que nos ocupa, Estrella escribe: "El narrador sustenta su trabajo sobre la memoria. Memoria personal llena de emociones y acontecimientos y, también, colectiva."

Es importante esta distinción que hace la autora de memoria personal y memoria colectiva. 

En el ensayo sobre "La función social del narrador oral" que publiqué en marzo de este mismo año (que puedes leer completo aquí) también incidía en esta cuestión asignando al narrador la función (5) de  ser memoria viva, formar parte de la memoria de la comunidad. 

El narrador se alimenta de la memoria colectiva y, al mismo tiempo, la alimenta y forma parte de ella; desde mi punto de vista esta es una de las responsabilidades de quienes habitamos la palabra dicha.

 

Pero volvamos la mirada a la memoria individual.

En el completo ensayo que publicó Marina Sanfilippo: El narrador oral y su repertorio: tradición y actualidad (que podéis leer completo aquí) habla en varios momentos de la memoria del narrador oral pero merece que nos fijemos con especial atención en esta cita: “Dentro de este cajón de sastre, creo que conviene analizar no tanto la capacidad de retención de datos —un aspecto ya muy estudiado, sobre todo desde el punto de vista de las técnicas y recursos mnemotécnicos— sino la estrecha relación entre la memoria del narrador oral y la memoria autobiográfica, que tiene la tarea específica de ayudar a las personas a conservar y reelaborar continuamente el conocimiento de sí mismas, un tipo de memoria especializada (...) Para el buen narrador, sus narraciones preferidas suelen adquirir las mismas características de los recuerdos personales de vivencias propias y a menudo, al igual que las narraciones estrictamente autobiográficas, las historias narradas son capaces de evidenciar el significado profundo de experiencias reales e incluso pueden ofrecer una «risoluzione fabulatoria ai suoi [del narrador] problemi di vita» (Milillo, 1983: 103)" (p. 77).

La estrecha relación entre la memoria narradora y la memoria autobiográfica del cuentista hace de los cuentos contados mucho más que una experiencia estética o artística: es, sencillamente, una experiencia vital. El cuento vive en el narrador quien, a su vez, habita en los cuentos. Y estos, los cuentos, organizan el discurso narrativo de la realidad.

 

En el libro Historia del cuento tradicional, de Juan José Prat Ferrer, un libro que es un regalo (nunca mejor dicho y que podéis leer completo aquí) también se habla de la memoria y, citando a Frederic Bartlett, se cuenta la teoría de los esquemas: "Esquemas (schemata) es el conjunto estructurado de ideas preconcebidas que funciona de manera inconsciente (...) Por medio de los esquemas, la información que uno tiene ya digerida influye en la nueva información recibida. (...) El recuerdo es una reconstrucción imaginativa. Si los elementos que constituyen el relato no se avienen al esquema, esta información será modificada de alguna manera; por otro lado, los detalles más llamativos serán retenidos en la memoria y elaborados en la recreación." (p. 25).

Por lo tanto, las historias que contamos se ajustan a unos esquemas preconcebidos, pero igualmente las historias que vivimos se ajustan a esos mismos esquemas, por eso recordar es contar (es una reconstrucción imaginativa) y por tanto contar es recordar, es revivir (lo que incide de nuevo en el texto que citábamos de Marina Sanfilippo). 

También de aquí se podría deducir que cuantas más historias y, por lo tanto, más esquemas habilitados en nuestra memoria, más y mejor capacidad de recordar, pero también más y mejor capacidad para organizar el discurso narrativo y comprender las historias ¡y la vida!

Pero terminemos con una última cita del libro de Prat Ferrer: "Jerome Brunner (...) trabajó en la narrativa autobiográfica, manteniendo que los seres humanos construimos nuestra propia historia y que esta construcción es un acto creativo en el que transformamos los acontecimientos para amoldarnos a nuestros propios esquemas (...) Así pues, los relatos no solo modelan en nuestra mente el mundo (o su sentido de la realidad) sino también modela nuestras mentes en su búsqueda de sentido"(p. 25).

 

La memoria es el lugar en el que los cuentos son. Pero sucede que, al mismo tiempo, los cuentos aportan recursos fundamentales para la memoria (esquemas, palabras...) que organizan los discursos narrativos (historias, ideas...) y preservan los recuerdos (lo que hemos sido, lo que somos). 

Los cuentos son, por lo tanto, alimento imprescindible para la memoria. 

Necesitamos contar y escuchar cuentos para ser.

 

PD. Incluyo este vídeo de Estrella Ortiz hablando de la memoria del cuentista (realizado dos años después de la publicación de este artículo).

Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

[texto rescatado del blog tierraoral.com]

Resulta siempre muy sugerente indagar en la etimología y las diversas definiciones de las palabras, y para muestra de esto que digo traigo aquí un botón, todo sea por esta afición que gasto por enredar con palabras y cavar en sus raíces.

Esta entrada viene a cuento de un verbo que no deja de rondarme en los últimos meses, se trata de confabular. Como os podéis imaginar el origen de este verbo es latino: confabulor, y significa "conversar", cuya raíz está en fabula, palabra también latina con un montón de acepciones: "rumor, conversación popular, habladuría || conversación familiar y privada || leyenda mito, narración poética || pieza teatral || cuento, fábula, apólogo." Como podéis ver es un término con significados dispares y a veces contrarios: conversación popular, habladuría (pública) pero también conversación familiar (y privada). Es interesante centrarse en estos términos más que en los referidos a cuento, mito, narración poética... porque en el origen de la palabra ya podemos vislumbrar que el hecho narrativo se plantea como una conversación, no como un monólogo. De hecho este término latino da pie al verbo fabulari, cuyo sentido en latín es "hablar, charlar || contar, explicar" y del que deviene nuestro verbo hablar.

Lo sugerente, para mí que soy narrador oral, es que de una misma raíz provengan términos referidos a la conversación y al cuento, y digo sugerente porque como sabemos quienes nos dedicamos a contar, lo que hacemos no es un monólogo, es, sobre todo, una conversación con el público (y sí, también una conversación con la historia y con otros elementos que entran en juego, pero contar es, sobre todo, un diálogo con el público). También resulta enjundiosa esa cuestión pública-privada, pues contar es un acto público (se cuenta a otros, en público) que tiene una repercusión privada (es una narración directa a cada persona, por eso es necesario crear un ambiente de intimidad para contar).

Pero aquí no acaba todo, pues el origen de estas disquisiciones era la palabra confabular, es decir fabular con, es decir:"inventar cosas fabulosas con alguien || inventar, imaginar tramas o argumentos || hablar." Sin ir a la etimología, consultando sencillamente la definición, nos encontramos con más pistas de esto que hacemos cuando contamos: obsérvese que en dos de las tres definiciones se menciona inventar, también imaginar y, por último, hablar. Ocurre que cuando fabulas inventas con las palabras, pintas en la imaginación (de quien cuenta, de quien escucha) cosas fabulosas, tramas y argumentos. Es emocionante comprobar que entra en consideración en las propias definiciones del término el hecho de que contar, fabular, implica un acto creativo en ese mismo momento en el que sucede de manera oral, porque, por si no había quedado claro todavía, contar no es recitar de memoria.

Pero insisto, volvamos a confabular, que no es otra cosa que fabular con otros: hablar y a un mismo tiempo crear imaginar, inventar historias con otros; o como lo define el DRAE: "dicho de dos o más personas: Tratar algo entre ellas || decir, referir fábulas || dicho de dos o más personas: Ponerse de acuerdo para emprender algún plan, generalmente ilícito." Esta mezcla es sugerente y muy poderosa: confabular implica la idea de contar cuentos (decir fábulas) pero también la idea de estar en trato con los otros, de conversar y de urdir algo juntos, ponerse de acuerdo (del latín accordare de cor, cordis, es decir, corazón) -oh, esa sugerente idea de confabular como sintonizar los corazones-, y lo que es más interesante, ponerse de acuerdo para emprender juntos un plan que pueda ser ilícito (es decir, no legal o no moral).

Quizás esto nos esté dando pistas del poder de la palabra dicha, del poder que despliega cuando varios se reúnen alrededor del cuento para respirar juntos, inventar juntos y, especialmente, soñar juntos otros mundos posibles. El poder de la ficción, de esa ficción comunal alrededor de las miradas, los latidos, la palabra compartida, es mucho; una ficción nutricia que puede resultar peligrosa para quienes tratan de dominarla o aplacarla. Porque la ficción de los cuentos, esa que crece de dentro hacia afuera, esa que no es colonizadora (de fuera adentro) y que nos hace más ricos, esa que sintoniza corazones y voluntades, esa que despierta conciencias, nos puede hacer fuertes e invitarnos a cuestionarnos los días que vivimos.

Por todo esto, la idea de contar cuentos como un acto de confabulación me parece, sencillamente, deslumbrante.

 

Y antes de despedirme aquí os dejo algunos de mis diccionarios favoritos para estos entretenimiento: el Diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas, yo tengo la edición abreviada en Gredos (demasiado abreviada para mi curiosidad, y mi pesar), el DRAE (a veces uso otros diccionarios de la misma web, es utilísima); el Diccionario de uso del español de María Moliner en Gredos; Diccionario del español actual, de Seco, Andrés y Ramos en Aguilar; el Tesoro de la Lengua de Sebastián de Covarrubias en ed. Alta Fulla; y diccionarios de latín o grigo como los VOX.

 

Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

[texto rescatado del blog tierraoral.com

La afición que tengo por los cuentos mínimos viene de lejos (esto que sigue ahora es un preámbulo). Tuve la fortuna de estudiar Filología Hispánica con muchos buenos profesores, pero entre ellos destacó uno con el que acabé teniendo algún que otro proyecto común (ay, Borges) y buena amistad, se trata de Antonio Fernández Ferrer. Antonio fue el editor de uno de los primeros libros (si no el primero) publicados en España con una poderosa antología de cuentos mínimos, se trata de La mano de la hormiga (publicado en Ediciones Fugaz), un título agotadísimo. Por aquel entonces yo andaba enredado escribiendo un cuento semanal en la revista local El Decano de Guadalajara y no pocas de aquellas entregas semanales, más que un cuento, eran varios pequeños cuentos (hasta diez) en apenas un folio y medio. El veneno del cuento breve estaba cada vez más presente en mi sangre y, en noviembre de 2002, asistí al II Congreso Internacional de Minificción en Salamanca, donde conocí a maestros de la brevedad literaria como Zavala, Shua, Neuman, Epple, etc.

Allí aprendí mucho, pero sobre todo algo que me resultó de grandísima utilidad en esto de contar cuentos breves: el cuento breve se sirve de recursos más cercanos a los que utiliza la poesía (en su creación y funcionamiento) que a los que utiliza la prosa. (Fin del preámbulo).

 

Dicho todo esto los cuentos contados también han tenido muchas estancias dedicadas a la brevedad (y no hablo de retahílas y cancioncillas tradicionales, que ahí habría hasta agotar), hablo de cuentos tradicionales como son, por ejemplo, todos los cuentos de nunca acabar, un claro ejemplo de cuento breve de la tradición oral. Pero hay muchos más: sólo tenemos que remontarnos a los colecciones primigenias como el Panchatantra o las Fábulas de Esopo para ver que muchos cuentos que se contaban hace cientos (si no miles) de años, eran breves o brevísimos. En el caso de las fábulas de Esopo la idea que tenemos es que son cuentecitos algo más largos, pero si uno mira la recopilación de Gredos (es mi manual esópico) se da cuenta de que la gran mayoría no pasan de apenas cuatro o cinco líneas.

Sin embargo los textos en la oralidad tienden a estirarse, a crecer, a incluir pasajes autoconclusivos sin perder su esencia (como tan bien explica Héctor en La narración fractal). Así las cosas un cuento breve al ser contado (y por lo tanto al utilizar recursos de oralidad) tiende a dejar de ser breve. Os voy a poner un ejemplo que conozco bien. Allá por 2002 comencé a contar un cuentecito breve recogido en en Cuentos populares británicos, ed. Katharine M. Briggs, publicado por Siruela; el cuento venía a decir, más o menos, así: "Nunca hagas caso de una voz que te susurra en medio de la noche, le susurró una voz en medio de la noche". Quería probar hasta cuánto podía crecer un cuento de este tamaño si le permitía alas al contarlo, si no ceñía bridas, si dejaba que se alimentara con la emoción del público y del juego de ir desplegando sus rincones. He ido contando este cuento durante años, muchos años, y muchas veces (con certeza más de 500 veces). Hoy en día este cuento dura una hora y media, sigo contándolo, de hecho en muchos institutos hago una versión reducida de unos 50 minutos, y a partir de este cuento tengo desarrolladas unas cuatro horas de narración. Fascinante, eh. Bien es verdad que este es el ejemplo extremo que puedo daros, tengo otros cuentos breves que han permanecido breves durante años porque me he obligado a mantener su extensión en un número de minutos que consideraba pertinente (porque, al fin y al cabo, también es necesario tener unos cuantos cuentos breves en repertorio).

Visto esto parece claro que si un cuento breve abandona los parámetros y rudimentos poéticos y se adentra en la prosa oral (asumiendo por tanto los recursos de la oralidad) corre el peligro de dejar de ser breve. Por eso, si se quieren contar cuentos breves (de verdad breves) hay que fijar el texto y dar el peso preciso a cada una de sus (contadas) palabras: pues ese peso específico es significativo en lo que se cuenta (como ocurre en un poema donde una palabra no puede ser cambiada por otra sin alterar todo el significado). Pero esto ha de ser posible en territorios de oralidad (por lo tanto hemos de tener un margen, aunque sea pequeño, de juego para que el texto respire).

Contar cuentos mínimos se convierte por lo tanto en un equilibro complejo entre prosa y poesía, entre escritura y oralidad, un territorio ideal para el reto y el juego. ¿Quién puede resistirse?

 

Imaginemos un espectáculo de narración oral en el que, a lo largo de una hora, se contaran unos cien cuentos. El problema que esto plantea es que la intensidad de estos textos: con los fogonazos de sus finales, los juegos de palabras que a veces precisan unas décimas de segundo para llegar, la doble atención que requieren (por ser prosa, por ser poesía, por ser breves y condensados, etc.)... se parecería más a una sesión de poemas contados (a lo largo de una hora) que a una sesión de cuentos. En este sentido quizás lo más parecido que he visto ha sido la sesión de Estrella Ortiz de "Cuentopoemas de amor", en verdad una hora y pico de gran intensidad.

Esta intensidad de los cuentos mínimos puede provocar una sensación de agotamiento en el público no entrenado (por esa exigencia de atención), por eso hemos de intentar que haya variación de cuentos, temas y recursos. Esto es lo que sucede en la hora de "Cuentos mínimos" que desde hace varios años se celebra dentro del Maratón de los Cuentos de Guadalajara en la noche del sábado al domingo (de cinco a seis de la mañana). En algo más de una hora decenas de narradores y narradoras cuentan unos 120 cuentos breves, es una traca de cuentos, un fuego de artificio en medio de la noche. Al alternar voces y estilos resulta muy interesante de seguir y disfrutar. Es una experiencia que os recomiendo. Aun así, en esa hora excepcional de cuentos mínimos durante el Maratón también se pueden apreciar algunos de los problemas que contar estos cuentos plantean, aquí van un tres ejemplos:

  • Confundir cuento breve con chiste, con coplilla, con un cantar, con una broma... con "cualquier cosa breve vale".
  • Contar textos sin una estructura clara de cuento oral (y sin ningún interés para un público de cuentos contados).
  • Parece que resulta difícil citar la autoría de los textos (debe ser una cuestión de ritmo, pero no entiendo que tan difícil sea citar a la fuente del microcuento contado).

De cualquier manera esa hora de mínimos es una fiesta por el intercambio de voces, la variación de las propuestas, los enganches entre textos (y entre cuentistas), los hallazgos... Y sobre todo cuentos que son alardes de brevedad en los que uno puede disfrutar con un principio, un nudo y un desenlace en apenas un golpe de aliento. Una delicia.

Sobre esto de la estructura de cuento merece la pena hacer un alto. Un cuento contado suele tener principio, nudo y desenlace, pero hay algunas de estas partes que pueden elidirse: si quitamos el desenlace podría ser un final abierto (cosa que no es muy del gusto de la oralidad pero sí de los textos literarios), si quitamos el principio puede deducirse de las otras dos partes. Incluso se podría elidir principio y nudo si se consigue que el desenlace nos permita reconstruirlos (como pasa con el famoso cuento de Monterroso: "El dinosaurio"). Lo que pasa es que los cuentos breves escritos (como por ejemplo los que escribo en tuíter) no solo son de este tipo con una estructura tan clara, algunos de ellos son imágenes que extrañan lo cotidiano o historias que se desdoblan gracias a juegos de palabras, por ejemplo; esto plantea un nuevo reto: el paso de estos recursos que tan bien funcionan en el texto escrito al territorio oral.

De momento hasta aquí estas reflexiones al hilo de contar cuentos breves, seguramente más adelante continuaré con esta cuestión en el blog porque me estoy planteando preparar un espectáculo de narración oral que incluya solo textos brevísimos. Ya os iré contando.

Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

[texto rescatado del blog tierraoral.com

Desde que leí este artículo en El País (es del 10 de agosto) no me he podido quitar de la cabeza algo que comenta Javier Guzmán, el autor, a partir del estudio realizado y que muestra el pobre nivel de expresión oral en este tiempo. Cita el periodista a Ramón Massó, experto en comunicación, que ha acuñado el término de Cultura light (la que vivimos/padecemos actualmente) y en la que la comunicación se basa en tres pilares, y cito textualmente: "tres axiomas de la vida actual: Espectáculo (divertirse hasta morir), Moda (lo nuevo es bueno por ser nuevo) y Levedad (o se entiende a la primera o no funciona)."

Como digo, desde entonces no me puedo quitar esto de la cabeza porque, así visto, es fácil entender que contar cuentos (y sobre todo cuentos de la tradición oral) hoy es un acto de pura resistencia, de pura rebeldía, porque los cuentos no encajan en ese planteamiento. Veámoslo con más detalle.

 

Espectáculo. Es verdad que los cuentos han salido del círculo alrededor del fuego para subirse a escena y, por lo tanto, se han sumado al catálogo de actividades y espectáculos culturales. Pero también es verdad que este oficio artístico sólo funciona si continúa manteniendo los elementos esenciales que durante miles de años han hecho del cuento contado un diálogo entre cuento, narrador y público. Es verdad que existen cuentos de humor, pero son una minoría con respecto al total del catálogo de cuentos universal. Es verdad que a los narradores nos gusta que el público ría cuando contamos, pero igualmente nos gusta que se emocione, que disfrute de la catarsis de una buena historia, que se conmueva...

Entiende uno también que quizás motivado por esta tendencia el cuento vaya desplazándose en algunos casos de su lugar natural al de los monólogos standup de humor (en muchos casos textos hueros que ocupan el espacio que naturalmente le corresponde a la palabra dicha). Por eso contar cuentos y resistir al embate de "la risa hasta morir" es un acto de resistencia, una manera de preservar la palabra honda que tanto alimento nos ha dado y nos da. En este sentido me encanta el título de un artículo del que me habló Alberto García: "El cuento se muere de risa". Como no tengamos cuidado eso puede ocurrir, y lo que es peor, podemos estar matándolo nosotros.

Y ojo: no quiero decir que sólo haya que contar cuentos serios y dramáticos, hablo de la necesidad de que todo esté al servicio del cuento (el humor también) y no a la inversa.

 

Moda. En este sentido parece que el cuento ha encontrado el preciso, justo, equilibro: viejos cuentos renovados cada vez que se cuentan. La precisa tensión entre el inmovilismo y lo totalmente nuevo se da en la narración de cuentos tradicionales donde pervive la esencia de las viejas historias arropadas por las palabras frescas, nuevas, vivas, de los narradores orales contemporáneos.
Quienes contamos cuentos a nuestros hijos sabemos que hay momentos (y no pocos) en los que ellos demandan una y otra vez el mismo cuento. No hay nada más contrario a este concepto de moda (lo nuevo es bueno por ser nuevo).

Es verdad que gusta ir actualizando y ampliando repertorios (porque al fin y al cabo vivimos y trabajamos en una sociedad de mercado que se mueve por este axioma), pero también es verdad que no son pocas las ocasiones los viejos cuentos que nos acompañan desde hace años se abren paso por entraña y garganta hasta llegar al público. Y el público agradece volver a escucharlos.

Reconozcámoslo: nos gusta contar y escuchar de nuevo los cuentos que ya conocemos, es como visitar a un viejo amigo. Y eso hoy en día es también un acto contrario a la Cultura light en la que andamos inmersos, no dejemos de hacerlo pues.

 

Levedad. En este punto el cuento tradicional es donde muestra su músculo. No hay ninguno, por muy sencillo que parezca, que no esconda bajo su ropaje de palabras significados profundos y de honda resonancia en nuestras almas. Los cuentos se escuchan y se vivencian, se cuentan igual que se cuentan los recuerdos, y es que se manejan estructuras y recursos idénticos a los de los recuerdos: es como si el cuento fuera algo vivencial para quien cuenta (que de hecho lo es). En este sentidos más que ganarse uno la vida contando cuentos: se deja uno la vida en ellos. Y eso, por simple cuestión de dignidad, no permite que sea algo somero o baladí o leve.

El público que ha escuchado el cuento se queda con él y, una vez dentro, la historia va trabajando en niveles más profundos. El cuento nos ha acompañado desde que somos seres humanos, nos ha alimentado de ficción y nos ha ayudado a comprender y comprendernos. Quizás por eso naturalmente aceptamos y disfrutamos de los cuentos contados: porque son algo nuestro, hondo.
El cuento no permite lo fugaz y somero, precisa una actitud consciente y activa del narrador, es evidente, pero, sobre todo exige una actitud consciente y activa del público. Es por eso que hay espacios donde no es posible contar cuentos (entendámonos, sí es posible, pero inútil), porque son espacios que no permiten que el público pueda tener esa actitud responsable, activa, de escucha y diálogo.

No, los cuentos no encajan en la levedad (o se entiende a la primera o no funciona), porque en los cuentos no pasa nada por no entender a la primera, porque el cuento llega para quedarse y habitarnos y alimentarnos durante largo tiempo (si no todo el tiempo).

 

Así pues hoy más que nunca contar y escuchar cuentos es un puro acto de resistencia ante esta Cultura light que nos atenaza.

Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

[texto rescatado del blog tierraoral.com]

En el curso de repertorio de narración oral que imparto desde hace unos años (y de manera puntual) hay un concepto del que hablo brevemente, el repertorio global, que ha interesado mucho en estos días a Nicole y Andrés y por ello me han pedido que escriba sobre ello en el blog. Allá vamos.

::o::

Durante algunos años Pablo Albo escribió artículos de reflexión sobre narración oral en la revista Ñaque; quizás este espacio continuado en el que hablar y pensar sobre la narración oral fuera uno de los ámbitos pioneros de la reflexión para nuestro oficio en este país.

En uno de aquellos artículos Pablo hablaba sobre lo costoso que resulta dar con buenos cuentos para contar. Y hablaba también de los "ladrones de cuentos", gente que se apropiaba de textos de otros para nutrir su propio repertorio. Lean, lean "¿Cómo llegan los cuentos a los narradores?".

Recuerdo haber hablado con Pablo en varias ocasiones sobre esta plaga de los "ladrones de cuentos", ambos teníamos algunas experiencias bastante fastidiosas con ese tema y no entendíamos cómo la gente que estaba cobrando por contar cuentos no comprendía que en realidad no cobramos por la hora en la que pasamos contando, sino que cobramos por el tiempo (días, meses, años...) en los que andamos buscando buenos cuentos para contar. Por lo tanto copiar el repertorio de un compañero no sólo es ganarse el pan con el trabajo de otro, sino que, al mismo tiempo, es quitarle el pan a él, pues se quema el repertorio del otro.
En verdad podría contar muchos momentos tristes relacionados con este asunto, pero baste uno para ejemplificarlo. A finales de los noventa yo estrené una función para adultos para la que había pasado seis meses escribiendo unos textos propios. Al cabo de esos seis meses estrené la función en Guadalajara, en el Festival del Maratón. Unas semanas después fui a contar a Logroño y cuando empecé a contar me dijeron que esos cuentos ya los habían escuchado una semana antes: alguien había copiado todo mi repertorio (elaborado para más inri con cuentos propios) y lo había contado en ese mismo espacio una semana antes. Mis meses de trabajo tirados a la basura por unos "ladrones de cuentos". Tuve que cambiar sobre la marcha por completo la función que tenía prevista contar.

Ahora, muchos años después, sigo hablando sobre esta cuestión. Creo que los narradores y las narradoras profesionales tenemos una responsabilidad que no tienen otros tipos de narradores (instrumentales, circunstanciales y populares), por varias razones, pero fundamentalmente porque nosotros hemos hecho de contar nuestro oficio, y si estamos en un espacio en el que se va a cobrar por contar cuentos entonces hemos de actuar como profesionales (porque entre otras cosas en eso consiste ser profesional: en cobrar por tu trabajo y, por lo tanto, en cotizar por ello) y hemos de asumir un código deontológico que tiene, entre sus principios, el de no aprovecharnos del trabajo de los demás. Porque quienes nos dedicamos a contar cuentos de manera profesional ocupamos mucho, mucho tiempo, en la búsqueda de un buen repertorio para contar, y en lograr estos buenos materiales va mucho del éxito de nuestro trabajo.

En el curso de repertorio resumo esta cuestión de una manera muy sencilla: para un profesional la fuente nunca ha de ser otro profesional. Sea cual sea el tipo de cuentos que escuchemos a otros compañeros (textos de autor, tradicionales o textos propios). Hay muchos cuentos esperando a ser encontrados para (volver a) ser contados, hay historias de todo tipo, variantes muy diversas, propuestas muy sugerentes... dar con ellas forma parte del trabajo de quienes hemos hecho de contar nuestro oficio.

Pero hay una cuestión más que aparece al hilo de todo esto, una cuestión que nos lleva de nuevo a 2005 y a aquellas conversaciones con Pablo Albo, porque fue en aquel tiempo cuando escuché por primera vez una idea deslumbrante: el repertorio global.

Pablo se lamentaba no sólo por el mal que los "ladrones de cuentos" hacían a sus propios compañeros y compañeras, sino también por el daño que eso hacía al repertorio global. Es decir, existe un repertorio personal, el que cada narrador y narradora tiene en su mochila, pero también existe un repertorio global, que no es otra cosa que la suma de todos los cuentos que estamos contando en este tiempo entre todos y todas. Cuando los "ladrones de cuentos" copian y se apropian del repertorio de los demás entonces ese repertorio global se achica, se empequeñece, porque todos cuentan los mismos cuentos. Y eso tiene consecuencias, muchas, y entre ellas una fundamental: el público queda hastiado de escuchar una y otra vez los mismos cuentos (y además, en muchas ocasiones, contados de la misma manera) y deja de acudir a los espacios donde se programan cuentos (todavía recordamos en Guadalajara aquellos años en los que venían cuentistas de Madrid con el cuento del "Amor y la Locura" o con el cuento del "Pollito al que le cagaba la vaca", cada vez que empezaban a contarlo había como un retemblor entre el público... ay) y, consecuentemente, esos espacios de programación, caen.

¿Y cuál es el papel de los profesionales en este asunto del repertorio global? Desde mi punto de vista los profesionales tenemos, entre otras responsabilidades, la de alimentar ese repertorio global, la de nutrirlo con nuevos cuentos, con nuevas historias, y también la de preservar los viejos cuentos para que puedan adaptarse a los nuevos tiempos y puedan seguir siendo contados (y por lo tanto puedan seguir existiendo en el repertorio global). Y esto sólo se puede hacer desde la propia búsqueda, desde el trabajo solitario de lectura, escucha, preparación, probatura, adaptación... para ir incorporando cuentos al repertorio propio. Y es que el repertorio global no es otra cosa que la suma de los repertorios propios de cada uno de nosotros y nosotras. Así pues cuantos más cuentos incorpore yo a mi repertorio, más irá creciendo el repertorio global.

Esta idea del repertorio global para mí resulta determinante, aquí os dejo un par de ejemplos. Si encuentro libros que tienen muchos cuentos extraordinarios para ser contados (y de los que yo apenas podré contar uno o dos) entonces trato de darlos a conocer para que haya otros compañeros y compañeras que puedan buscar cuentos para contar en esas colecciones (como me pasó, por ejemplo, recientemente con los cuentos albaneses recomendados en este blog aquí y aquí); o por ejemplo si tengo en mi repertorio un cuento (al que he llegado yo por mi propio camino) y escucho a otro cuentista contar ese mismo cuento (al que ha llegado por su propio camino) y pienso que su propuesta narrativa es mejor que la mía, entonces yo dejo de contarlo.

Ojo, es muy interesante ese detalle de "llegar a un cuento por el camino propio": ¡se nota tanto cuando a un cuento llega uno por su propio trabajo!, lo escuchas contado por dos cuentistas y son dos cuentos muy distintos. Es decir, si escucháis "El medio pollito" contado por Estrella Ortiz o contado por Inés Bengoa, os aseguro que disfrutaréis de dos versiones muy distintas, pues cada narradora llegó a ese texto por su camino y lo hizo suyo, adaptándolo a su propia voz, desde el trabajo propio y personal.

Y no os quepa duda, compañeros, compañeras, cuanto mayor, más variado y más rico en voces diversas sea el repertorio global, mejor será para todo el colectivo: habrá más público con ganas de escuchar cuentos (y será público con un criterio mayor), se consolidarán espacios para la narración y habrá más demanda de profesionales que sumen su propio repertorio y su voz propia. Es decir, habrá más trabajo y mejores condiciones de trabajo para todos y todas.

Sobre estos apuntesFichas de oralidad / Una historia de la narración oral / La figura del narrador oral 

 

 [texto rescatado del blog tierraoral.com]

Hace años que entre colegas hay un interesante debate (o discusión o posiciones distintas que no terminan de encontrar un lugar común) sobre cómo denominar a esto que hacemos, a este oficio nuestro de contar cuentos. Hay quienes defienden el término cuentacuentos, quienes el de cuentista, otros tratan de reforzar narrador oral, otros apuestan por contador de historias, o cuentero, o cuentahistorias... En muchos casos es porque se considera que hay términos connotados negativamente, por ejemplo "cuentacuentos" es algo que parece infantil, poco cuidado, en el que pueden ocurrir cosas muy variadas que no tienen por qué ser narración oral: desde lectura en voz alta a pintacaras pasando por globoflexia o rellenar fichas. Por eso en el colectivo de cuentistas hay muchos que tratan de promocionar un nombre no connotado, que pueda prestigiarse. Pero en cuanto eso ocurra (si ocurre) es posible que de nuevo aparezcan quienes se cobijen en esa denominación para articular su retahíla de actividades diversas (y no propiamente de contar cuentos).

 

Quizás sería interesante pensar en esta cuestión: la denominación no es tan importante cuando todo el mundo entiende de qué se habla, especialmente algo que nos acompaña desde hace tantos miles de años como contar cuentos. Por ejemplo el pasado domingo Mario Vargas Llosa en su artículo "Los cuenteros de Zacapa" en El País utilizaba indistintamente, como sinónimos, unos términos y otros (narrador oral, cuentacuentos, cuentista, cuentero, contador de cuentos), todos hacían referencia a lo mismo: personas que cuentan cuentos.

Comprendo que es importante hacer una marca, prestigiar una denominación que englobe a esto que hacemos, pero también pienso que lo importante para prestigiar no es sólo (o no es tanto) la denominación como la calidad de lo que ofrecemos.

 

Hay lugares que ofrecen algo a lo que denominan cuentos contados, pero no lo es; o hay quienes piensan que contar cuentos es "cualquier cosa vale", y no vale.

Pero también hay lugares donde el cuento contado está cómodo, espacios que miman la palabra dicha, que la cuidan, que velan porque la experiencia de contar y escuchar cuentos sea deliciosa. Igual que hay cuentistas que buscan con empeño los mejores materiales, que los trabajan de la mejor manera posible, que no dejan de aprender, de reflexionar, de probar... para ofrecer una propuesta artística inolvidable.

Y sí, a esos lugares y a esos narradores uno no deja de volver cuando quiere disfrutar de grandes y maravillosas historias contadas.
Y quizás esas ganas del público de volver para escuchar cuentos, o ese empeño porque tal o cual cuentista vuelva a ser programado, sea, al fin y al cabo, nuestra mejor marca de calidad.
Saludos

logo palabras del candil

tierraoral

LogoAeda

diseño de la web: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.   ::o::   ilustración de cabecero: Raquel Marín

Licencia Creative Commons Este web está bajo una Licencia Creative Commons.